Mucho se habló, se habla y seguirá hablando, de los acontecimientos del pasado 27 de octubre. Foto: Cuartoscuro

“Culiacán es nuestro, Culiacán es nuestro”, gritaban airadamente los marchantes, no se veía enojo o rabia en sus rostros, más bien era una sensación de empoderamiento, saber que así como el 17 de octubre, el Bulevar Enrique Sánchez Alonso le perteneció a la delincuencia, ayer les pertenecía a ellos, a la gente, a la gente que trabaja día con día sin un arma entre sus manos, la ciudadanía demostró que la calle no sólo es de los comandos armados, también es de la clase trabajadora que día a día se levanta para ganarse un peso que llevar a casa”, publicaba Noroeste al día siguiente de la marcha del 27 de octubre, diez días después de los acontecimientos trágicos en que la capital del estado se convirtió en un campo de batalla entre el Cártel de Sinaloa y los cuerpos de seguridad del Estado.

La convocatoria había sido una iniciativa de un puñado jóvenes culiacanenses que deseaban mostrar el músculo de la participación social, el rechazo de los hombres y mujeres de su ciudad por haberla tomada y la reivindicación de la paz como forma de vida y convivencia.

Todo ello una tarea generosa, loable, emocionante más cuando en medio de la marcha estalló literalmente el corrido de “El Sinaloense” que llevaba implícito la máxima contra cualquier forma

Mucho se habló, se habla y seguirá hablando, de los acontecimientos del pasado 27 de octubre hasta que el peso de la palabra termine por perder su sustancia y aquellas columnas humeantes terminen siendo una imagen más entre las muchas que va dejando el proceso de colombianización que vive el país.

Quizá, por eso, habría que ver en los sucesos de Culiacán lo que nos dicen los silencios de la otra parte de la sociedad, la que no se sumó a las dos o tres mil personas que transitaron por las calles levantando sus proclamas reivindicativas con un esperanzador pero incierto: “Culiacán es nuestro”, y es que no fuera necesario decirlo si así fuera, se dice porque la enseñanza del “jueves negro” es que existe la percepción de que no es de los culichis y ahí están los resultados de los sondeos de percepción acerca de quién manda en esa tierra fértil.

¿Cómo va a ser de los culichis cuándo los servicios de seguridad del Estado y los sicarios del Cártel de Sinaloa toman por asalto sus calles, sus barrios, su tranquilidad y dejan una sensación de azoro y desconcierto entre la población? ¿Pero dónde vivo?… Serían preguntas validas de cualquier ciudadano al que no le terminan de justificar esa perdida en la conferencia mañanera de AMLO donde dan detalles del operativo, quizá no todos, ni siquiera los más intrigantes, cómo es el papel de la DEA en el operativo, qué para muchos es el principio de todo y eso que formalmente es colaboración entre gobiernos para otros podría ser simple y llanamente intervención de un gobierno extranjero en los asuntos nacionales.

Quizá, por eso la marcha del 27 de octubre, no logró convocar más que unos cuantos miles de asistentes, el resto que es más de un millón de culiacanenses decidieron quedarse en casa, sentarse frente al televisor para ver el partido de beisbol de los Astros de Houston con los Nacionales de Washington o irse a pasar el día al balneario de Altata y de otros, muchos, que deambulaban por los pasillos de la plaza Fórum o seguían el juego de los Tomateros de Culiacán contra los Mayos de Navojoa.

Un periodista culiacanense que estuvo trabajando unos meses en Mazatlán me decía hace unos años: “Culiacán es una ciudad enferma”, la presencia del narco lo ha penetrado todo, la economía, la política, la sociedad y sus expresiones culturales. Que el narco era una suerte de alter ego de los culichis. Donde con mucha frecuencia presumen la mayor o menor cercanía con los agentes del narco y es inevitable el gusto por su estética y su música. Qué esa batalla estaba perdida en su generación. Y, quizá, para demostrar la certeza de este planteamiento bastaba ver los cientos de jóvenes sicarios que empoderados con un arma en la mano o una metralleta Barret, desafiaban al ejército. Quizá muchos de ellos, estuvieron en la llamada “narco marcha” del 26 de febrero de 2014, exigiendo en las calles de Culiacán la liberación de Joaquín El Chapo Guzmán.

No les importaba morir en la refriega con tal proteger al “patrón”, otro joven igual que ellos con la gran diferencia del apellido, la sombra omnipotente de su padre: “El Chapo” Guzmán, qué ya es un mito y los mitos quedan para el imaginario popular buscando la sombra protectora de los nuevos justicieros ante la debilidad o corrupción pública. ¿Acaso, no lo subrayaba un posicionamiento del Cartel de Sinaloa que circuló, fuera real o ficticio, en redes sociales que ellos no sólo no se metían con las personas, sino que les brindaban protección e incluso ayuda económica?

Quizá, eso explique el desinterés de muchos culiacanenses por lo público, en clave de ausencia, autismo ante los llamados que se hacían a través de los medios de comunicación y redes sociales para asistir a la marcha y pronunciarse por una cultura de la paz. Vamos, quizá porque la narrativa del gobierno obradorista no les dice nada, porque ellos viven donde se vivieron los hechos y lo sufrieron en carne propia, y al explicar el operativo con todo detalle -bueno no todo- no hay ningún responsable. Y menos un detenido de peso de la contraparte.

Se dice que la legitimidad políticamente la pierde un Gobierno democráticamente electo cuando los saldos son magros y se prioriza la explicación sobre los resultados, a un clásico del fraude electoral se le atribuyó la expresión: “yo ganaré la legitimidad desde la Presidencia de la República”, la antítesis, la amenaza es que la legitimidad democrática se pierda “por la ausencia, los resultados magros, en materia de seguridad en la Presidencia”.

Y ese mensaje subrepticio, sutil, de entrelineas, venido de los entretelones de la narrativa “salvadora”, para muchos es más de lo mismo, y todavía más para muchos de los que no asistieron a la marcha, que prefirieron pasar la tarde con su familia y hacer planes de futuro, al fin y al cabo, cómo diría Cristina Pacheco: “Aquí nos tocó vivir”.