Maradona. Foto: AP.

Sinceramente, mis ídolos deportivos no fueron ni Maradona ni Mike Tyson, a mi edad uno admiró a los deportistas triunfadores de los primeros años de la década de los 60, como Cassius Clay (después Muhammad Alí) y Pelé, y musicalmente a Los Beatles y Bob Dylan; pero ya en los 80 y 90, los jóvenes tuvieron la oportunidad de tener sus propios ídolos en el boxeo y el fútbol, y aunque nosotros los veíamos con otros ojos, no era menos sorprendente su fortaleza y decisión en la cancha o en el ring.

Ver a Diego Armando Maradona en aquel histórico partido contra Inglaterra, cuando él solo jugó y se esforzó por el gol que llevaría a Argentina al triunfo, quedó grabado en mis recuerdos: lo impresionante e inexplicable que se vio ese jugador cuando batalló una y otra vez contra todo el equipo europeo para, finalmente, anotar los dos goles que le permitieron ganar a los sudamericanos aquel memorable partido. El empuje y la energía que desarrollaba Maradona eran diferentes al estilo de juego de Pelé, y cuando lo veía por televisión me daba la impresión de que quien estaba en la cancha era un hombre invencible, poseedor de una fortaleza muy superior a la del equipo rival, una especie de locomotora suelta en la cancha de soccer.

Muy similar era la forma de pelear arriba del ring de Mike Tyson, quien al sonar la campana salía con una energía superior a la del rival y daba la impresión, igual que Maradona, de ser invencible: era imposible detenerlo, destrozaba a sus rivales en unos cuantos minutos y no había posibilidad de escapar de aquel torbellino. Su estilo también era diferente al de mi ídolo de la adolescencia, Muhammad Alí, quien, igual que Pelé, se desempeñaba con maestría e inteligencia, sin tanta energía ni violencia.

Este no es el espacio para discutir si los ídolos deportivos de mi juventud fueron mejores que los de mis hijos, pues cada momento con cada gran deportista fue lo mejor en su época, pero sí debe reconocerse la gran diferencia que existió en la formación de estos ídolos; aunque Muhammad Alí y Pelé no fueron dignos de beatificación por su vida personal, estuvieron muy lejos de la complicada y controvertida vida de Maradona y Tyson.

No es casualidad que la formación y conducta privada de estas dos generaciones de deportistas hayan sido tan diferentes, pues en esos 25 años de diferencia se esparció como una plaga el uso de sustancias adictivas que afectaron, y siguen haciéndolo, los barrios y vecindarios donde se forjaron los deportistas; aun así, pese a la cocaína y demás estimulantes que los engancharon, Maradona y Tyson lograron superar sus dependencias y alcanzar el triunfo, a diferencia de miles, tal vez millones de jóvenes, que quedaron enganchados y nunca pudieron escapar de la muerte y la miseria.

Es en estos barrios de las grandes ciudades, formados al margen de los sectores exitosos que viven en su burbuja de mansiones y extravagancia, donde nacen los niños con su cartilla de ingreso a los centros de atención para adicciones bajo el brazo, porque su entorno los orilla a vivir entre trabajos precarios y sustancias sicoactivas.

Es precisamente hoy, cuando un Gobierno se esfuerza por romper los círculos de miseria que generaron miles de compradores de cocaína, mariguana y demás sustancias, quienes también disfrutaron de las sustancias adictivas pero no se vieron obligados a destruir sus personalidades ya que crecieron en una burbuja de riqueza que les protegió, exigen a gritos y golpes histéricos y desproporcionados que se suspenda el apoyo a aquellos sectores deteriorados por la desigualdad derivada de la economía que inauguraron Ronald Reagan y Margaret Thatcher, que condenó a miles a buscar la evasión de su tormentosa realidad de pobreza y necesidad mediante el abuso de sustancias.

Tanto me entristecen la muerte temprana de Maradona y la de Muhammad Alí por edad avanzada, como me sorprenden la longevidad de Pelé y el esfuerzo que hizo este fin de semana Mike Tyson por subir al ring y presentar un recuerdo de lo que fue en su cúspide atlética; al ver a los ídolos de mi juventud caer en la vejez y perecer, y reflexionar que dos de las notas importantes de estos días fueron la muerte y la sobrevivencia de un par de los ídolos de la juventud de mis hijos, sólo pienso en el tiempo, que imparable e invencible nos alcanza a todos.