Imagen: josebresomarti.com.

Asumamos que como no tienes algo mejor que hacer, has decidido asomarte a estas líneas.

Si tal cosa es así, puedo inferir que dedicas las mermas de tu tiempo, el sobrante, la morralla, las pinchis moneditas a leer estos textos que —digámoslo sin ápice de autocompasión, son menores. Pues sí, ni modo que no.

Como detesto las formalidades en torno a la lectura y abomino de las maripuris del pensamiento que insisten en convertir el acto vital y sudoroso de enfrentarse a un libro en un rito sacramental de biblioteca; quiero defender la irreverencia y el cinismo, el derecho a rayar las paredes y a decir palabrotas a propósito de los libros.

Con más de una persona he hablado sobre los títulos que nos arruinaron el placer de leer en la escuela por taladrarnos con lo magníficos, profundos y sagrados que eran. Ni ganas daban de acercarse, no fuéramos a resultar impíos para esa grandeza divina.

Hoy quiero hablar de Don Quijote de la Mancha, ese ejercicio humorístico que concibió el orate de Cervantes y que la academia y los culifruncidos de las letras han venerado y sobre significado tanto que da terror abrir sus páginas por miedo a que no nos alcance la cabeza para comprender eso que parece ser el código cifrado de la existencia. Y no. No, no, no.

Gracias a Pablo Maurette  (@maurette79 en twitter) se armó la fiesta #Cervantes2018. Y digo fiesta porque no tenemos nada que envidiarle al Corona Capital ni al Lollapalooza de Chicago; aproximarse a una historia como el Quijote por mero disfrute y en colectivo bien vale una parranda de varios días con sus noches. Una borrachera de palabras. Ya lo verán.

En el prólogo del Quijote el propio Cervantes arranca diciendo “Desocupado lector”, ¿no es genial que Cervantes asuma que como no teníamos nada mejor que hacer vamos a leer su novela? Luego sigue y se reconoce padrastro (que no padre) del Quijote y se disculpa por haber engendrado un hijo literario tan feo pero advierte que no puede esperarse que su ingenio estéril y mal cultivado, sea capaz de crear otra cosa. Luego se asume poltrón, perezoso, insuficiente y de pocas letras y pide perdón por las inconsistencias y falta de datos que podamos encontrar a lo largo del texto.

Qué maravilla, chingao.

Ya desde el prólogo, Cervantes nos invita a leer sin reverencias su obra cumbre, nos invita a leer desde el humor, desde lo humano.

En la edición Aguilar que es la que tengo en casa, precede al prólogo de Cervantes un fragmento introductorio donde rescatan esto que dijo Lope de Vega (otro grande pero con sobrados títulos universitarios) sobre nuestro tullido de Lepanto: “De poetas, muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote”

Cervantes carecía de los títulos universitarios que sí tenía Lope y nunca fue visto como un representante de la academia ni mucho menos. Y desde luego a más de un tonto culto, esos a los que los datos les atrofian el entendimiento, pudo parecerle que Cervantes y su obra eran indignas por su falta de erudición.

Pero no olvidemos que el Quijote es literatura y en literatura, uno más uno pueden sumar cinco si al creador de la ficción le da la gana.

En fin, que intento decirles que esta es una novela inteligentísima, llena de sentido del humor de principio a fin ¿o no es una fantástica y bien narrada broma el hecho de que un hidalgo frisando la edad de cincuenta años decida lanzarse a las aventuras de caballería? A los cincuenta el colesterol alto, la presión alta, las articulaciones entumecidas, la próstata obstruida y vayan a saber ustedes cuántas cosas más empiezan a descomponer el cuerpo. Traslapemos el tiempo y pensemos que en pleno 2018, un señor de 50 años decide que quiere ser doble en películas de acción o emprendedor de una StartUp y que va a tirar código día y noche sin comer ni dormir durante seis meses. Digo.

Porque en el tiempo de Cervantes no se pensaba que los cuarenta son los nuevos treinta ni toda esa trampa maldita de la eterna juventud con la que tan cómodamente nos auto engañamos nosotros, criaturitas posmodernas.

El humor es, siempre, señal de inteligencia, capacidad de criticar y perturbar, de cuestionar el statu quo desde la mirada más rica y la sabiduría más humana, la que nos provoca reír.

Resumiendo: que el Quijote es locura, ¿y cuándo se ha visto a la locura someterse y reverenciar a la razón por más títulos académicos que ésta tenga?

Que la locura es legítima en este inabarcable texto y no le pedirá credenciales a ningún lector para abrir sus páginas. Cierro con un fragmento del epitafio que en la novela se hace a nuestro caballero el día de su muerte (perdón por el spoiler…)

Yace aquí el Hidalgo fuerte

que a tanto extremo llegó

de valiente, que se advierte

que la muerte no triunfó

de su vida con su muerte.

Tuvo a todo el mundo en poco:

fue el espantajo y el coco

del mundo, en tal coyuntura,

que acreditó su ventura

morir cuerdo y vivir loco.

 

@AlmaDeliaMC