Nigeria ha caído en la “trampa de los recursos naturales”. Foto: Especial.

Por Alfonso Correa Coss y Guadalupe Correa-Cabrera

Al comienzo de 2019, recordamos un viaje a Nigeria en octubre del año pasado. Este fue quizás uno de los viajes más interesante de nuestras vidas y queremos compartir una parte de la experiencia, así como algunas de las lecciones aprendidas en una tierra lejana que es hogar de una de las sociedades probablemente más disfuncionales del globo terráqueo. Nigeria muestra los extremos del subdesarrollo, la desigualdad, la corrupción, la violencia, la inseguridad y las malas políticas públicas. Con toda dimensión guardada—y conscientes de las grandes diferencias en términos de historia, cultura, demografía y geografía—aprender sobre los procesos políticos y socioeconómicos de este complejo país del occidente de África nos puede brindar lecciones valiosas que podrían considerarse en otras partes del mundo.

En Nigeria, un país densamente poblado—con cerca de 200 millones de habitantes—y con una desigualdad apabullante que permite niveles de corrupción sin precedentes, se aprecia una infraestructura insuficiente en todas las áreas y en todos los niveles. Aquí, la escasez de agua potable y de los servicios más básicos para la mayoría de la población, los muy elevados niveles de inseguridad y violencia, así como la pobreza extrema y la miseria en importantes regiones del país, contrastan con los grandes negocios nacionales y transnacionales al servicio y operados para beneficio de una pequeña minoría que goza de todos los privilegios de un país rico en recursos naturales. Dichas contradicciones se resumen en la existencia de ciudades amuralladas que dividen a los ricos de los pobres, donde sólo los ricos cuentan con infraestructura funcional, servicios públicos de calidad, seguridad (pública y privada) y un nivel de vida excepcional.

Nigeria se destaca efectivamente por sus altísimos niveles de corrupción e inseguridad; además, el país es cuna de la organización terrorista Boko Haram. De acuerdo con los indicadores de desarrollo humano, Nigeria es uno de los países en el mundo con la peor calidad de vida. Esto puede claramente apreciarse al transitar por las carreteras de esta nación y por las calles de sus principales ciudades. Es paradójico apreciar el deterioro de la infraestructura básica y la miseria en la que viven tantas personas tomando en consideración que estamos hablando de la mayor economía del continente africano. Nigeria es también el primer país productor de petróleo de África y uno de los principales exportadores de crudo y sus derivados en el mundo. No obstante, los problemas de suministro de energía son una constante en todo el país—incluso en Lagos, la ciudad más grande de África y capital económica de Nigeria.

Después de algunos días viajando en el interior del país por carretera para cruzar la frontera rumbo a Cotonou, capital de la República de Benín, nos fue posible conocer el campo y platicar con algunos pobladores, funcionarios públicos y académicos en el marco de la conferencia Regiones Fronterizas en Transición [Borders Regions in Transition, BRIT] 2018. Aprendimos mucho y recopilamos una serie de testimonios interesantísimos que nos ayudaron a comprender mejor el mundo. Meses después de haber realizado este interesante viaje, nos gustaría compartir unas muy breves reflexiones que pensamos explican la problemática actual en el occidente del continente africano, particularmente en Nigeria.

En primer lugar, es visible la forma en que la enorme desigualdad en la región va acompañada de elevadísimos niveles de corrupción. Las élites políticas y económicas trabajan mano a mano para conservar el control del Estado y sus instituciones. Este contubernio se crea para defender el status quo y por lo tanto mantener exorbitantes privilegios para un pequeño grupo de individuos. Estos niveles de corrupción extraordinarios detienen el desarrollo de la economía nigeriana y dan como resultado una sociedad extremadamente disfuncional. Esta dinámica se reproduce a sí misma y parece no tener fin pues se encuentra anclada en la desigualdad que se alimenta de una población pobre que se multiplica rápidamente por sus altas tasas de fecundidad.

Por otro lado, Nigeria ha caído en la “trampa de los recursos naturales”. La economía petrolera más grande del continente africano no es siquiera capaz de brindar a sus propios ciudadanos la energía necesaria para cubrir sus necesidades básicas en este rubro, y mucho menos para promover un desarrollo eficiente y armónico de su sociedad. Las carencias en este campo son muy visibles. Esta realidad se explica por niveles de corrupción extraordinarios, pero parece tener también su fundamento en el papel protagónico de las compañías petroleras y de energía transnacionales, quienes deciden las prioridades del sector en un país al que no le tienen ni solidaridad ni arraigo.

Por consiguiente, es importante repensar los modelos de desarrollo económico extractivistas basados en el liderazgo del sector transnacional. La diversificación tardía de la economía nigeriana, después de centrarse preponderantemente en la industria petrolera encabezada por compañías transnacionales, parece no haber dado resultados satisfactorios. Como mencionamos anteriormente, la calidad de vida en Nigeria es sumamente baja y la infraestructura básica se encuentra en condiciones deplorables. Esto aplica también al sector de la energía. Nosotros fuimos testigos del deterioro y presenciamos apagones diarios (y varias veces al día).

Asimismo, a fin de desarrollar la industria petrolera, se desarticuló fuertemente la industria agropecuaria [que hasta ahora se ha venido reconstruyendo, pero muy lentamente y con políticas aparentemente inadecuadas]. En nuestro viaje pudimos apreciar grandes extensiones de tierra que una vez parecen haber sido productivas, pero que resultaron abandonadas para dar lugar a un modelo extractivista basado en el petróleo y dirigido hacia las grandes ciudades.

Cabe destacar que las políticas de desarrollo de las últimas décadas no sólo han fallado en lo fundamental, pues no se han trasladado en mejoras en infraestructura o servicios básicos, ni en mejores niveles de vida para la población en general. El descubrimiento de enormes yacimientos de petróleo en Nigeria parecía una bendición en un inicio, pero resultó ser una trampa que afianzó la corrupción, el subdesarrollo y el compadrazgo entre élites mafiosas nacionales y transnacionales que lo extraen todo y dejan muy poco en el país.

Finalmente, es preciso hacer énfasis en un tema que nos parece fundamental, que han mencionado muchos, pero que muy pocos han analizado con la seriedad y la centralidad necesarias. Hablamos del crecimiento demográfico y la falta de control poblacional que limita el desarrollo y ocasiona graves conflictos sociales. La sociedad nigeriana es extremadamente compleja en todos los sentidos y crece a un ritmo muy acelerado. Lo anterior se traduce en infinidad de conflictos sociales y en altos niveles de violencia e inseguridad. A esto se le añade el fanatismo religioso que—aunado a otros factores de carácter geoestratégico y de identidad cultural—ha desembocado incluso en el fenómeno del terrorismo.

Es importante destacar que la organización yihadista/extremista/terrorista Boko Haram tiene presencia en una región pobre y muy sobrepoblada en el noreste de Nigeria. Al mismo tiempo, las regiones más violentas y que registran mayores niveles de violencia e inseguridad son también las más pobladas del país. Esto pasa en Nigeria y en muchas otras partes del mundo subdesarrollado, incluyendo, por ejemplo, a México y a Brasil. El fanatismo religioso y la miseria llevan a algunas sociedades a tener muchos hijos y esto impide el desarrollo y refuerza las desigualdades, las contradicciones y la disfunción social. Y este proceso es como una gran bola de nieve que sólo podría detenerse con un adecuado control de la natalidad. Para discutir lo anterior se requiere de un análisis muy extenso fuera del alcance de este texto. Sin embargo, nos parece que vale la pena abrir el debate en esta dirección.

Sin ser especialistas en las dinámicas políticas, económica y sociales de esta región, nuestro breve trayecto por parte del occidente de África nos llevó a concluir que la desigualdad, la corrupción, la inseguridad y la pobreza en el mundo subdesarrollado se explican principalmente por el exceso de población. Valdría la pena hacer un análisis más detallado del subdesarrollo vinculado a la demografía en la era actual. Muchos han escrito sobre el tema en el pasado, y las causas del subdesarrollo son múltiples; algunas aplican exclusivamente a sociedades específicas. No obstante lo anterior, creemos en la centralidad del problema demográfico en el mundo menos desarrollado. Las lecciones aprendidas en una sociedad aparentemente tan lejana (geográfica y culturalmente) nos podrían ayudar a entender lo que sucede en nuestro continente. Pensemos, por ejemplo, en el tema del petróleo en Venezuela y México—o en el tema demográfico aplicado a las sociedades del Triángulo Norte Centroamericano en tiempos de maras y caravanas.