Hay quienes añoran el mar, el bosque, una isla, a mí me falta el horizonte. Cada vez más seguido. Frances McDormand en una imagen de Nomadland. Imagen tomada de video.

Para Ángeles y Elena, queridas amigas canarias, por la noche de los Oscar y muchas otras.

Y eres, en mi memoria, esencia de horizonte, frágil sueño.
Efraín Huerta

1.

A veces me falta el horizonte. No es una metáfora. Es textual. Me gustan las montañas, me gusta ver las copas de los árboles desde mi balcón, e incluso puedo llegar a soportar la vista de los edificios altos que cada vez ocupan más espacio en el barrio, pero… Y en ese “pero” se condensan la memoria y el deseo; memoria y deseo de espacios abiertos, de extensiones sin fin, de cielos incandescentes que se van apagando sobre una línea apenas curva al caer la noche. “Memoria y deseo de pampa”, se burla alguien. Pampa: / Yo diviso tu anchura que ahonda las afueras, / yo me estoy desangrando en tus ponientes, escribió Borges. Aunque frente al comentario, me siento más como la Eulogia de Inodoro Pereyra, o la China Iron, de Gaby Cabezón Cámara.

Hay quienes añoran el mar, el bosque, una isla, a mí me falta el horizonte. Cada vez más seguido. Y el olor a lluvia. Esa lluvia que este año no llega, y que hace que en el campo los animales mueran de sed. Y esto tampoco es una metáfora. Veo los cueros pegados a los huesos, los cuerpos caídos. La tierra resquebrajada. Todo es Luvina.

…Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llama ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.

El noticiero salta a otra imagen, hay otros cuerpos allí, no los vemos, apenas los adivinamos. Cientos, miles de muertos por covid son incinerados en la India al aire libre, el cielo cubierto de humo.

No es el de la sequía ni el de las llamas el horizonte que busco en esta ciudad rodeada de montañas.

2.

Aparece mientras miro una película: el paisaje avanza kilómetros y kilómetros en línea recta. Frente a la cámara, sólo el horizonte. “Mi” horizonte. Aunque sea en el camino que va de Nevada a Arizona. Fern maneja una camioneta. No tiene casa, pero ése es su hogar. Allí está su pasado: unas pocas fotos, los platos que -comprados de a uno en alguna venta de garaje- el padre le fue regalando; apenas lo indispensable para sobrevivir. Allí estará también su futuro. Cuando cierra la fábrica de la que dependía todo el pueblo llamado Empire (sic), el universo de Fern se desmorona: muere su marido, se queda sin trabajo, se vuelve -como muchísima gente en los últimos años- una excluida del sistema. Frances McDormand construye su personaje con enorme sutileza; una mujer hundida en la melancolía que descubre otro modo de vida, otros principios, otras solidaridades, otros lazos que acompañarán ese recorrido con el que traza un nuevo mapa de la Unión Americana, el mapa de los márgenes. Un mapa que se teje fuera de la productividad impuesta por el neoliberalismo salvaje, ajeno a la “tiranía del dólar”, como dice Bob Wells, ese filósofo de carretera, una suerte de guía espiritual de los nuevos nómadas.

Historias que se cruzan. Confesiones. Silencios.

Nomadland es una joya creada por Chloé Zhao a partir del libro de Jessica Bruder, Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century. Escenarios reales, protagonistas reales (sólo McDormand es actriz) y algo que tiene de lenta road movie que se aleja de la “sociedad del cansancio” (Byung-Chul Han) y crea nuevas formas de convivencia. Una directora sinoestadounidense que ha hecho propias las enseñanzas de Waldo Emerson y de Thoreau, a las que ha sumado la espiritualidad oriental. ¡Es apenas la segunda mujer en ganar un Oscar a la mejor dirección desde que iniciaron los premios en 1928! Y la primera asiática; un dato no menor después del tiroteo de Atlanta del 19 de marzo último, y de la larga historia de misoginia y violencia contra las mujeres asiáticas y asiático-americanas.

Puedo imaginar el deseo de huida de muchas de ellas. Puedo imaginar el deseo de un horizonte abierto que las aleje del horror vivido cotidianamente.

No son las únicas: nómades, “hobos”, gente que busca otra forma de vida, que ha perdido el trabajo o ha decidido renunciar a él, recorren por miles las carreteras de Estados Unidos. Han creado formas de vida más elementales, más autónomas, más vinculadas a la naturaleza. Tienen empleos temporales que les permiten cubrir las necesidades básicas, se reúnen de manera esporádica, hacen comunidad, pero son fundamentalmente solitarios. “Entre la precaridad y la libertad” habitan el lado B del american dream.

Coda

Que me sean tus brazos horizonte y camino
Dulca María Loynaz

“Una de las cosas que más amo de esta vida es que no hay un adiós definitivo. ¿Sabes? He conocido a cientos de personas aquí y nunca me despido por última vez. Siempre digo: nos vemos en el camino”, le cuenta Bob a Fern.

Las imágenes finales del paisaje, abierto y duro, la expresividad estremecedora del rostro de Frances McDormand y la música que acompaña apenas lo justo, me regalaron el horizonte que tanta falta me hace.

Nos vemos en el camino.