Chloe, entre aterrada y confundida. Meme de uso común

Aunque considero a Twitter vomitivo, a veces opino allí. Muy, muy de vez en cuando; casi casi en las ocasiones en las que, de plano, no me aguanto. Es complicado porque una cuenta anónima puede tener el mismo peso (y casi siempre más) de alguien que da su nombre, pone su rostro y desayuna, come y cena con sus errores y sus aciertos. Pero no sólo por los anónimos, sino porque esa red ha rebajado el nivel de todos. “Idiota” o “pendejo” son pétalos entre los insultos. Alguien que apenas puede escribir bien su propio nombre (aún cuando existen decenas de buenos diccionarios en línea) puede elaborar el peor de todos los insultos sin que le falte una coma. Y si la materia con la que trabajas es la política y los asuntos públicos, peor: junto con los frijoles y las tortillas aparece el escupitajo como artículo de primera necesidad. La basura es pan de cada día y se saca del horno como si fuera pastel de bodas.

Muchas veces en una semana pienso en dejar Twitter. Conozco a muchos que lo han hecho. Complicado para mí, que me dedico a comunicar. Pero sí lo pienso. El sábado me pareció que debía expresar mi desacuerdo con el método de Morena para elegir a Evelyn Salgado, hija de Félix, como candidata al Gobierno de Guerrero. La encuesta me pareció una farsa. Me cayeron a palos, me compararon con cualquiera de los peores opositores de Morena. A bloquear, a bloquear. Poco antes me habían atacado acusándome de exactamente lo contrario. A bloquear y a bloquear. No se le da gusto a nadie y no se da abasto. Muchas veces en una semana pienso dejar de opinar en Twitter y atenerme a lo que digo por escrito en mis textos de cada semana o en el espacio de Los Periodistas en YouTube. Otros dicen que nadie en su sano juicio debería tomarse en serio lo que se opina en esa red; entonces, me confirmo, ¿para qué estar allí?

El problema no es estar o no estar –reflexiono a finales de una semana cualquiera–. El problema tampoco es el quién se hace cargo de lo que opina y el quién no. El problema es el mismo de cualquier convivencia: las reglas. Uno puede estar sentado en un restaurante junto a una pareja que discute y discretamente hacerse a un lado; o uno puede estar junto a tres borrachos que gritan improperios y aguantarse, irse o llamar al jefe de meseros. La cosa es que ya llegaste allí, al restaurante, y no quieres aguantarte. La disyuntiva es irte o llamar al jefe de meseros. En éste ejemplo existe un jefe de meseros. En las redes no. Sin reglas, el restaurante entero escala el tono de lo que se grita. Se va elevando, elevando, elevando, hasta que tu mesa es una cuenta y el restaurante es Twitter.

Esto no se queda allí. Hay un segundo momento: cuando el tono de Twitter se lleva a la conversación diaria. Sales del restaurante, pues, y llevas el griterío a tu casa, a tu hábitat. Y normalizas el tono, lo aceptas, lo haces tuyo. Y entonces todo tiene que ser como en Twitter: junto al plato de frijoles y entre las tortillas aparecen escupitajos. Ya no se sabe quién los sirvió o de quién para quién. En poco tiempo ni siquiera eso importa: todos sirven escupitajos y una mañana para algunos serás Félix Salgado Macedonio y para los otros, Javier Lozano. Aunque solo estés parado bajo el dintel de la puerta de la cocina.

Unos califican como “pasión” a esa forma de “entenderse”. Yo no. “Pasión” me parece demasiada palabra para ligarla con ése tipo de “entendimiento”. Creo que es un nuevo nivel al que nos hemos subido todos, como en el restaurante: no sabes por qué estás gritando pero estás gritando. Y haces una pausa y te das cuenta que no es por imitación, sino por supervivencia: mis palabras no se escuchan ya, tengo que gritarlas. Todos tenemos que gritarlas. Y ya no hay forma de entenderse porque los gritos no son argumentos; es nuestro yo más primitivo imponiéndose a la razón. Allí pasamos al tercer momento: ahora gana el que grita más; es decir, el que es más ofensivo en la red; es decir, el que es más primitivo. Y esto último es lo que impera hoy en las redes sociales. Y esto último parece ser el nuevo virus de las redes entre mexicanos.

Es la intolerancia, lenguaje de nuestra conversación. Hurgamos en las redes como el que hurga en la basura: queremos encontrar algo para restregárselo al otro. Y el que restriega basura se queda con una parte en la mano. Si la pareja de al lado discute en voz baja le tiramos las copas para que se agarren de los cabellos. Nos hemos vuelto adictos a las palabras fuertes y los gritos se volvieron el nivel necesario. Me apetece disentir, siempre, e incluso darme cuenta que estoy del lado equivocado. No importa. Lo que no me apetece es ser parte del griterío porque lo que sigue es prender todo en llamas.

Todo en llamas. Los mexicanos deberíamos dar un paso atrás y razonar qué hemos hecho con las posibilidades de las palabras antes de que todo estalle en llamas. Son todos, somos todos aportando al griterío. Pero el fuego no respeta y nadie gana, y pronto estaremos en llamas. La basura no puede ser el pan de cada día ni sabe a pastel de bodas. Empecemos por guardarnos respeto. Vamos a disentir lo necesario; a decir las cosas por su nombre. Vamos a señalarlo con el dedo, sí, y a guardarnos la daga. Vamos a decirlo con fuerza y bien alto antes de gritarlo con rabia. Puedo salirme de Twitter y ustedes también, pero, ¿de eso se trata? No pido una cena con Cenicienta en medio, pero al menos quisiera no tener que desayunar, comer y cenar resbalándome entre las babas.