La vida cambió. Foto: Cuartoscuro.

Hay días, querido lector, en los que nomás no vemos la luz, se nos escapa de las manos como agua o se va por la rendija de nuestra pequeña ventana. Hoy es un día así, las pérdidas se acumulan en estos tiempos aciagos. La verdad es que los mexicanos, y especialmente los capitalinos, no hemos visto la luz más que a intervalos desde septiembre del dos mil diecisiete. Algún día los libros de historia consignarán nuestra tragedia y se verá cómo la catástrofe nos ha asolado en muy poco tiempo.

En un lapso de menos de tres años la ciudad sufrió un violento terremoto y luego, una pandemia letal. Hoy pensaba cómo apenas cuando nos íbamos recuperando de aquel fatídico día de septiembre, llegó la pandemia. Familias que han sido golpeadas doblemente en estos tiempos, como si dios se ensañara con ellas, como diría el poeta César Vallejo “Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios”. Así le sucedió a mi familia, como a otras cientos de familias que perdieron su casa en el terremoto. Hoy, en el espacio donde se encontraba su edificio no hay más que aire y cielo. Poco después, y tras andar de casa en casa, mi padre se enfermó de cáncer. Logró recuperarse y justo cuando recién lo daban de alta, llegó la pandemia. Recayó tres meses después sin poder atender su salud por las reconversiones hospitalarias. Falleció a los cinco meses, en medio de la peor crisis de salud y económica en un siglo. Tristemente, tres meses después, murió su querido gato, Pólux. Se fue cerca de sus cenizas, y como él, se apagó lentamente como una vela. El mundo, quiero decir, nuestro mundo, sus delicados fragmentos, sus rincones y sus salas familiares van desapareciendo, desvaneciéndose en el aire de nuestra tragedia colectiva, querido lector.

Y es que, tras un año de pandemia, los cuadros, los álbumes familiares ya no son los mismos, miles de personas no lograron llegar al 2021 ni alcanzaron la vacuna. Tampoco nuestras rutinas cotidianas, ni los ingresos, ni el patrimonio. No recuerdo yo, en los casi cincuenta años de vida que tengo, año tan catastrófico como éste, para tanta gente. Familias que han perdido varios miembros con diferencias de días, padres e hijos, familias enteras contagiadas, sin poder despedirse, personas que perdieron el trabajo o todos sus ahorros, dolores que nos acompañarán mucho tiempo. En México, este año han perdido la vida más de doscientos mil personas por el virus si atendemos a los datos del INEGI. Así, con historias de familia, íntimas tragedias, vamos saliendo de estos días, los que hemos corrido con suerte o los que hemos tenido los medios para protegernos o la salud suficiente para resistir. Unos con más fortuna que los otros, pero todos tocados por el aislamiento, la muerte y las pérdidas. Afectados también por la crisis económica o por las crisis personales, rebasados por los infortunios.

En un año, nuestra vida cambió; nos volvimos animales virtuales, nos enfermamos, seguramente, de la anomalía de no poder acercarnos a otros seres humanos, incorporamos la desconfianza, la ansiedad, el miedo. Muchos, sencillamente, no pudieron hacer nada para evitar contagiarse. Niños, adolescentes, adultos mayores aprendieron a confinarse, a sobrevivir en sus pequeños núcleos familiares que en muchos casos distaban mucho de ser perfectos. Muy seguramente, la pandemia ahondó esas grietas en no pocas familias ¿qué ha pasado puertas adentro, realmente, de nuestros confinamientos? Algo de humano se nos ha escapado este año en el que no hemos podido abrazarnos, ni tocarnos, ni olvidarnos de nosotros mismos y de los otros. Enfermos, también, con secuelas para los que nuestro sistema de salud no está preparado, una vez que la pandemia se termine, y que hoy batallan solos. Miles de personas que no se han recuperado, y para quienes el infierno de la enfermedad continúa. El cuerpo social está herido, lastimado, y aún zozobra. Las escuelas no podrán abrir hasta que la epidemia esté realmente contenida. Hoy se sabe, además, que los niños y adolescentes no son inmunes ante el virus: pueden padecer una enfermedad grave y secuelas, como los adultos, sobre todo con las nuevas variantes. Es decir, no podrán regresar a las escuelas de manera “segura” hasta que estén vacunados. Esto, alargará el aislamiento para muchas familias vulnerables. Padres y madres con comorbilidades que, además, no están siendo contemplados en los planes de vacunación. Padres de familia que tendrán que ponderar los riesgos, decidir si exponen la salud de sus hijos o prefieren esperar a que haya vacunas para ellos.

Sí, hemos logrado atravesar este año de pandemia, pero aún nos falta mucho ¿cómo saldremos de esto? ¿las heridas nos marcarán irremediablemente? ¿recuperaremos algo de lo que solíamos ser y hacer? ¿tendremos que portar algún tipo de pasaporte de vacunación, por ejemplo, para viajar o hacer nuestras actividades como si de una película se tratara? ¿escribiremos lo mismo? ¿qué abismos humanos descubrimos estos tiempos? ¿nuestra vida tendrá el mismo sentido cuando recuperemos algo de nuestra perdida normalidad? ¿cómo afrontaremos la agudización de la pobreza que sufrió el país?

Algún día lo sabremos, cuando el covid-19 no sea ya una amenaza para el mundo y los cubrebocas y el distanciamiento social se nos hayan olvidado, o más probablemente cuando el covid nos haya olvidado a nosotros que seremos irremediablemente otros, y sean los que vienen los que nos miren, sin comprender, nuestra extrañeza, nuestra dolorosa sobrevivencia.