Foto: Cuartoscuro

López Obrador hizo a MORENA a su imagen y semejanza. Imbuido de las experiencias políticas de Tabasco –de Garrido Canabal a Carlos Madrazo– repite métodos y mecanismos de hacer política, como credencializar a todos los adherentes y emplear una fogosidad en el verbo que marca fronteras, polarizando, a veces innecesariamente, a la sociedad.

Si el creador pasó por varios partidos, iniciando por el PRI, donde no se le granjearon los beneficios que buscó en la escena local, luego fue candidato a la gubernatura de Tabasco por el PMS, por el PRD, y empleó a este hasta su extenuación para fundar un movimiento que al final lo llevó a la Presidencia de la República en 2018. Desde luego una faena de tenacidad y pericia política para alcanzar el poder en la que no importó ni el contenido ni la esencia de las alianzas. MORENA tuvo una política de “puertas abiertas” en las que no hubo aduana para revisar lo que entró de contrabando y por oportunismo.

Lo mismo personajes como Manuel Bartlett o Manuel Espino; católicos fundamentalistas o evangélicos con partido; expriístas del peor origen y perredistas que continuaron en la senda de alcanzar el poder a cualquier precio. La sumatoria se llamó “MORENA”, un nombre que recuerda al Tepeyac. Hubo –hay– de todo, lo que dificulta ahora la construcción de una organización con el perfil político y legal que ha de tener un verdadero partido.

Las vicisitudes que hoy vive MORENA –la pugna Monreal-Batres, el reeleccionismo camaral, la sombra de la imposición en direcciones regionales y en la nacional– son producto natural de su pasado inmediato, especialmente de su calidad de movimiento, por lo que no extraña que su fundador sostenga que renunciaría “si el partido (…) se echa a perder” y que hasta le cambiaría de nombre porque “no se debe manchar”. Al afirmar esto el presidente emplea el “yo”, arrogándose el carácter de juez paternal que enjuiciará las faltas de su criatura, rebautizándola si fuera el caso. Esto significa ejercer una facultad de arbitraje presidencial en un ámbito similar al que se da en los regímenes de partido de Estado con jefes supremos y unipersonales. El significado es que la senda para convertir a MORENA en un partido democrático se ensombrece.

Para examinar ese tema tiene pertinencia recordar cómo López Obrador recibió un partido a mediados de la década de los noventa del siglo pasado, listo para cosechar una gran insurgencia ciudadana contra el salinismo, dirigiendo al PRD hacia una singular elección que lo colocó como primera fuerza política opositora, que privó al PRI de su larga dominación en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión durante la era Zedillo. Pero ese éxito no contribuyó al aterrizaje de su dirección a la hora de marcar su relevo. Data de entonces la más abierta corrupción en la que se fue empantanando el partido del sol azteca, pero que aun sirvió como pieza de utilería en 2006 bajo las órdenes del hoy presidente a través de un dirigente mediocre como Leonel Cota Montaño. La paz en MORENA no parece llegar. Aún no saben que la democracia es generosa con la moderación, y la disputa entre Batres y Monreal (no se sabe quién es Caín y cuál Abel) tiene un fondo mayor que ya está aportando una evidencia: el supremo árbitro no es escuchado ni obedecido, en algo que parece de estilo pero no lo es. En cuanto a la dirección nacional, ya se sugiere elegirla mediante el mecanismo de encuesta, cabe decir, renunciando a ser un partido.

Sólo quiero afirmar que para López Obrador los partidos políticos que están bajo su manto caen y suben atendiendo a su personal talante. Nada más y nada menos.

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