“Cuando hablamos de discriminación nos referimos a tratar de forma desfavorable a alguien debido a alguno de sus rasgos de identidad, como su color de piel, género, orientación sexual o cualquier otra característica que le defina. Sin embargo, existe otra discriminación de la que poco se habla, la discriminación por especie: el especismo”, escribe Katia Rodríguez de Vegan Outreach.

Ciudad de México, 2 de junio (SinEmbargo).- Acontecimientos recientes relacionados con injusticias en ámbitos sociales y políticos han despertado un gran interés en la población, especialmente entre jóvenes. Muchas personas consideran que somos una generación “hipersensible”, yo creo que somos una generación que se cuestiona, se informa y que se interesa más por tratar de resolver las problemáticas que nos acechan, como las distintas formas de discriminación y opresión.

Cuando hablamos de discriminación nos referimos a tratar de forma desfavorable a alguien debido a alguno de sus rasgos de identidad, como su color de piel, género, orientación sexual o cualquier otra característica que le defina. Sin embargo, existe otra discriminación de la que poco se habla, la discriminación por especie: el especismo.

Cuando un perro es lastimado, muchas personas sentimos enojo, pero ¿sinceramente pensamos lo mismo si se trata de un animal de otra especie?

Los animales con los que usualmente compartimos nuestro hogar, al igual que aquellos que son explotados de manera rutinaria en granjas industriales, son capaces de sentir dolor y placer, y, a pesar de compartir estas características, los animales que se encuentran en las granjas son percibidos como inferiores, es por eso que muchas de las prácticas comunes en la ganadería serían ilegales si fuesen realizadas en animales como perros y gatos.

Existe otra discriminación de la que poco se habla, la discriminación por especie: el especismo. Foto: Vegan Outreach

Diariamente, hay explotación animal en la industria médica, de los alimentos, moda y el entretenimiento, por mencionar algunas. Los animales son tratados como mercancía o máquinas productoras de recursos, simplemente por haber nacido siendo una vaca, un pez,
pollo, cerdo o cualquier especie que en nuestra cultura se considere normal explotar. En algunas sociedades, animales como los delfines son tan solo una parte más del menú, mientras que en otras, al enterarse de esta realidad, se escandalizan al saber que estos seres que consideran inteligentes y carismáticos son comidos, esto es debido a que, en su sistema de creencias, no está bien alimentarse de delfines, pero sí de otros animales. Lo que tenemos en común es que en todas las sociedades está presente la explotación animal de una u otra manera.

Nacimos en sistema donde se considera normal comer y beneficiarnos de los animales, la gran mayoría no nos cuestionamos por qué (a nivel individual) comemos animales y podemos pasarnos la vida sin pensar en esto debido a que creciendo nadie nos preguntó si queríamos alimentarnos de esta manera o si lo veíamos correcto, simplemente lo hacíamos porque “así son las cosas”, porque es socialmente aceptable y terminamos distanciandonos tanto psicológica como emocionalmente de los animales a los que aprendimos a considerar comida.

Afortunadamente, cada vez más personas cuestionan sus hábitos de consumo y conocen más acerca del impacto de sus elecciones alimentarias, cómo estas afectan al ambiente, su salud, a los animales y a otras luchas sociales. Al reducir y eventualmente eliminar el consumo de productos de origen animal, te sumas al esfuerzo colectivo de quienes están actuando para combatir el especismo.

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