Foto: Especial

«Se separaron. Ella tomó el camino de la izquierda. Él,

el de la derecha. Pero olvidaron algo: el mundo es

redondo».

Amaneceré sola, entre montañas y con las sábanas pegadas a los muslos sudados a pesar del frío. Será mi cumpleaños y pasarán cosas distintas a otros días: recibiré caricias en las mejillas como primera cosa de la mañana (culpa de mi madre que andará de visita), y seguiré mi rutina sin prisa, sobre todo el ritual de beber café y andar descalza en el jardín mientras los pájaros hablan de llenar de besos a las flores. Tendré ganas de ir hasta donde estás tú. Y lo haré. Me recibirás con un manojo de nervios, pero será algo normal, supongo: una combinación de años sin encontrarnos y otros titubeos que solo las dos entenderemos. Nos contaremos cosas –aunque no tantas– y de pronto nos parecerá oportuno hablar del protagonista de un cuento que señala la posibilidad de encapsular, en un relato de algunos minutos, todo lo que sucede a lo largo de un buen tiempo. Surgirá un vaivén de declaraciones cortas y te darás cuenta de que yo habré ido hasta donde tú a moverte el tapete, a jalarlo para que perdieras el piso y volvieras a pensar en mí. Y sin embargo no podré leerte porque actuarás serena –aunque algo… ¿cuál es la palabra correcta?: dividida. Me ofrecerás más té: “¿Más té?, ¿vino?, ¿una cerveza?” Yo te diré que sí a las tres cosas porque aún no habré aprendido a no quererlo todo. Observarás cómo me muerdo los labios. Morderás los tuyos. Entonces querré hacerte tantas cosas (todas las cosas del mundo que tengan que ver contigo y tu boca). ¿Y tú, querrás hacerme lo mismo?, ¿o querrás más té, quizá vino, una cerveza? Nos preguntaremos más cosas. Hablarás de las abejas, del polen, de cómo se transporta la vida. Te soltarás el pelo. Hablaré del saludo del viento, de los prismas en las montañas, de la timidez de los árboles. Querrás más té; yo más vino, más cerveza. Hablaremos de las medusas; acordaremos que son las nubes que se desprenden del océano. Me contarás de los tiburones que conoces por dentro y de los animales con los que hablas en tus sueños. Y cuando sea mi turno hablar de los míos, yo no te diré que en el último, a ti también alguien te encuentra llorando por mí. Pero soltaré otras cosas: “quédate”, “te pensé hasta allá”, “dime más”. Luego de mis tontas confesiones habrá algo de silencio, un poco de dolor. Cosas enredadas. Vivas. Ya cuando te hayas ido me hablarás por teléfono, me preguntarás si me voy. Te contestaré que sí y me preguntarás que adónde. Te diré que a las tierras de Agua Blanca (y soltarás una risilla porque, ay lo que son las cosas, según tus estudios astrales yo soy agua y tú eres tierra). Después me preguntarás que si es allá en la costa oeste. Habrá algo de silencio, un poco de dolor, porque habré pensado en todo lo que pudo haber sido por pura lealtad a la adrenalina que me producirá la fantasía efímera. Y tú también. Entonces pasará que nos sentiremos –se me ocurre– todos los días. Aventaremos besos al cielo y nos caerán en la boca y en las manos. Pero bueno, al final qué sé yo, si todo esto solo son presagios.