“No soy capaz de satanizar a la televisión como lo hizo la generación previa. Si acaso, soy cuidadoso a la hora de calificarla”. Foto: Especial

Soy de una generación que creció con pocos canales en la tele. En ese entonces eran escasos los amigos quienes tenían sistemas de cable y veíamos con incredulidad esas casas que ostentaban, en sus techos, enormes antenas parabólicas. Así que, visto a la distancia, no me parece raro que los adultos sostuvieran que la televisión idiotizaba: la calidad de los programas era bastante cuestionable dentro de su escasa variedad. Así, crecí en medio de una satanización constante hacia la oferta televisiva. Estar horas frente al aparato no sólo era peligroso para los ojos (¿quién iba a pensar que décadas más tarde viviríamos con una pantalla a escasos centímetros de nuestra cara?), sino que abría el riesgo de volvernos idiotas.

No hablaré ahora de las decenas de opciones que tienen mis hijos frente a la pantalla ni de las formas en que en la familia regulamos los contenidos. Me queda claro, sin embargo, que nuestra relación con las televisiones es diferente.

Desde hace varios años apenas consumo el contenido de la televisión abierta. He optado por transitar, paulatinamente, de la oferta pagada a la que uno elige por demanda. Estas plataformas no sólo abren la posibilidad de ver lo que uno quiere a la hora que más le place sin la angustia de llegar a tiempo a casa. También han permitido la producción de contenidos de alta calidad.

Para nadie es un secreto que muchos buenos escritores se han sumado a las filas de los guionistas. Así, algunos de quienes pasaban sus noches leyendo no tienen problemas con confesar que ahora lo
hacen viendo series. No estoy seguro de que esto vaya en detrimento de la literatura. Por el contrario, tengo la sospecha de que la ficción ha encontrado nuevos caminos. Si bien es cierto que no se pueden alcanzar las mismas profundidades con un texto que con una serie de imágenes, también lo es el hecho de que la respuesta a esta posible polémica reside en la calidad de la oferta.

Durante gran parte de mi vida he buscado los libros que me mantengan en suspenso, aquéllos que justifiquen horas de lectura o desvelos como resultado de mi incapacidad de separarme de sus páginas. Los he encontrado, por fortuna, y puedo identificar importantes momentos de felicidad atrapado en ellos. Eso no clausura, por supuesto, que una sensación similar se produzca cuando veo una serie. La que yo he elegido. Ya no vivo bajo la dictadura de la programación fija. Así que puedo, como con un libro, acercarme a los primeros minutos o capítulos para descubrir si me quedaré ahí adentro. Y, si bien el gozo no me ha llegado con la misma fuerza que leyendo, reconozco el placer del televidente que se deja intrigar por una trama bien construida.

No soy capaz de satanizar a la televisión como lo hizo la generación previa. Si acaso, soy cuidadoso a la hora de calificarla. El medio no es el importante sino su contenido. Es verdad, cuido lo que ven mis hijos pero también lo que leen. Espero que, en algunos años, sean capaces de dejarse maravillar por la ficción. Es un reducto en donde, escapando, aprendemos a conocernos a nosotros mismos.

Este sábado 2 de marzo presentaré “La velocidad de tu sombra”, tercera entrega de la serie Zuzunaga. La cita será a las 19:00 en el Salón de Rectores dentro de la Feria de Minería. Me acompañará Alma Delia Murillo. Ojalá alguno de los lectores de esta columna también se anime a acompañarme.