Ventanas de Xilitla. Pintura Tomás Calvillo Unna

No hables, espera;
que las manecillas den vuelta.
Deja que el tiempo se esfume,
quédate así, en silencio,
ni la gracia de tu palabra otorgues
ni una hora, ni un minuto
ni siquiera un segundo para una letra.

Sin habla y sin miedo
en medio del universo.

Qué soledad tan inmensa.
Qué libertad tan descubierta.
Qué asombro sin sombras.

Deja que las manecillas den vueltas
Y el aroma del café caliente
en su neblina de montañas
envuelva el fruto rojo del sol
y su torrente de sangre.

Si, solo el silencio
con todas sus respuestas.

La alabanza de las palmeras…

…a orillas del ir y venir
de las montañas al desierto
-parpadeo que alumbra-
en las encrucijadas de cada rincón;
donde las bugamvilias se adhieren
como un signo festivo
que nos recuerda esa soltura
de los colores y sus caprichos:
gratuidad pura que nos confronta:
La siempre naturaleza
que dejamos de lado,
como si fuera tan fácil
olvidarnos de quienes somos.

Pareciera que no tenemos la menor idea
de lo que significan las palabras
que llevamos;
una y otra vez se propagan
encapsuladas en la pretensión e ineptitud;
nos afiliamos a nuestros propios decires
alejados de sí mismos,
alejados de la tierra y el cielo.
Creemos en nuestros relatos, no tenemos más…
Nos convertimos en estos personajes trágicos
de un efímero poder cuya presunción
sólo oculta su ignorancia supina.

II

Cómo retornar a nuestra morada
a su primigenia promesa,
a la evidencia que nos expresa.
Cómo retornar a ese camino
que cruza la muerte
y no necesita de guía alguno,
ni de doctrina, líder o iglesia.

Tal vez sea el momento
ante este descalabro mayúsculo,
locuaz y cruel
que festina su presencia.

Tal vez sean estos días,
cuando el miedo y la muerte derriban las certezas
y aniquilan los sueños.

Tal vez, si guardamos un silencio profundo
y nos percatamos de ese infinito
cuya mayor virtud es saberse ignorado.

Tal vez así,
escuchemos la parvada de aves
saltar las cuerdas del viento,
mientras la lluvia empapa el paisaje
que nos llama;
y abrimos las puertas de nuestras casas
y barremos las hojas caídas en las aceras
y damos unos pasos sin buscar nada.

Deambular del alma,
deambular en las horas que restan
con la fértil confianza interior
que nos acompaña.

Mientras del otro lado del vidrio;
el rencor anida y la paz se hace migajas,
en la mesa del desayuno.