Uno de los mejores representantes de la literatura social de la posguerra española, corriente a la contribuyo con El Jarama, Premio Nadal en 1955, Sánchez Ferlosio fue también reconocido con el Cervantes (2004) y el Nacional de las Letras Españolas (2009).

Por Magdalena Tsanis

Madrid, 1 abr (EFE).- El Jarama (1955) lo consagró como referente de la literatura social de la posguerra española pero Rafael Sánchez Ferlosio, fallecido este lunes en Madrid, renegó pronto del papel de literato para volcarse en el ensayo y convertirse en uno de los más importantes pensadores contemporáneos.

Obsesionado con el lenguaje y su capacidad casi infinita de subordinarse, el don de la palabra constituía para Ferlosio el núcleo de la condición humana, y rastreó sin descanso sus orígenes, su gramática y sus huellas morales o ideológicas.

Ensayos I: Altos estudios eclesiásticos. Gramática, narración y diversiones (2015) compendia buena parte de esas reflexiones, mientras que Ensayos II: Gastos, disgustos y tiempo perdido (2016) recopila sus observaciones sobre la realidad política y cultural española más reciente.

Espíritu libre e insobornable, Ferlosio reflexionó sobre la guerra y fue implacable en sus críticas al poder, el capitalismo, la publicidad y la sociedad de consumo.

En una de sus últimas entrevistas concedida a Efe, advertía de que “el capitalismo está destruyendo el mundo”.

Los nacionalismos, el papel del Ejército, la corrupción, la religión, nada escapó al análisis de uno de los escritores más premiados de las letras españolas. Se opuso públicamente a la guerra del Golfo y a la de Irak y calificó las celebraciones del V Centenario del Descubrimiento de América en 1992 de “indigno festival”.

Entre sus reconocimientos destacan los premios Cervantes (2004), el Nacional de las Letras Españolas (2009) o el Nacional de Ensayo (1994), además del Premio Nadal y el de la Crítica por El Jarama, un relato realista en torno a un grupo de amigos que pasa el día en el campo y cuya acción transcurre a lo largo de dieciséis horas.

Ferlosio acabó aborreciendo esa novela y prefería la que supuso su debut, Industrias y andanzas de Alfanhui (1951), novela picaresca sobre un aprendiz de alquimista, un niño sin padre, que emprende un viaje de iniciación por las crudas tierras de Castilla.

El novelista y ensayista Rafael Sánchez Ferlosio, autor de El Jarama. Foto: EFE

La única excepción a su alejamiento de la novela llegó en 1986, El testimonio de Yarfoz, aunque no dejó de publicar entregas de relatos, desde Dientes, pólvora, febrero (1956) hasta el último El geco. Cuentos y fragmentos (2005).

Su última obra editada, a modo de antología, es Páginas escogidas (2017), un recorrido que incluye cuentos, poemas, apuntes, artículos, ensayos o discursos; un compendio con propósito divulgativo para vencer las aprensiones que despierta la complejidad que siempre se le ha atribuido.

Hijo del escritor y periodista Rafael Sánchez Mazas, y de la italiana Lucía Ferlosio, nació el 4 de diciembre de 1927 en Roma, donde su padre era corresponsal del diario ABC.

Empezó a estudiar Arquitectura pero lo dejó por la semiótica y se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid, donde conoció a escritores como Carmen Martín Gaite, su primera esposa, Ignacio Aldecoa o Jesús Fernández Santos.

A finales de los años cuarenta empezó su labor literaria publicando relatos en revistas, y junto a Aldecoa y Alfonso Sastre estuvo al frente de la Revista Española, donde publicó dos narraciones y la traducción de Toto il buono del escritor y guionista C. Zavattini.

Interesado también por el cine llegó a iniciar estudios en la escuela oficial de cinematografía que abandonó.

Pero su producción está dominada por el ensayo. Entre sus títulos más influyentes destacan la reveladora Las semanas del jardín (1974), a la que siguieron La homilía del ratón (1986), Campo de Marte. 1. El ejército nacional (1986), o Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado (1986) o Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993).

Miguel Delibes decía de él que era el único escritor español de posguerra que merecía la inmortalidad.