La otra ventana. Pintura de Tomás Calvillo Unna.

1

Nunca antes nuestro planeta había sido tan pequeño.

Lo podemos llevar en los bolsillos;

los millones de habitantes están aquí
en las palmas de nuestras manos,

sus historias, sus sufrimientos, la suerte de sus alegrías,

las vemos y escuchamos;

y a veces también sentimos algo de todo ello.

 

A veces la perplejidad nos invade.

 

2

 

Somos de barro, aunque nos hemos ocultado tras el acero,

pero el agua, las arenas, el fuego, y el viento siguen siendo

el amanecer y crepúsculo de nuestros cuerpos.

 

Nos apropiarnos de las entrañas de la tierra

para levantar las fortalezas del metal:

hierro, litio, zinc, cobre,
el imborrable oro, y la plata tan deseada;

imaginamos toda clase de paraísos

a la vez que emergieron toda clase de infiernos.

 

3

Nos nombramos hijos de Dios,

enviados de los dioses.

Se edificaron iglesias, templos;

aprendimos a adorar

entre la bruma de lo invisible.

 

4

Nos rendimos ante los que se apropiaron de la verdad

y hablaron en nombre de ella dictando sus leyes y decálogos.

Enaltecidos nos condujeron a las guerras,

voluntariamente nos enlístanos en sus ejércitos.

 

5

Se olvidó el poder y sentido de la palabra;

la remplazó el idioma del fuego,

consumimos su veneno.

Incendiamos los hogares
de los que alguna vez fueron amigos.

 

Se aceptó una nueva historia, un relato que advertía

del arribo de los guías que hoy nos conducen

entre las tinieblas que solo ellos conocen:

la buena nueva se proclamó a los 4 rumbos.

 

 

6

He aquí que los Jinetes del Apocalipsis retornan;

pero esta vez nos hemos amurallado

Aunque las plantas de nuestros pies

vibren el retumbar de la tierra:

¡Estamos firmes, estamos firmes!, se repite

en los inmensos megáfonos

que los pequeños auriculares reproducen.

 

Se oyen otra vez las voces de los guías:

nos ayudan, afirman ellos:

los portadores del abismo.

 

7

En la habitación de la madrugada

al recordar el aroma de la menta y

la yerbabuena;

la humedad de la arcilla

se convierte en nuestro decir.

Y lo que resta de nosotros

es sólo una oración.

 

Quien la guarda

alumbra la presencia.

 

Quien la pronuncia

está en paz