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Leopoldo Maldonado

02/09/2022 - 12:01 am

La irrelevante verdad

Hace unos días la encuesta de Buendía & Marquez señaló que el 46 por ciento de los mexicanos consideran que el presidente dice la verdad mientras otro 46 por ciento estiman que la maquilla.

Pero preocupa que sea la confianza extrema radique en un líder y sus dichos. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro

La verdad siempre ha constituido un “pegamento” social que nos da certidumbre sobre nuestras referencias sociales y políticas en común. Nunca ha dejado de ser una categoría problemática, pero su búsqueda nos daba un sentido comunitario en medio de la discusión y el debate. Hoy está en completo descrédito, su relevancia, si es que la tiene, pasa a segundo plano.

Los actores de poder han tergiversado y manipulado la verdad siempre. Pero sabíamos que lo hacían y luchábamos por conocerla. Ahora, con los proyectos políticos que ascienden al poder en buena parte del mundo, la verdad ha sido prácticamente derruida y pareciera que no moviliza a la sociedad en general en pos de ella. Lo que ahora mueve es “tener la razón” y “estar del lado correcto de la historia”, atrincherarse en una sistema de creencias infladas por los algoritmos y la inteligencia artificial.

Dice Byung-Chul Han que vivimos una crisis de la verdad en una sociedad que se desintegra en tribus identitarias o agrupaciones entre las cuales ya no es posible ningún entendimiento (Infocracia, 2022). En esta crisis, sentencia el filósofo de origen surcoreano, se pierde el mundo común, incluso el lenguaje común. Tal vez en tes peligrosa incapacidad de distinguir entre verdad y mentira ha sido potenciado por las redes sociodigitales. Su dinámica es aquella donde la ganancia económica de las grandes plataformas de redes sociales radica en generar enconos y en profundizar el tribalismo. Este sistema es terreno fértil para la manipulación política basada en el dogma y en ideas totalizantes.

Nuestra actual relación problemática con la verdad va más allá de la complejidad del término y la relativización del mismo. Tiene que ver con el desdén por la misma, su insignificancia frente a la priorización y valoración de otras cosas. Porque lo dicho por Byung-Chul Han nos remite, más allá de una construcción epistémica, a la posibilidad de construir algo en común, esa facticidad que puede estar sujeta discusión y deconstrucción pero consensuable a través del diálogo. En buena medida, es una renuncia a eso, a construir referencias en común que nos den sentido colectivo.

Hace unos días la encuesta de Buendía & Marquez señaló que el 46 por ciento de los mexicanos consideran que el presidente dice la verdad mientras otro 46 por ciento estiman que la maquilla. Tengamos como telón de fondo que la aprobación del presidente es de 62 por ciento. Valores como la honestidad (66 por ciento consideran honesto a AMLO) o la confianza juegan un rol protagónico en el apoyo a un proyecto político. Sin duda son de suma importancia, más tomando en cuenta la deshonestidad y la desconfianza que suscitaban gobernantes anteriores. Es más, hablando de “pegamento social”, la confianza lo es para la construcción de Estado Democrático de Derecho.

Pero preocupa que sea la confianza extrema radique en un líder y sus dichos (carentes de facticidad) y no en instituciones. Siendo así, la confianza está al borde del acto de fe. En seguida, quien cuestiona esa creencia es sometido al disciplinamiento y la inhibición a través de maquinarias de trolls y bots en redes sociales.

 

El presidente ha construido una trinchera ideológico-narrativa donde el centro es él. La forma de adhesión a esa trinchera es creer a pie juntillas lo que afirma todos los días. En su Cuarto Informe de Gobierno nos recetó las mismas frases: “estamos reduciendo la violencia”, “el propósito no es militarizar (la Guardia Nacional)”, “no hay impunidad para nadie”, “se garantiza la libertad de expresión y el derecho a disentir”, “el Estado dejó de ser el principal violador de derechos humanos”.

 

Quien tenga mínimo interés en la cosa pública dirá sí continúa la militarización (y está apunto de volverse ley), la impunidad es casi absoluta, hay violaciones a derechos humanos desde el Estado y la libertad de expresión está bajo asedio apuntando el 2022 como el año más letal contra las y los periodistas. El problema es que eso ya es irrelevante, porque lo importante es “ganar la narrativa” ¿Frente a quién? Pues frente a un público que se pretende programar como grey no como ciudadanía activa.

 

Aquí es donde entra en juego la controversial idea de “posverdad”, que tiene al menos tres décadas de existencia pero tomó fuerza (y cuerpo) con el mandato de Donald Trump en Estados Unidos. Hoy día no hay consenso sobre el concepto. Hay quienes piensan que son las viejas conocidas propaganda y manipulación. Como sea éstos elementos se han ido enquistando en la vida pública, en buena medida por la instrumentalización de las redes sociodigitales por parte de grupos de poder.

 

En México, el acto propagandístico por antonomasia es la “mañanera” y sus secciones como el “Quién es quién en las mentiras de la semana” o “Impunidad Cero”. Los “informes al pueblo” cada tres meses no son más que la extensión de dicha conferencia. La estrategia de comunicación política consiste en hablar mucho, informar poco, moralizar, estigmatizar, atacar oponentes y distraer.

 

Eso es parte de la espectacularidad política a las que ya nos acostumbramos y de cierta manera ya asumimos como normal ¿Será que también terminaremos considerando este tipo de shows políticos como necesarios? Si es así, estamos en serios problemas, porque lo que viene no es mejor.

 

Seguir por este camino no implica construir debate ni poner a prueba nuestras creencias con base en información y argumentos del Otro/a/e. Al contrario implica una sola voz (con poder real y simbólico) desinformando sobre la realidad. De esta manera, se seguirá contraviniendo la obligación de cualquier autoridad de informar con veracidad y objetividad. En efecto, la información provista desde el Estado debe ser sustancial y es necesaria para el ejercicio de derechos humanos. De hecho el acceso a la información es un derecho humano.

 

Yendo más a fondo, se continuará diluyendo la posibilidad de democratizar en el sentido de igualarnos. La construcción de comunidad pasa por poner en común argumentos que son falibles y discutibles pero susceptibles de construir referencias sociales que nos cohesionen, siempre respetando diversidades y cosmovisiones. Lo más peligroso de todo es que una vez rotos los límites bajo los cuales un líder puede mentir y manipular, será difícil dar marcha atrás con futuros gobernantes. Sigamos insistiendo para que la incómoda y dura verdad recobre su protagonismo en nuestras sociedades.

 

Leopoldo Maldonado
Es Director Regional de ARTICLE 19 Oficina para México y Centroamérica. Maestro en Derechos Humanos y abogado por la Universidad Iberoamericana. Es integrante del Comité Consultivo del Repositorio de Documentación sobre Desapariciones en México. Durante 15 años ha trabajado como activista y defensor de derechos humanos defendiendo migrantes, personas indígenas, periodistas y víctimas de violaciones graves a derechos humanos.
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