Hegel, uno de los más grandes pensadores en la historia de la humanidad. Foto: Especial.

En el intento por poner la cara en otros asuntos y recuperar así una porción de la salud mental, he propuesto, de espaldas al COVID-19, asomarnos a las grandes ideas y aquí tienen la segunda parte:

La otra idea que me produce vértigo es la praxis de Hegel, pues, una vez más, pone patas arriba todo lo que se ha dado por bueno en la tradición filosófica y se refiere, nada menos, al decisivo asunto de la posibilidad misma del conocimiento. Veamos por qué: la posibilidad de que exista el conocimiento radica en un principio metafísico antiquísimo, aquel que sostiene que a las mismas causas se siguen los mismos efectos, pues si el mundo no fuera un cosmos, un orden, no habría nada que conocer en él. Quiero decir que no habría manera de establecer constantes, pues el mundo sería caprichoso. Solo porque el mundo es literalmente un orden (a las mismas causas se siguen mismos efectos) podemos descubrir sus constantes y establecer leyes. Al menos, así se planteaba el trabajo científico y filosófico en la época de Hegel y, por ello, se había hecho ciencia de todos los campos del mundo: zoología, botánica, física, química, etc., salvo del campo de los acontecimientos humanos, o sea, historia, pues, en este campo, no había constantes: a las mismas causas (el ser humano) no se seguían los mismos efectos: los hechos históricos siempre son distintos.

La maldición sobre la historia la había lanzado Aristóteles al decir: “del accidente (lo que No sucede siempre) no hay ciencia”, y lo más que podía hacerse en este campo era historiografía: crónicas fieles donde se contara lo que había ocurrido, pero, en modo alguno, encontrar constantes, porque en el campo de la acción humana, insisto, a las mismas causas no se siguen los mismos efectos.

Esta idea aristotélica prevaleció por siglos y no fue sino hasta el siglo XVII, que comenzaron los intentos por fundar la historia como ciencia. El primero fue el de Juan Bautista Vico, quien consciente de lo novedoso de su propuesta tituló al libro donde la ofrece: La ciencia nueva. En esa obra se explica la diversidad reduciéndola a tres momentos (teocracia, aristocracia y democracia) que corresponden, según Vico, a la composición tripartita del alma humana. Este filósofo se imaginaba el acontecer histórico como un círculo vicioso de tres estaciones, para que se cumpliera con el requisito de orden: mismas causas-mismos efectos. Fue un intento forzado, pues Vico sólo estudió dos procesos históricos: el griego y el romano, y lo generalizó para todos los pueblos. Luego de Vico vino una serie de pensadores, con distintas formulaciones (Montesquieu, Herder, Kant, etc.) que protagonizaron un largo debate a propósito de si había o no una racionalidad susceptible de revelar las leyes del acontecer humano, hasta que, finalmente, Hegel, en la Introducción a sus Lecciones de filosofía de la historia, da con la idea clave: la praxis.

¿Por qué es tan importante este concepto? Pues porque el ser del hombre no está terminado ni permanece como una esencia invariable, sino que la acción lo transforma. La acción, la praxis, no sólo transforma el mundo, sino también el ser del hombre. Haciendo nos hacemos y, por ello, siendo el hombre la causa de la historia sus efectos son cada vez distintos. La causa se automodifica al producir efectos: en consecuencia el ser mismo del hombre es histórico. “la praxis es un factor ontogenético”, dice Hegel con la oscuridad que lo caracteriza, pero dicho con palabras más claras significa: la acción lo primero que genera es nuestro ser.

Esta idea, como la de Einstein, representa en su respectiva área un parteaguas. Es la piedra angular de dos filosofías que sucedieron gracias a ella: el marxismo y el existencialismo, pero esto nos llevaría no a un tercer artículo, sino a un curso completo. Anotemos, al paso, que la praxis también es el concepto que funda la dialéctica.

Concentrémonos en la idea y aterricémosla en un ejemplo que me es familiar y hasta cotidiano: la corrección de un texto. Si uno permaneciera el mismo no tendría sentido corregir uno mismo su texto, pues volvería a escribir siempre lo mismo; sin embargo, la corrección de un texto vale la pena, porque cada que corrijo me cambio a mí mismo y, así, cada que vuelvo a la lectura traigo los ojos nuevos. Mi ser cambia con lo que hago: haciendo me hago a mí mismo.

Lo había dicho Cervantes en el Quijote, aunque no con la pretensión de hacer una formulación ontológica: “El hombre es hijo de sus propios actos”, y lo dijo también Borges: “El verso que acaso Dante habría podido escribir cuando terminó la Divina Comedia”. Cada verso de esta obra fue haciendo que su autor se engrandeciera, se potenciara, fuese un Dante cada vez más reforzado.

El concepto de praxis en Hegel reveló la manera de hacer que la historia fuese ciencia, y algo más importante aún de nosotros mismos: nuestra condición de seres históricos: cambiamos cuando cambiamos las cosas y, por ello, quién sabe qué terminemos siendo en el anchuroso futuro.

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