“Danza”. Fotógrafo: Garth McGee. Cortesía del autor y de Mariana Reyna Lorenzano.

Casi no pude dormir. Pasé una noche fatal. No es algo que me suceda a menudo. Con o sin encierro, con o sin pandemia, suelo dormir poco pero profundamente. Lo de anoche fue otra cosa y no, no se preocupen que éste no será uno de esos textos sobre el coronavirus en los que alguien cuenta su vida cotidiana (no creo que mi vida cotidiana sea interesante para nadie). También sé que me han pedido que deje de contar cosas tristes, que es momento de textos esperanzadores. La próxima vez así será, se los prometo. Pero ¿me dejan contarles hoy lo que pasó anoche? Aún no logro quitarme las imágenes de la cabeza y tal vez ustedes puedan ayudarme a destejer los fantasmas.

Me acosté tarde, pasadas las dos de la mañana, porque tenía que terminar un trabajo. Estaba agotada pero necesitaba despejar un poco la cabeza, así que me puse a curiosear el periódico desde el teléfono (¿a quién se le ocurre pensar que el periódico puede “despejar” la cabeza?). Y encontré una noticia que no debería haber encontrado. O, mejor dicho: encontré una noticia que no debería haber sucedido, como tantas otras en estos días.

Un hombre joven de una de las zonas más pobres de la Ciudad de México contrajo el COVID-19. Lo llevaron al hospital y en un momento las enfermeras vieron que había desaparecido de su cama. Como estaba abierta la puerta que daba a la escalera de emergencia, imaginaron que podría haberse ido por ahí. Dieron la alerta a la gente de seguridad y ellos –dos hombres y una mujer- descubrieron que efectivamente el joven –llamémosle Julio César- había subido a la azotea y se encontraba parado en la cornisa del edificio dispuesto a saltar. Decía que se estaba ahogando, que ya no soportaba la sensación de asfixia, que necesitaba aire. Con mucha suavidad los policías empezaron a hablarle sobre el valor de la vida, de la alegría del pronto reencuentro con su familia, y esas cosas que imagino se dicen en casos así, y de a poco consiguieron que desistiera de su intento. Lo cargaron porque estaba muy débil y lo regresaron a la habitación. Siguió quejándose de la falta de aire y murió en su cama quince minutos después.

Las justificaciones del hospital son contradictorias. Dicen que sí tenía oxígeno pero se lo arrancaba porque deliraba. Dicen que el virus puede provocar trombosis que afectan el sistema nervioso. Dicen que hay poca información aún sobre los daños neurológicos asociados al coronoavirus. Dicen que pudo haber sido por la hipoxia. No lo sé. En un país donde sólo en el primer trimestre del año fueron asesinadas casi mil mujeres y, como suele suceder, los crímenes quedarán impunes; donde tuvimos el mes de marzo más violento de la historia reciente con 2 mil 585 homicidios; en un país así, como el nuestro, que muera uno más, que muera Julio César, ya no parece conmover a nadie.

Lo he escrito otras veces: en México caminamos sobre muertos. Ahora se suman los de la pandemia, pero como dice el título de un brillante artículo del salvadoreño Oscar Martínez, “Eso ya estaba allí”.

Debemos reconocer que aun conociendo las cifras del horror, dormimos, comemos, amamos, trabajamos, hacemos planes para el futuro… Pero anoche no. Anoche no pude desprenderme de la imagen de ese chico de 29 años que quería volar para reencontrar el aire que le faltaba a sus pulmones.

Apenas unos años mayor que Julio César era Claudio Nicolás Grandi cuando el ejército argentino lo secuestró y desapareció en 1976. Tenía 31 años. También se llevaron a su compañera, María Cristina Cornou, que tenía 28 y estaba embarazada de su segundo bebé. Se sabe que el bebé nació en cautiverio y desde entonces las madres de ambos y Yamila, la hija mayor, los buscan.

Yamila es una talentosísima dramaturga, además de una mujer amorosa y comprometida. El miércoles 29, Día Internacional de la Danza, compartí con ella esta hermoso foto que me mandaron:

“Danza”. Fotógrafo: Garth McGee. Cortesía del autor y de Mariana Reyna Lorenzano.

Ella a cambio me mandó un poema que escribió su padre en 1972 (1):

Un blanco vuelo
enseñando el nombre
que tiene el sueño
del hombre.

Claudio Nicolás Grandi, “Nico”, escribió, sin saberlo, un poema para una joven bailarina que hace del movimiento pura belleza alada. Y los dos, separados por la distancia y el tiempo, arrullaron anoche a un hombre que, en esta ciudad en la que escribo, confundió vuelo y sueño. Será que los seres humanos siempre hemos visto a ambos como espacios de libertad. Será que allí, en el tejido del aire, encontraremos todas y todos juntos esa esperanza que tanta falta les hace a nuestras noches insomnes.

PD: Mientras cierro estas líneas me llega la noticia de tu partida:
Buen vuelo, compañero Óscar Chávez.
Por ti, me ha dado por llorar como el mar.


(1) Publicado en su libro Causas y broncas.