Coca-Cola pone en el frente de batalla a las pequeñas tienditas, su herramienta para invadir el país con sus productos. Foto: Mario Jasso, Cuartoscuro.

La visita de James Quincey, director global de Coca-Cola que viajó a México en medio de la pandemia, para reunirse con el Presidente López Obrador debe verse como una acción para el control de daños. En ningún país esta bebida ha recibido un etiquetado frontal como el establecido en México y, menos aún, ser objeto de iniciativas para ser prohibida su venta a niños y niñas. Tampoco en ningún país del mundo Coca-Cola ha logrado las ventas por persona que ha logrado en México. La presencia de esta bebida en nuestro país llevó al exrelator de naciones Unidas por el Derecho a la Alimentación, Olivier De Schutter, a hablar de la “Coca-Colonización” de México.

Cuando se realizaban las reuniones del grupo de trabajo para la modificación de la norma de etiquetado en alimentos y bebidas, Jaime Zaludovsky, el principal cabildero de la industria de alimentos y bebidas, comentó en diálogo con un investigador de los institutos de salud que con el nuevo etiquetado Coca-Cola no tendría ningún sello de advertencia. Suponía que el etiquetado en México sería muy similar al que se impuso en Chile. En ese país se establecieron sellos de alto en azúcar, grasas saturadas, sodio y calorías. Coca-Cola sustituyó con edulcorantes no calóricos la azúcar y así se exentó de portar los sellos de advertencia, como el de “Alto en Azúcar” y el de “Alto en Calorías”.

Sin embargo, el diseño del nuevo etiquetado de advertencia en México tomó las experiencias de Chile, Perú y Uruguay que le antecedieron en este tipo de etiquetados. Actualmente, en Chile existe una preocupación porque los niños están consumiendo altas cantidades de edulcorantes no calóricos a través de muchos productos que sustituyeron los altos contenidos de azúcar con estos compuestos, en su mayoría, sintéticos. Y el problema radica en que al mantener bebidas y productos comestibles altamente dulces se genera un gusto desde muy temprana edad que suele llevar a la demanda de por vida de productos excesivamente dulces. Este gusto por lo dulce en alimentos y bebidas es una de las principales causas del deterioro de los hábitos alimentarios y de las epidemias de sobrepeso y obesidad. Por otro lado, cada vez hay más evidencia de los impactos metabólicos de diversos edulcorantes no calóricos, como lo ha demostrado un reciente estudio del Hospital Infantil de México en niños de nuestro país. Por lo anterior, en México, la nueva norma de etiquetado establece que cuando exista el contenido de estos edulcorantes se advierta “Contiene Edulcorantes. No recomendable para niños”.

Por otro lado, existe evidencia suficiente para señalar que la cafeína no es recomendable para el consumo en niños. En México tenemos un alto consumo de bebidas de cola en niños muy pequeños y que se agudiza entre las poblaciones rurales donde se puede observar que la bebida, incluso, se les da a los bebés en mamila. Basados en amplia evidencia científica se estableció, como parte del etiquetado frontal de advertencia, se incorporara la leyenda: “Contiene cafeína, no apto para niños”.

El nuevo etiquetado con las leyendas de advertencia de protección a niños en el caso de los edulcorantes y la cafeína son un motivo de oposición más de Coca-Cola y las empresas de ultraprocesados contra el nuevo etiquetado, pero no es la única preocupación por la que visitó el director global de Coca-Cola a López Obrador y, posiblemente, no la mayor. En su mensaje a las redes sociales, el Presidente escribió: “Me visitó el director ejecutivo a nivel mundial de Coca-Cola, James Quincey. Hablamos de varios temas: apoyo a pequeños comerciantes, impuestos, la campaña de orientación nutricional, etiquetado e inversiones. Fue un diálogo respetuoso, constructivo y franco”.

De todos estos temas, sin duda, uno de los de mayor preocupación para la empresa refresquera está en las iniciativas presentadas en varios estados para prohibir la venta de las bebidas azucaradas y la comida chatarra a niños y niñas. Sabiendo que esta medida podría extenderse a otras naciones y cómo la prensa internacional cubrió esta noticia, generando interés alrededor del mundo como una forma de enfrentar las epidemias globales de sobrepeso y obesidad, había que venir a hacer control de daños, a evitar que la situación en México se convirtiera en un proceso de “DesCoca-Colonización”. Sería una desgracia para la empresa que creó su mayor imperio en este país que su producto comenzara a ser tratado como un producto de riesgo.

Como resultado de la visita de Quincey, el Presidente López Obrador se pronunció al día siguiente en contra de las prohibiciones de las ventas de estos productos como una estrategia para enfrentar el sobrepeso y la obesidad en el país. El director global de Coca-Cola vino a parar este proceso y ofreciendo cosas a cambio, como programas de apoyo a las pequeñas tienditas. El asunto de las pequeñas tienditas ha formado parte de la estrategia de Coca-Cola para enfrentar todo tipo de regulaciones que pueden afectar sus ventas. Por un lado, todas las recomendaciones de salud pública en materia de nutrición son claras en señalar que debe bajarse el consumo de estos productos y, por otro, las refresqueras obstaculizan por todos los medios el que estas recomendaciones se conviertan en políticas públicas efectivas.

Coca-Cola pone en el frente de batalla a las pequeñas tienditas, su herramienta para invadir el país con sus productos. La campaña que realiza en México desde la llegada de la pandemia usando su vínculo e interés por apoyar a las pequeñas tienditas, con la participación de “Sopitas”, es similar a la que realiza la compañía en otras naciones latinoamericanas. Esta campaña la lanza en medio de la evidencia que vincula el alto consumo de su producto con las comorbilidades más asociadas a la mortalidad por COVID-19: enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes…

Cuando se habla de tienditas nos referimos a alrededor de 1.5 millones puntos de venta de Coca-Cola en todo el país. Es decir, por cada 80 habitantes en México hay un punto de venta de sus productos, que normalmente acompañan la venta de productos de Pepsico (bebidas, frituras y dulces), de Bimbo (pan, frituras y dulces), de Danone (productos lácteos), entre otros. Se trata de una penetración que, junto con las campañas multimillonarias de publicidad de estos productos, es unos de los elementos centrales en la conformación de lo que los expertos llaman el “ambiente obesogénico”. Sin “ambiente obesogénico” no tendríamos las epidemias de obesidad y diabetes en nuestro país.

Qué pasaría si esos puntos de venta comenzaran a introducir, como en el pasado, la venta de botanas basadas en semillas (cacahuates, pepitas, semillas de girasol, garbanzos, maíz y chicharos tostados, habas, etcétera), comenzaran a vender frutas y verduras de la región y la temporada. Qué pasaría si vendieran panes elaborados en panaderías de los barrios. Este proceso de reconversión es necesario no sólo para mejorar la salud, para recuperar el gusto de los niños y las niñas, también para fortalecer la economía local. De esta manera, como lo hemos comprobado en escuelas que sacan la chatarra e incorporan productos de la región, se fortalecen las economías locales, se activa la producción en la región. El dinero que sale con los refrescos y la chatarra de la localidad en los camiones distribuidores de estos productos se puede quedar en las comunidades. De hecho, de esta forma se crearían más empleos.

La prohibición de la venta de productos y bebidas no saludables a los niños en Oaxaca no prohíbe la comercialización de esos productos, solamente su venta a los niños. Esa prohibición permite que las mismas empresas puedan comercializar y vender a niños alimentos y bebidas si cumplen ciertos criterios. Es decir, se abre la posibilidad y se empuja a que se comercialicen productos más saludables, algo urgente en este país que tiene los más altos niveles de consumo de comida chatarra y bebidas azucaradas. Que las grandes corporaciones produzcan alimentos más saludables y que se incorpore la producción local y regional a los circuitos de comercialización. No será posible un cambio de raíz si no reducimos, a través de regulaciones, la disponibilidad de productos no saludables y aumentamos la asequibilidad a alimentos saludables.