Travesía. Pintura Tomás Calvillo Unna

Estamos viajando permanentemente,
y poco sabemos de ello;
¿qué significa esa expansión dentro de nosotros
cuando vamos en sentido contrario?,
reduciéndonos, enredados en minucias
que nos condicionan y definen
la oquedad que habitamos.

Mirar, saber hacerlo en el sentido pleno de la palabra,
implica, contemplar por los poros del tiempo, la inmensidad.
Ante ello el mismo pensamiento que nos distingue
es una pequeña reliquia cuya pretensión se anula.

Esa amplitud que se despliega nos cuestiona
de pies a cabeza, nos confronta con nuestra ausencia:
entretenidos en la intermitencia de inercias
solo alcanzamos a balbucear, en el mejor de los casos,
nuestro desconcierto.

Hemos desistido y delegado, el sentido de las cosas.
Nos apretujamos en las rutinas confiscadas por el entretenimiento
que como ave de rapiña carcome los minutos, las horas, los segundos:
Intoxicados de sí mismos;
sometidos a algún relato
que apunta fechas y nombres de una ficción y otra,
donde creemos perdurar;
humillados por la sobrevivencia,
ese instinto feroz dispuesto a todo y a nada,
cedemos.

Ciertamente nos hemos alejado de un lugar propio y de todos,
en este viaje que ignoramos
a pesar de ser los privilegiados huéspedes
que aún podemos admirar la magnificencia de los cielos y la tierra.

¿Cómo conocer y adentrarnos
a esa continua expansión de la que provenimos
y pertenecemos?
¿Cómo recuperamos,
esa capacidad innata,
más allá de los propios instintos?,
que nos identifica a plenitud con las entrañas de la vida,
y nos puede otorgar las pautas que requiere lo cotidiano
para no perderse y perdernos en el pan nuestro de cada día.

Ese oxígeno primario creador de metáforas
pareciera estar inmerso en cada quien;
captarlo, escucharlo, sondearlo, incluso imaginarlo
como el agua al fondo de un profundo pozo,
nos advierte de un origen que es pura y esplendorosa vitalidad.

Una palabra corpórea, que se esculpe a sí misma
y resuena en las articulaciones de la visión
que nos presenta y arroja a la intemperie.
Sin temor, sin enojo,
asistidos por esa corriente subterránea:
su pronunciación continua del devenir;
la paradoja habitada.

Este concierto al que asistimos,
cuya partitura nos acoge,
si sabemos escuchar
la obertura del silencio,
que llevamos como huella genética
de lo que solemos nombrar humanidad;
y dejar así que suceda,
el único milagro que encarnamos: la presencia.