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Alejandro Calvillo

03/05/2023 - 12:05 am

Vienen por nuestro maíz

Si el maíz llegara a sembrarse comercialmente en México, las empresas como Bayer Monsanto podrían lanzar a su ejército de abogados a demandar a los campesinos que siembran más de 60 razas de maíz criollo en 2.3 millones de parcelas, por estar usando, seleccionando, almacenando e intercambiando sus semillas.

La disputa contra México por el decreto presidencial de prohibir la importación de maíz transgénico para consumo humano directo, de manera especial en la tortilla, y de la prohibición paulatina al uso del herbicida glifosato, tiene una sola razón de ser: estas medidas, junto con otras anteriores (como la moratoria a la siembra de maíz transgénico con fines comerciales), les ha impedido a las grandes corporaciones apoderarse del maíz en México. La importancia de México es enorme para estas corporaciones, es el centro de origen y diversificación del maíz, el cereal que alcanza la mayor producción en el mundo.

Si el maíz llegara a sembrarse comercialmente en México, las empresas como Bayer Monsanto podrían lanzar a su ejército de abogados a demandar a los campesinos que siembran más de 60 razas de maíz criollo en 2.3 millones de parcelas, por estar usando, seleccionando, almacenando e intercambiando sus semillas. No se trata de ninguna ficción o distopía: en muy poco tiempo sus semillas estarían contaminadas con los transgenes patentados de los maíces transgénicos de estas corporaciones, ya que sería inevitable que la muy activa polinización cruzada natural del maíz impidiera que estos transgenes se incorporaran a las variedades de maíz que tenemos en México. Conteniendo, sus semillas, un transgen patentado por estas corporaciones podrían ser demandados.

Este fue el caso ejemplar de Percy Schmiser, agricultor canadiense dedicado a la siembra de colsa/canola que, tras año de juicios, fue sentenciado a pagar miles de dólares por “violar” el monopolio de Monsanto sobre una semilla transgénica de colsa. Su cultivo fue contaminado, por polinización cruzada u otra circunstancia, con transgenes patentados por Monsanto. Al descubrirse en sus semillas la presencia del transgen patentado, Schmeiser fue demandado, como lo han sido cientos de agricultores por esta empresa en el propio Estados Unidos.

Por otro lado, aceptar el maíz transgénico en nuestras tortillas, es aceptar el exponernos a altas concentraciones del herbicida glifosato del cual se ha demostrado su toxicidad crónica en daños metabólicos y neurodegenerativos. El glifosato es el herbicida más usado en todo el mundo -no sólo en transgénicos-, pero desde la introducción de los transgénicos resistentes a este herbicida su aplicación se disparó más de mil 500 por ciento. Además, producimos 24 millones de toneladas de maíz blanco en México y utilizamos para la tortilla 14 millones, no tenemos necesidad de importar maíz de los Estados Unidos para nuestra tortilla. El que se importa es amarillo y va a la alimentación de animales y a la elaboración de productos ultraprocesados.

El maíz es algo más, mucho más para nosotros. El proceso de convertir el teocintle, el pariente silvestre del maíz, un pasto con pequeñas “mazorquitas” de unos pocos granos, en las variedades criollas de maíz que hoy conocemos, con grandes mazorcas y cientos de granos, llevó miles de años de domesticación, selección, almacenamiento y cruzas realizadas por las poblaciones indígenas. Fue así que, se desarrollaron muy diversas razas, utilizadas, cada una, para diversos platillos. Algunas adaptadas para su siembra a grandes alturas otras al nivel del mar, para zonas áridas, húmedas, frías o calientes. 

Todos los maíces híbridos o transgénicos, patentados por las grandes corporaciones, se desarrollaron con base en los maíces domesticados por los pueblos indígenas. Este proceso de domesticación, selección e intercambio, no ha parado, continúa en las comunidades rurales de nuestro país, está vivo. Las grandes corporaciones han tomado este desarrollo milenario, se lo han apropiado y con ligeros cambios, han patentado las semillas. Es así que se toma un proceso milenario desarrollado por las comunidades indígenas, de forma gratuita, se realiza una alteración a la semilla, se patenta y se vende. Es la biopiratería y monopolización de los sistemas alimentarios protegidos por un marco jurídico al servicio de las corporaciones y contra las comunidades campesinas.

Existen tratados internacionales que intentan proteger los derechos sobre estos conocimientos culturales, comunitarios, frente a las grandes corporaciones, entre ellos, el Protocolo de Nagoya sobre el acceso a los recursos genéticos y la participación justa y equitativa en los beneficios derivados de su utilización. Este protocolo no ha sido firmado ni por los Estados Unidos, ni por Canadá que ahora disputan a México las medidas que impone al maíz transgénico y el glifosato. 

El objetivo de controlar las semillas, haciendo que en cada siembra los campesinos tengan que comprar a la corporación las semillas, de que ya no puedan seleccionarlas, guardarlas, intercambiarlas y volverlas a sembrar, está en el corazón de estas corporaciones. En enero de 1999, en una conferencia de biotecnología realizada en los Estados Unidos, un representante del Grupo de Consultores Arthur Anderson compartió el trabajo que realizó con directivos de Monsanto para crear su plan de negocio. La visión a futuro de los directivos de Monsanto era que el 100 por ciento de las semillas en el mundo fueran genéticamente modificadas y patentadas.

El grupo consultor le ofreció a Monsanto la estrategia y tácticas para lograr ese objetivo. Como escribió Jeffreey M. Smith, en su ya clásico texto “Seeds of Deception” (semillas de la decepción): “Ellos le presentaron a Monsanto los pasos y procedimientos para que la empresa ocupara un lugar de dominancia en el mundo en el que, en los hechos, las semillas naturales estuvieran virtualmente extintas”.

Para dar una idea del impacto social que esta política puede tener, la FAO estima que actualmente el 80 por ciento de los campesinos seleccionan sus semillas para la próxima siembra, para almacenarlas o para intercambiarlas. El objetivo de la corporación es someter a estos campesinos a tener que comprar sus semillas a la corporación, junto con todo el paquete de agroquímicos, impedir que puedan seleccionar, guardar, intercambiar y volver a sembrar.

México es el último bastión de resistencia al dominio del maíz transgénico, y el bastión más importante como centro de origen de este cultivo. Se trata de una resistencia cultural, de identidad y sobrevivencia. El maíz para los mexicanos es algo muy diferente que para los estadounidenses o alemanes que encabezan esta disputa al ser sedes de las empresas Bayer y Monsanto. El maíz es parte esencial de nuestra cultura, de nuestra alimentación, de la espiritualidad de los pueblos indígenas y la base de la sobrevivencia de la población campesina. Si en nuestro país no hemos sufrido grandes hambrunas, es por la cultura profunda del maíz y la milpa.

Debemos festejar esta resistencia y fortalecerla.

Alejandro Calvillo
Sociólogo con estudios en filosofía (Universidad de Barcelona) y en medio ambiente y desarrollo sustentable (El Colegio de México). Director de El Poder del Consumidor. Formó parte del grupo fundador de Greenpeace México donde laboró en total 12 años, cinco como director ejecutivo, trabajando temas de contaminación atmosférica y cambio climático. Es miembro de la Comisión de Obesidad de la revista The Lancet. Forma parte del consejo editorial de World Obesity organo de la World Publich Health Nutrition Association. Reconocido por la organización internacional Ashoka como emprendedor social. Ha sido invitado a colaborar con la Organización Panamericana de la Salud dentro del grupo de expertos para la regulación de la publicidad de alimentos y bebidas dirigida a la infancia. Ha participado como ponente en conferencias organizadas por los ministerios de salud de Puerto Rico, El Salvador, Ecuador, Chile, así como por el Congreso de Perú. el foro Internacional EAT, la Obesity Society, entre otros.

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