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Susan Crowley

02/08/2019 - 12:03 am

Cruz Diez y su buena vibra

La generación del cambio que incluyó a un grupo de jóvenes artistas entre los que se encontraban Jan Tingely, Victor Vasarely, Yaacov Agam, Bridget Riley, Richard Anuszkiewicz, Julio Le Parc, François Morellet y por supuesto Jesús Soto y Cruz Diez tuvo su centro neurálgico en París.

Cada pieza de su obra invoca un sitio otro, un estado distinto en el que nos atrevemos a jugar, a sentirnos jóvenes como Carlos Cruz Diez lo fue durante 95 años. Foto: Especial.

¿Cuáles son los límites entre la escultura y la pintura? Esta pregunta se la hizo un joven italiano curioso hace varios siglos. Su nombre, Giotto di Bondonne. Obsesionado con la belleza de Dios trató de representarla con toda naturalidad en los muros de la pequeña iglesia de su pueblo. Sin imaginarlo, inició uno de los capítulos más extraordinarios de la historia de la pintura, el Renacimiento. Su descubrimiento consiste en representar un cuerpo tridimensional en un espacio bidimensional. La historia del arte ha caminado tan rápido como las ideas. El artista se caracteriza por adecuar los medios técnicos con las imágenes que crea en su cabeza, con el propósito de convertirse en autor del cambio. A sus 95 años, Carlos Cruz Diez ha muerto joven. El artista venezolano nacido en 1923 pensó el arte no solo como un elemento formal, lo llenó de preguntas con hermosas respuestas, de ideas que lo hicieron renovarse, de la espacialidad y el tiempo concebidos desde la belleza. Cruz Diez, como Giotto, extendió los bordes del arte con la perfecta adecuación entre la pintura y la escultura, a partir de nuevos modelos que hoy se consideran seminales en los más relevantes museos y colecciones.

Quizá la pregunta más importante que el artista venezolano se formuló fue acerca del color, ¿es una sustancia?, ¿es la impresión que producen los rayos de luz en la retina? Cualquiera de estas definiciones son una respuesta adecuada. Pero en la obra de Cruz Diez, el color es mucho más. Es la verdadera experiencia de lo vital, una forma de asumir la existencia y el arte, es la representación del ritmo, de las emociones, es la concreción de un estado de ánimo. En síntesis, es el origen y soporte de su enorme y de su prolífica obra.

Atmósfera que envuelve nuestros cuerpos, ámbito en el que ocurren los instantes, el color en la obra de Cruz Diez no se asemeja a nada más y, sin embargo, es referencia obligada para todos los artistas que continuaron su vía de experimentación. Desde el inicio, en su etapa relacionada con el arte moderno, hasta el día de hoy, en la que su trabajo destacó y se sostuvo delante de todas las innovaciones, el artista marcó al mundo con su impronta de luz y de imaginación. A él debemos en mucho que los efectos ópticos hayan trascendido, de un método científico, a su transfiguración en obra de arte.

Determinar el inicio del Op Art, del que el artista es uno de los máximos representantes, no es tarea fácil. La pasión por el cambio y la evolución que mostró el siglo XX fueron un campo fértil para su consolidación. En 1920, Naum Gabo proclama en su Manifiesto Realista que el arte debe separarse de la estática heredada por los egipcios. Al mismo tiempo, el futurismo italiano proclama a la máquina como centro del arte desplazando cualquier referente al pasado. Móvil, el término acuñado por Marcel Duchamp a partir de una pieza de Alexander Calder, permitió un avance significativo. Pasadas las dos guerras mundiales, tras observar el impacto de la bomba atómica, muchos artistas buscaron cuestionar el sentido del desarrollo científico. La brecha generacional se ensanchó gracias a la música y a las nuevas tendencias venidas de oriente. Pero Oriente también arrastraba una de las guerras más dolorosas de la historia. La experimentación con sustancias naturales y sintéticas que generaban estados alterados fueron una herramienta de control para estimular a los soldados en Vietnam. Al mismo tiempo que criticadas, se convirtieron en un poderoso imán. El mundo se había transformado a tal velocidad que era muy difícil poder registrarlo.

La generación del cambio que incluyó a un grupo de jóvenes artistas entre los que se encontraban Jan Tingely, Victor Vasarely, Yaacov Agam, Bridget Riley, Richard Anuszkiewicz, Julio Le Parc, François Morellet y por supuesto Jesús Soto y Cruz Diez tuvo su centro neurálgico en París. La crisis del mundo afloraba al mismo tiempo que se mostraban los últimos descubrimientos científicos y las nuevas tendencias de pensamiento encarnadas en el Situacionismo y el Existencialismo. Los artistas buscaron en la física un terreno propicio para la experimentación. Las características de esta nueva forma de hacer arte tomaban en cuenta el movimiento, las líneas (unas interfiriendo con otras), los variados efectos de la Gestalt (las posibilidades de la figura/fondo), las formas que surgen de una perspectiva reversible, los sucesivos contrastes de color y la vibración cromática. Esta fue la manera en la que los artistas del Op concibieron un arte a partir de los fenómenos. Un cuadro en movimiento implicaba un cambio radical ya que obligaba a una acción de parte del espectador: Toca, mueve, desplázate, participa, completa la obra, parecían decir los artistas.

Cruz Diez habló de una “toma de conciencia de la inestabilidad de lo real”. Su trabajo sobre el cromatismo como una entidad independiente le permitió especular acerca del tiempo y el espacio fuera de la forma y el soporte, dando al color un valor autónomo. Habiendo estudiado los diversos fenómenos de la percepción óptica investigó las teorías de Josef Albers y sus diversos homenajes al cuadrado, de Piet Mondrian y sus ideas sobre la luz y Kasimir Malevich y la geometría. Creó distintas series en las que mostró su preocupación por abandonar cualquier anécdota y centrarse en las mutaciones y lo efímero del color como presencia pura, ajeno al paso del tiempo. Durante tres décadas investigó las posibilidades del color en sus series: Addition Chromatique, Physichromie, Induction Chromatique, Chromointerférence, Transchromie, Chromosaturation, Chromoscope y Couleur dans l’espace. Además integró su obra de una forma sorprendente al espacio urbano, a la arquitectura y a la moda.

Tal y como lo predijo el filósofo Guy Debord en su ensayo La era del espectáculo, de 1967, los excesos instrumentados para el consumo han convertido al ser humano en un ente pasivo. Los sentidos se han acostumbrado a recibir estímulos sin apenas reaccionar; difícilmente somos capaces de impresionarnos con la realidad inmediata que nos brinda un amanecer, una luna plena, las olas del mar, el canto de un ave. Conforme se sofistica la técnica del entretenimiento, requerimos de mecanismos artificiales que nos impacten y que causen un efecto sensorial al que nos hemos hecho adictos. La pantalla touch, con una multiplicidad de opciones jamás imaginadas; los botones de los juegos en los que participamos con la intención de controlarlo todo y ganar una batalla desde el sofá; los visores 3D que nos hacen olvidar la realidad externa; el celular que se ha convertido en nuestra prótesis cerebral, todo esto con la moda de los estimulantes y los alucinógenos artificiales que motivan cambios temporales en la percepción, el ánimo y el estado de conciencia, han terminado por enajenarnos, por diezmar nuestra sensibilidad. Ante esta realidad, la obra de Cruz Diez, con su aparente sencillez, cobra relevancia ya que es la oportunidad de recuperar la capacidad de recibir impresiones sutiles, sensaciones externas de una belleza única y aprehender (con “h” intermedia) algo de lo que sucede en el mundo sensible, más allá de las ocurrencias de la industria del consumo. El de Cruz Diez es un arte curativo, reconciliador con una realidad mucho más profunda y constructiva.

La intensidad con la que utilizó la luz y la espacializó, aportó y seguirá aportando al mundo otra forma de mirar. Una danza infinita en la que el ritmo de las ondas imperceptibles, se tiñen de emociones. Es la plenitud del vacío, gracias a la vibración del color; es recibir el arte a través de los sentidos, antes de las palabras, antes de las convenciones. El mundo de Cruz Diez es el de las sustancias mutantes que envuelven nuestro cuerpo. Cada pieza de su obra invoca un sitio otro, un estado distinto en el que nos atrevemos a jugar, a sentirnos jóvenes como Carlos Cruz Diez lo fue durante 95 años.

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@Suscrowley.com

Susan Crowley
Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.

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