Aquí es el centro de Puebla y pues sí, qué linda, qué chula es. Foto: Pinterest.

Hace nueve días que estoy aquí, conociendo y reconociendo calles, plazas, portones, iglesias.

Asimilando caras desconocidas, manchas en las paredes, lotes abandonados, música imposible de antros baratos.

Cielos bellísimos, bibliotecas espectaculares, balcones agraciados, ángeles caídos y otros congelados en un vuelo vigoroso y demoníaco.

Aquí es el centro de Puebla y pues sí, qué linda, qué chula es.

Todos los días escribo durante horas en mi habitación del hotel. Arrastro la única mesa del mobiliario y la pongo frente al balcón, abro las ventanas y empieza el infierno de la hoja en blanco que cada tanto se torna en paraíso. Ya saben quienes escriben a qué me refiero.

El predio frente a mí es una casona que, me aventuro a pensar, será del siglo XVIII, es inmensa y está en obra.

Desde la primera jornada que me enraicé a esta silla delante del balcón, mi paisaje incluyó a cuatro trabajadores en la terraza de la casona de enfrente, dos de ellos arañando los veinte años; no ha habido mañana ni tarde sin que sus gorras roja y amarillo limón, respectivamente, paseen frente a mí.

La tercera tarde, el de la gorra amarilla levantó la cabeza y me miró, yo lo miré a él. Hizo una inclinación para saludarme y se tocó la gorra, le sonreí. Siempre agradezco los rasgos de amabilidad que tanto escasean.

El gesto de nuestro intercambio se repitió todos los días. Una inclinación de gorra amarilla, una sonrisa.

Salgo a correr por las mañanas, desayuno fuera y regreso a escribir. Cuando la escritura me deshidrata la sesera, leo. Salgo a comer. Tomo una copa de vino, regreso a escribir otro rato y vuelvo a leer.

Y así cada jornada. Corro. Desayuno. Escribo. Leo. Comida. Copa de vino (bendita sea). Escribo. Leo. Caigo rendida hasta que un sol imposible me despierta a la mañana siguiente.

Supongo que tracé el patrón más predecible de cuantos existen. Supongo que, de a poco, quienes trabajan en los alrededores se acostumbraron a verme salir con mis tenis y mis audífonos por las mañanas, con mi backpack y mi montón de libros por las tardes.

Pues he aquí que hoy, el muchacho de la gorra amarilla se apersonó en la puerta del hotel donde me hospedo cuando yo salía a buscar la comida y la copa de tinto del día.

Recién bañado, jeans, camisa a cuadros. Moreno, pelo negrísimo, bajito y fibroso, mirada honda.

– Buenas tardes, señorita, soy el trabajador de enfrente.

– Buenas tardes, te reconozco, sí.

– Soy Luis Pablo, mucho gusto— me hablaba con un respeto de otro siglo.

Nos dimos la mano.

Y con dos cojones.

El imberbe se presentó en mi puerta para invitarme a tomar un café.

Tardé un par de segundos en reaccionar. Entre la sorpresa, la ternura, la no sé qué y el todo lo anterior junto.

Casi escuché el corazón pateando como jabalí dentro de su pecho. Tuvo que hacer un esfuerzo titánico para atreverse a plantarse ahí.

Sonreí levemente.

– ¿Cuántos años tienes?

– Veinte.

– Yo podría ser tu mamá, tengo cuarenta y uno.

Le cambió la cara y enmudeció pero no se movió un milímetro.

Le dije que no, que muchas gracias y no agregué más razones. Me tendió la mano, entero. Luego inclinó la cabeza —sin gorra, dio la vuelta y se fue.

Me quedé un rato mirándolo.

Qué alivio saber que esta noche es mi última en Puebla porque mañana resultaría muy incómoda la vista entre mi balcón y su terraza. Pero confieso que, de no tener pareja y con quince años menos, me habría tomado ese café sólo para aplaudirle la bravura en el combate tan fuera de lugar en estos tiempos y, por lo mismo, tan admirable.

Y necesitaba contarlo, tenía que compartirles la postal humana, la que sé que más voy a recordar de todas las que me dio esta ciudad inabarcable.

@AlmaDeliaMC