Si bien hay ejercicios fallidos de autobiografía, otros resultan bien logrados, exentos de melodrama. Antonio Ortuño es un ejemplo de ello con su libro La vaga ambición (2017), publicación con la que se hizo acreedor al Premio Ribera del Durero.

Ortuño erige un libro de cuentos, que se lee como una novela, donde desmitifica las ideas románticas que sostenemos sobre la familia, el amor, el trabajo y el éxito. Esta es la primera entrega de la serie “Relecturas en tiempos de pandemia”.

Ciudad de México, 2 de mayo (SinEmbargo).- Hace dos años, en un artículo publicado en el suplemento cultural “Babelia”, del diario español El País, Ana Caballé reflexionaba sobre el boom de la autoficción: “Aquí y allá hay muestras de fatiga en relación a la autoficción, a pesar de su éxito arrollador en las últimas décadas. Fatiga debida en parte a la extrema dificultad de reconocer los límites del género y de saber qué estamos leyendo.

Entiendo que hablar de límites en una creación literaria no es prudente, pero el conocimiento solo puede construirse elaborando ideas sobre lo que observamos o sobre lo que leemos”. El debate sobre el género, en Iberoamérica, está encendido.

Discrepo de quienes aseguran que la novela ha agotado sus recursos. Sostengo que la novela, en la segunda década del siglo XXI, ha sido influenciada por los códigos de la realidad, por las nuevas formas del periodismo y por una necesidad latente de introspección en un mundo disperso, digital, líquido e inmediato.

La autoficción, en la actualidad, responde a que la realidad y sus códigos se ha vuelto tan inabarcable, tan compleja, tan aviesa, que los escritores voltean hacia dentro, en donde bulle un universo. Si bien hay ejercicios fallidos de autobiografía, ampulosos varios, otros resultan logrados, exentos de melodrama. Antonio Ortuño es un ejemplo de ello. Con su libro de relatos La vaga ambición (México, 2017; editorial Páginas de espuma), publicación con la que se hizo acreedor al Premio Ribera del Durero, Ortuño “despoja de languidez a la autoficción literaria y la hace hervir de tragedia, ironía y vitalidad”.

Maestro de la estructura, Ortuño erige un libro de cuentos que se lee como una novela: a lo largo de seis relatos, Arturo Murray, un escritor cuarentón, a manera de testimonio, repasa desde los secretos de su infancia (con un padre ausente de fondo), la relación con su esposa Aura (¿homenaje a Fuentes?), rencores añejos sin resolución, con lo cual desmitifica las ideas románticas que sostenemos sobre la familia, el amor, el trabajo y el éxito.

Murray sobrevive entre la catástrofe del pasado y un presente grotesco, construido con malas reseñas, entrevistas vacías (que dejan mal parados a muchos reporteros que entrevistan a autores sin tener la decencia de leer el libro), presentaciones a medio llenar y una cuenta bancaria que oscila entre los números rojos y la abundancia pasajera. Y también se permite reflexionar sobre el oficio del escritor sin adornos, despojado de grandilocuencia.

«Los muertos iluminan la ruta de los vivos. Por eso leemos: para que se inflame una antorcha. Bajo su luz escribimos. Se los digo con la convicción de un tallerista literario de cuarenta años con problemas domésticos, un tipo que va para viejo (no todos los cuarentones lo demuestran, pero es mi caso) enfrentado a un grupo de muchachos que parecen elenco de la consabida película sobre la victoria del equipo de los torpes. Por ahí les faltan, a los chicos del taller, una variedad de indispensabilidades: una mano, higiene personal, autoestima, minerales, electrolitos. No culpen a la escritura. En cierta medida a todos, cada mañana, nos falta una mano», escribe en las primeras líneas del su cuento “La batalla de Hastings”.

Ortuño ha escrito uno de sus libros fundamentales. No será el último, por supuesto, pero –desde ahora– tiene garantizada la posteridad.