En el corazón de Nezahualcóyotl, Edomex, uno de los municipios más violentos del país, un ebanista y su hija convirtieron su casa en un foro de arte. Ahí muestran que la cultura sí cambia un entorno adverso.

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Fotos: Mauricio Santana.

Ciudad Nezahualcóyotl, 3 de mayo (SinEmbargo).– “Esta es la sala de mi casa, son los muebles, sólo que pusimos un foro ahí. La cocina es donde comemos, donde preparamos alimentos, y comemos de lo que se hace para vender. Es lo que disfrutamos cotidianamente, es aquí donde estamos, donde dormimos, donde nos bañamos, donde se desarrolla nuestra vida familiar. Sólo que decidimos tener un foro y una galería de arte”.

Maha me ha dicho que sólo los amigos lo pueden llamar así. Al llegar a ésta, su casa, que es al mismo tiempo su foro cultural, le pregunté su nombre, ése con el que está registrado para los trámites oficiales. “Maha”, me respondió. “Sólo los que no son mis amigos conocen mi otro nombre y me llaman así. Tú eres mi amiga, así que para ti soy Maha. Eme a hache a”.

Conversamos en Casa Maha, el foro cultural que él y sus hijos, específicamente Marilyn, construyeron desde la estructura de su propio hogar en la calle Montaña, casi esquina con Chimalhuacán, en Ciudad Nezahualcóyotl.

Para llegar a este singular foro desde el sur de la Ciudad de México, por ejemplo, desde la Delegación Coyoacán, es necesario recorrer un trayecto de más de una hora y media en carro, dependiendo del tráfico. Pero sin duda, el viaje vale la pena. Desde la calle, vista por primera vez, Casa Maha parece una combinación de café bohemio, librería de viejo y tienda de antigüedades.

Aunque ya casi son las seis de la tarde, el calor no cede. Pero aquí dentro, en la sala de su casa (donde se sientan los espectadores que vienen a ver una obra de teatro o un grupo musical) se está bien. Hay una sombra fresca, y el aire entra por la puerta, abierta de par en par, porque, según dice Maha:

“Yo puedo estar con la puerta abierta aquí, de por si no hay nada que se roben, pero no importa: siempre estamos así, platicando muy a gusto; no tengo miedo de que alguien venga y nos haga nada porque eso no va a suceder. En mi vida no hay nadie que te importune, o te moleste, o que te quiera quitar algo que desee de ti”.

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Marilyn Monroy, su hija de 25 años de edad, no puede evitar soltar una carcajada cuando la reportera le señala el parecido fonético de su nombre con el de la diva de los ojos tristes de Hollywood. “Ésa era precisamente la idea de mi papá”, dice, y sonríe con admiración. Hay algo en su mirada, cuando la deposita en su padre, que hace que el observador entienda, sin hacer mucho esfuerzo, esa dedicación, esa complicidad, esa pasión por el arte. Aunque él diga que no es un proyecto y ella insista en que sí. Sutilezas nada más.

Marilyn, piel morena, ojos rasgados, dientes muy blancos, sonrisa de niña, me explica que Casa Maha surgió hace tres años, como un discreto cineclub:

“Empezamos, de hecho, proyectando películas de arte. Yo estuve dando mi servicio social en la Secretaría de Cultura del DF. Conocí a un chico que facilitaba las películas para los cine clubs”.

Después, el contacto con una compañía teatral hizo pensar a la familia Monroy que en el mismo zaguán de su casa se podían presentar mucho más que sólo películas de un proyector. Marilyn lo explica así:

“Conocimos una compañía y entonces empezamos a implementar teatro dentro del espacio, un poco antes de nacer. Oficialmente nuestro nacimiento es el 26 de febrero del 2011, y empezamos básicamente porque vimos los problemas que había en la comunidad, que de repente todos están dentro de sus casas y no comparten, no conviven. Entonces, lo hicimos para crear esa convivencia y también creyendo que la violencia no se arregla con más violencia, sino con un poco de esto, de arte”.

Aquí es donde padre e hija parecen no estar de acuerdo. Maha dice que el centro cultural es, antes que nada, algo que le da placer a él:

“No estoy pensando en nadie. O sea, el primero que se sienta a ver la obra de teatro soy yo, y no me importa si viene el vecino o no viene. Dicen que es mentira, que porque sí me importa la gente, pero yo creo que no puedes dar algo que no tienes. Entonces si yo no tengo gusto por el teatro, ¿cómo puedo compartirlo?”.

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UN LUGAR VIOLENTO

A principios de este año el gobierno estadounidense lanzó una alerta para advertir a sus connacionales que no viajen a México por la situación de violencia que se vive en el país. Entre los siete municipios del Estado de México que el Departamento de Estado de EU señaló como los más violentos se encuentra Ciudad Nezahualcóyotl.

“Se deben tomar precauciones en los municipios de Coacalco, Ecatepec, Nezahualcóyotl, La Paz, Valle de Chalco Solidaridad, Chalco e Ixtapaluca, que se ubican en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México y cercanas al Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Esas áreas reportan altos índices de crimen e inseguridad”, se lee en el comunicado.

Este municipio está lleno de contrastes: es el mismo en donde viven acaudalados comerciantes, con casas que sobresalen por sus tres y cuatro pisos, y sus fachadas de llamativos colores pastel. Pero también es el de las carretas jaladas por burros que transportan la basura, y el de las eternas paredes grafiteadas. El que lleva el nombre del rey poeta de Texcoco.

Al contrario que su papá, Marilyn está convencida de que el trabajo que hacen, abriendo su propia casa para que los vecinos disfruten de una película, una obra de teatro, y ahora también, la presentación de un libro, una exposición o un grupo musical, sí ha transformado en algo el entorno violento en el que viven.

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“En las esquinas encontrabas a un muerto. Yo te lo juro que jamás los vi, pero los coches luego pasan anunciando las cosas que suceden en tus calles: que ya se encontró un muerto en la calle La Montaña, en la esquina con Avenida Chimalhuacán, que fue baleado, y entonces la gente lo que hace es retraerse más, ya no salen de sus casas, hay tiroteos”.

La joven hace una pausa en su relato para elaborar con palabras un recuerdo que le viene, de pronto:

“Por ejemplo, a finales del año pasado se crea una situación extraña en el Municipio de Chimalhuacán. Aparecen unos bici taxistas, no estoy segura cómo era la situación, pero entonces todo el miedo colectivo se propaga hacia acá. Iban gritando ‘ahí vienen, ahí vienen’, y entonces los negocios empiezan a cerrar como a las seis o siete de la tarde, y todo el mundo se mete a sus casas. Al día siguiente todo estaba cerrado porque nadie sabía qué había pasado; estaban diciendo que estaban asaltando tiendas, que estaban golpeando a las personas, pero nadie sabía a ciencia cierta qué pasaba. Y como todo el mundo gritaba ‘ahí vienen, ahí vienen’, pues todos a contagiarse del miedo y a encerrarse en sus casas”.

Otra vez hace una pausa. Se nota que quiere pronunciar con calma las siguientes palabras, para que queden muy claras:

“No se puede manejar una solución con lo que hacemos, pero sí aportar un poquito. Es una alternativa”.

LOS ORÍGENES

Marilyn no puede disimular su orgullo. Contar su historia de vida, y la de cómo se les ocurrió montar un centro cultural en su propia casa, es algo que, indudablemente, la llena de emoción. Mientras las campanadas del camión de la basura retumban por toda la calle de La Montaña, ella sube ligeramente el volumen de su voz para que la reportera y su grabadora no pierdan un sólo detalle:

“Soy oriunda de Ciudad Nezahualcóyotl. Aquí nací hace 25 años, y empezamos con el proyecto hace 2 años y medio exactamente. Antes de esta etapa me llamaban la atención las actividades artísticas, pero yo no conocía que se hicieran dentro del municipio. Yo no sabía ni siquiera que había una Dirección de Cultura hasta hace como cuatro años. Y entonces empezamos a hacer esto también gracias al trabajo que hice con Cultura DF;  empiezo a envolverme un poco más, lo comparto con mi papá, surge la idea de hacer algo y dijimos: ‘pues total nada perdemos’; era nuestra casa, y quisimos compartirla con los demás”.

Ante el entusiasmo de su hija, Maha, ebanista de oficio, decidió ceder el espacio de su taller para construir un pequeño foro.

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“Toda su vida, que yo recuerdo, siempre lo he visto como ebanista. De hecho, esta parte era su taller. Aquí tenía bancos, martillos, clavos, tornillos, todo su material para trabajar. La parte de allá era la sala, y atrás estaban la cocina y el comedor. Y resulta que cuando comenzamos con esto quitamos la sala; había un librero, quitamos el librero, también el comedor; todo eso se fue a la parte de arriba. Trabajamos todos; se amplía el espacio, las compañías empiezan a ocupar aquí un pequeño espacio de la carpintería para poder presentarse. En el primer aniversario no contábamos con esta parte, entonces todas las actividades las hicimos en la parte de afuera, en la calle, y aquí se presentó un grupo de música. Así que mi papá empieza a ver eso y decide que es momento de cambiar el taller y lo sube a la parte de arriba de la casa, pero hasta atrás. Se quita el taller de carpintería y desaparecen los martillos de la vista, y desaparecen los tornillos y toda la carpintería para crear ese foro”.

Así, paulatinamente, la casa se hizo a un lado y dejó su lugar a la Casa.

“Esa fue la razón de porqué le llamamos Casa Maha”.

LOS QUE LLEGARON Y DECIDIERON QUEDARSE

“Hacíamos el teatro en la parte de afuera y entonces se acercaban y veían, y les gustaba. Decían: ‘¡Qué padre!’, y participaban en las actividades”.

Marilyn, la del nombre de estrella, habla de hace poco menos de tres años, cuando Casa Maha era apenas unas sillas en la calle y el entusiasmo de la familia, teatreros y algunos vecinos curiosos.

“Incluso hay una chica, de esos tiempos, de los que asisten a ver las obras, que le gusta tanto el teatro que decide integrarse a una compañía de teatro que nos visita. ¡En serio! Actualmente esa chica es actriz con esta compañía que se llama Equipo Fénix, que de hecho se presentó aquí el domingo”.

Las historias no terminan con esta chica; la hija mayor de Maha cuenta cómo este proyecto le cambió la vida a otro vecino, un niño de 13 años.

“Viene de una familia que yo detecto que era como medio agresiva o violenta, medio extraña. Entonces el chico se acerca y le empieza a ayudar a mi padre, que es el que se encarga de armar el foro ahí afuera, en la calle. Le decía: ‘Señor, ¿ya va a ser el teatro?, ¿a qué hora?, ¿le ayudo?’, y empezaba a ayudar. Y comienza a ver el teatro, le gusta, y un día, de repente llega, se hacen unas mesas con un tablero de ajedrez, se consiguen las piezas, se ponen afuera, y le dice a mi papá: ‘Señor, ¿me enseña a jugar?’. De hecho, llegó otra persona a dar el taller de ajedrez. Este señor y mi papá le enseñan al niño a jugar, y después el señor, por su edad, deja de venir y el niño se hace cargo del taller de ajedrez. Y entonces se junta a los niños de la calle y los trae, y les enseña”.

Con una sonrisa de ésas que sólo salen desde lo más profundo del orgullo y la satisfacción, Marilyn concluye: “Es muy interesante, muy curioso, muy nutritivo ver ese tipo de cosas, porque eso significa que algo les está dejando algo de lo que nosotros hacemos aquí”.

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LA DESPEDIDA

Las sombras se empiezan a alargar al interior de la sala de los Monroy. Se trepan en los muebles reciclados (porque yo se que le he dado en la madre a muchos árboles con mi oficio, como dijo Maha al principio) que hacen de butacas para el público que asiste a ver los espectáculos o a tomar un café y ver una exposición, o leer algún libro de los que conforman la sencilla pero nutrida biblioteca.

Es tiempo de terminar la conversación, pues el camino de regreso será probablemente tan o más largo que el de ida. Antes de la despedida, Maha tiene una reflexión final:

“De repente yo creo que mucha gente grita, dice cosas, se queja de todo: del pinche gobierno, de la policía, de todo, pero no hace nada. Yo lo que noto es una constancia: sólo hay una preocupación por tu familia, por tu persona. Mientras estés bien de la puerta de tu casa hacia adentro, el mundo que ruede, y desde ahí te quejas, desde la comodidad de tu hogar, y así no podemos cambiar el mundo. O por lo menos, no el propio”.

Organizando encuentros de teatro, conciertos de rock, lecturas públicas y ciclos de cine, y aunque su modestia le obliga a no querer admitirlo, Maha está cambiando el mundo, por lo menos el suyo.