La zanahoria normalmente se depositaba después de sacar al conejo. La alteración en el orden del truco empezó a poner nerviosos a los ayudantes que presenciaban la escena tras las cortinas. El mago volvió a meter su mano al sombrero, pero esta vez no sólo sumergió la muñeca, paulatinamente introdujo más y más su brazo hasta el punto en que su hombro había desaparecido por completo. La audiencia aplaudía, todos estaban emocionados, excepto el mago…

Por Victor Virgilio García

Ciudad de México, 2 de noviembre (SinEmbargo).- En la época donde los espectáculos ambulantes que viajaban de ciudad en ciudad eran populares. Ilusionistas, comediantes, obras de teatro, entre otros, visitaban cualquier lugar que contara con un escenario. Era el entretenimiento predilecto de las familias por las tardes. Durante esta época existió un mago. Él era particularmente famoso por la complejidad y variedad que demostraba en cada una de sus presentaciones. Cada ciudad recibía un show distinto, con trucos y hazañas frescas, pocas veces repetía trucos a excepción de uno, un truco clásico y simple: sacar un conejo de un sombrero de copa.

El mago siempre realizaba el truco del conejo al final de sus presentaciones siguiendo la misma rutina. El telón se abría mostrando únicamente una pequeña mesa en el centro del escenario. El mago entraba entonces y reposaba su sombrero boca a arriba sobre la mesa. Daba una palmada y del aire hacia aparecer una varita mágica. Recitaba un corto encantamiento mientras tocaba tres veces la orilla del sombrero y precedía a meter su mano para luego sacar un conejo. Después de obtener al animal sacaba una zanahoria de su saco y procedía a soltarla dentro del sombrero. Volteaba el sombrero para demostrar que no quedaba nada adentro y lo colocaba en su cabeza para finalizar. El acto era especialmente famoso entre los niños pues al terminar, el mago se dirigía al público y le regalaba el conejo a un afortunado pequeño.

El truco no parecía muy complejo. Era prácticamente un clásico en el mundo de los espectáculos de magia. Pero tras bambalinas todos los ayudantes del mago lo trataban como un misterio. Trabajar con animales no era algo raro para los empleados del mago pues muchos de sus actos requerían de una gran variedad de estos: gatos, perros, palomas, ratones, caballos, tigres e incluso una vez tuvieron la suerte de pedir prestado un elefante a un circo que pasaba por la ciudad al mismo tiempo que ellos. Pero el único animal que nunca habían visto en jaulas detrás del escenario eran conejos, y lo que daba aún más misterio al truco era el hecho de que cada conejo que sacaba de ese sombrero era distinto.

Los ayudantes del mago eran personas muy leales a este, un grupo pequeño de hombres y mujeres que decidieron unirse a la vida nómada del espectáculo. El mago correspondía esa lealtad compartiendo los secretos de todos sus trucos, tenía que hacerlo para que cada presentación se realizara a la perfección. Sin importar que tan grande o complejo era el truco, todos tenían un principio y la habilidad del mago lo hacía ver como verdadera magia. El único truco que nunca reveló fue el del conejo, por supuesto ninguno de los ayudantes sentía la necesidad de saber el secreto pues eso era parte del encanto del mago.

El mago era una persona alegre y fácil de tratar, le paga bien a sus ayudantes y la cara que mostraba al público era casi la misma que mostraba detrás del escenario. Para recompensar a su equipo festejaba la última noche de gira por una ciudad después del espectáculo. Era una celebración simple donde se compraba vino y se disfrutaba de algún manjar o una botana sencilla. Era un bonito detalle para subir el ánimo y socializar. En una de esas celebraciones, después de un par de copas el ambiente era particularmente agradable y enervante. Un ayudante se dispuso a lanzar una pregunta al mago: “¿de dónde saca usted los conejos?”.

Todos guardaron silencio y después de que sus ojos se entrelazaran voltearon a una orilla de la mesa esperando la respuesta del mago. Este los miró a todos a los ojos y con una sonrisa y tono casi burlón contesto: ”¿de dónde más?, ¡de la dimensión de los conejos” y lanzó una carcajada. La respuesta pareció satisfacer a algunos, otros no tenían mucho interés y unos cuantos notaron que el mago no solía hacer muchas bromas de este tipo. El mago continuó riendo por un par de segundos y luego se terminó la copa de vino de un sorbo. Relajó un poco la expresión y con una voz monótona agregó “pero creo que su rey se está enojando conmigo”. En seguida agarró la botella de vino y se sirvió otra copa como si nada hubiera ocurrido. Ante la confusión, los ayudantes decidieron seguir la celebración de forma normal. Intentaron seguir con normalidad.

Durante los siguientes días el semblante del mago comenzó a cambiar lentamente. Se le veía más nervioso, preocupado. Miraba constantemente al armario donde guardaba su atuendo e incluso se mostraba reluctante a presentarse en escena. Todas las noches, después de aquella celebración, el mago terminaba cansado y lo primero que hacía al cerrar el telón era guardar el sombrero en su armario bajo llave e inmediatamente se iba a dormir. Los ayudantes empezaron a mostrar preocupación, pero sabían que al terminar los espectáculos en aquella ciudad les esperaba una celebración. Un descanso beneficiaría al mago. Por lo tanto, siguieron sus actividades sin interrupción.

El último espectáculo de la gira llegó sin ningún otro incidente, todos los trucos de esa noche fueron ejecutados a la perfección y el momento había llegado para el acto estelar de la función. El telón se abrió mostrando una mesa en el centro del escenario. Todos los niños de la audiencia se acercaron a la orilla del escenario pues sabían muy bien lo que iba a ocurrir. El mago tardó un poco en aparecer, pero se mostró con el mismo aspecto jovial que lo caracterizaba, o al menos es lo que intentaba aparentar. Se acercó al sombrero y con una palmada hizo aparecer una varita mágica de la nada. Los niños empezaron a manifestar emoción en forma de pisadas, saltos y algunos gritos. El mago comenzó a recitar el encantamiento y algunos pequeños le hicieron coro pues ya habían presenciado el acto varias veces. El mago tocó el sombrero tres veces con la varita y procedió a meter su mano al sombrero lo cual hizo que los niños explotaran en aplausos y gritos.

El mago se mantuvo un instante con la mano dentro del sombrero. Unos segundos después, ante la confusión del público, la mano salió vacía. Todos se extrañaron al ver que el truco había fallado pero el mago no se detuvo, sacó la zanahoria de su saco y la aventó dentro del sombrero. La zanahoria normalmente se depositaba después de sacar al conejo. La alteración en el orden del truco empezó a poner nerviosos a los ayudantes que presenciaban la escena tras las cortinas. El mago volvió a meter su mano al sombrero, pero esta vez no sólo sumergió la muñeca, poco a poco introdujo más y más su brazo al punto de que su hombro había desaparecido por completo. Esta nueva imagen apantalló a todos. El público soltó una ovación e incluso dejó con las bocas abiertas a sus ayudantes pues estos nunca habían presenciado al mago realizar este tipo de hazañas. El aire de la sala estaba energizado pues todos compartían el sentimiento de asombro. Todos excepto el mago. Él se encontraba inquieto pues tenía una idea de lo que significaba esta situación.

Un simple grito cambió por completo la atmósfera de la sala. El mago saltó hacia atrás de manera tan brusca que cayó sobre su trasero. Las personas más lejanas al escenario se preguntaban por qué se había caído después de gritar, pero los que se encontraban frente al escenario observaron con horror el brazo que el mago había sacado del sombrero. Su guante blanco, ahora rojo, estaba hecho añicos, la manga fue convertida en harapos y un gran número de arañazos y llagas se extendían desde la muñeca hasta el hombro. El brazo del mago reflejaba algo que solo se imaginaría al pensar en un crimen violento o el ataque de algún animal, un animal salvaje y enojado.

Un par de personas se levantaron y dejaron la sala rápidamente. El resto de la gente al frente del escenario se limitó a exclamar en voz alta ante la imagen, tal vez por nerviosismo o tal vez para informar a aquellos hasta atrás del lugar. Muchos empezaron a creer que todo era parte del truco, que el mago utilizaba maquillaje o una ilusión. Las teorías y pensamientos de lo que estaba pasando no lograron forjarse. La atención se volvió al sombrero pues este empezó a temblar y a cambiar de forma. Primero tan delgado como una botella y alto como un niño pequeño y luego bajo y tan ancho como para que un hombre adulto pudiera entrar en él. El ambiente del lugar comenzó a ponerse más tenso. Más personas dejaban el teatro y aquellos que habían salido del trance causado por la confusión empezaban a retirar a los niños del frente del escenario. Pero una extraña curiosidad de lo que iba a ocurrir a continuación los mantenía en sus asientos.

Algo salió del sombrero. El aire de repente parecía haberse congelado, todos guardaron silencio. Dos largas sombras salieron del sombrero. Estas terminaban en unas manos monstruosamente grandes y con garras afiladas. Inmediatamente se flexionaron y tomaron una posición de soporte sobre las esquinas de la mesa. Otras dos largas sombras salieron del sombrero, más largas y que semejaban la forma homínida de los pies. Pies previstos de uñas afiladas que se posaron directamente en el suelo de madera con tanta fuerza que el silencio de la sala se rompió con el crujido de las tablas. El esbelto y obscuro cuerpo salió de forma inmediata, formando una grotesca curva en forma de U invertida con lo que parecía ser el pecho en la punta. El torso se enderezó como una goma y finalmente salió la cabeza. Un par de bigotes, una nariz rosada y unos pequeños ojos rojos adornaban el rostro lo que parecía ser un conejo o más bien una liebre, pues poseía un par de orejas largas. Entre ellas, tal vez el aspecto más curioso de la criatura, se encontraba una pequeña corona dorada.

La criatura de pie medía probablemente cuatro metros y su pelaje parecía estar cubierto con una espesa brea pues era negro y brillante. Sin realizar un solo movimiento este ser parecía registrar el lugar únicamente mirando al frente. A pesar de que la diferencia entre el cuerpo y la cara era casi cómica todos en la sala empezaban a experimentar un enrome sentimiento de peligro pues esta cosa desprendía un aura amenazadora.

El silencio volvió a ser roto por el mago quien mientras se sujetaba el brazo herido gemía distintas cosas como “lo siento mucho”, “tus hijos están a salvo”, “no volverá a ocurrir” y “te daré más zanahorias”. El ruido provocado por el mago llamó la atención de la criatura, la cual inmediatamente dirigió su mirada al hombre recostado a su izquierda. Con un simple paso en su dirección la cosa se ubicó frente al mago. Su torso volvió a encorvarse en una U antinatural y miró al hombre directamente a los ojos para luego enterrar lenta y firmemente sus garras en los muslos del mago. Tal escena despertó el instinto primitivo de supervivencia de todos los presentes.

La mayoría en el público visualizó donde se encontraba la salida mientras que los ayudantes detrás de escena se mantenían paralizados tal como una presa mirando a su depredador de frente. El monstruo empezó a caminar hacia atrás arrastrando al mago.

Reducido a víctima lloriqueaba e intentaba aferrarse al piso. Los pies de la bestia entraron uno a uno y el torso empezó a descender lentamente. Le siguieron la cabeza y al final los brazos como si esa cosa quisiera mostrar a todos los presentes su trofeo de caza. Fue hasta el momento en que el mago empezaba a descender en el sombrero cuando la tensión en la sala explotó. Los adultos gritaban, huían despavoridos y los niños lloraban. Pero aquel que producía más ruido era el mago quien observaba con desesperación la ausencia de ayuda.

Sin ningún consuelo, las manos del mago se resbalaron de la orilla del sombrero y de la misma forma en que se aleja un auto en la oscuridad, los gritos del mago empezaron desvanecer poco a poco mientras que el sombrero recobraba su forma original. Pasaron un par de segundos hasta que los ayudantes salieron del shock y se apresuraron a cerrar el telón y retirar el sombrero. Sin mucho cuidado, dos hombres levantaron la mesa pensando que el sombrero estaba pegado al mueble, pero en cuanto dieron unos pasos el sombrero se desbalanceo y cayó al piso del escenario.

Una enorme cantidad de sangre, mucha más de la que el sombrero podría contener, empezó a brotar descontrolada. El charco se hizo más y más grande al igual que los gritos y llantos de los niños que empezaban a mancharse por estar recargados en la orilla del escenario.