La oportunidad de vivir la vida perfecta… Pero ¿a qué precio? ¿Y qué le pasó a La chica de antes? Todo lo que tienes, antes fue de ellaEl adictivo thriller que dará que hablar en 2017.

Ciudad de México, 3 de junio (SinEmbargo).- Es una casa espectacular. Elegante, minimalista. Toda ella respira buen gusto y serenidad. Justo el lugar que Jane estaba buscando para empezar de cero y ser feliz.

Aunque lo extraordinario es que se la ofrecen por un alquiler irrisorio. Solo tiene que completar un peculiar formulario de solicitud y aceptar sin condiciones las reglas impuestas por su propietario y creador, un enigmático arquitecto.

Al poco de instalarse, Jane descubre que algo le pasó allí a la inquilina anterior, Emma. Y empieza a preguntarse si no estará repitiendo las mismas elecciones, los mismos errores, las mismas sospechas que la chica de antes.

¿Qué estás dispuesto a aceptar para poseer lo que nunca imaginaste?

La oportunidad de vivir la vida perfecta… Pero ¿a qué precio? Foto: Especial

Fragmento del libro La chica de antes, de J.P.Delaney, publicado con autorización de Grijalbo.

Antes: Emma

Es un departamentito encantador, dice el agente con lo que cabría definir como un sincero entusiasmo. Está cerca de todos los servicios. Y dispone de un pedacito privado de azotea. Podría transformarse en una terraza, previo consentimiento del casero.

Genial, conviene Simon, procurando no llamar mi atención.

Supe que el departamento no era el adecuado con nada más entrar y ver esa extensión de poco más de un metro ochenta de azotea debajo de una de las ventanas. Simon también lo sabe, pero no quiere decírselo al agente, o al menos no tan pronto que parezca una grosería. Hasta es posible que confíe en que me entren dudas si escucho la estúpida cháchara de este tipo el tiempo suficiente. El agente es un hombre del estilo de Simon: avispado, desenvuelto, entusiasta. Seguro que lee la revista para la que Simon trabaja. Ya se habían puesto a hablar de deportes antes, incluso, de subir la escalera.

Y aquí hay un dormitorio de buen tamaño, dice el agente. Con una amplia…

No es adecuado, interrumpo poniendo fin a esta farsa. No es adecuado para nosotros.

El agente enarca las cejas.

No se puede ser demasiado exigente teniendo en cuenta cómo está el mercado, alega. Esta noche ya estará alquilado. Hoy hay previstas cinco visitas, y ni siquiera lo hemos anunciado aún en nuestra página web.

No es lo bastante seguro, insisto, y soy tajante. ¿Nos vamos?

Hay pestillos en todas las ventanas, dice, además de una cerradura Chubb en la puerta. Por supuesto, pueden instalar una alarma antirrobos si la seguridad les preocupa especialmente. No creo que el casero ponga objeciones.

Se dirige a Simon, que se encuentra detrás de mí. Si nos “preocupa especialmente”… Para el caso, podría haber dicho: “Oh, ¡qué novia tan histérica…!”

Esperaré afuera, anuncio mientras volteo ya para marcharme.

Si el problema es la zona, tal vez deberían buscar más al oeste, añade el agente al darse cuenta de que metió la pata.

Ya lo hemos hecho, responde Simon. Se sale de nuestro presupuesto. Exceptuando, claro, los que tienen el tamaño de una caja de cerillos.

Intenta que su voz no trasluzca su frustración, pero que tenga que hacerlo me saca aún más de quicio.

Hay un departamento con un solo dormitorio en Queen’s Park, comenta el agente. Está un poquito cochambroso, pero…

Ya le echamos un vistazo, replica Simon. Y nos pareció que estaba un poquito bastante cochambroso. Su tono deja claro que al decir “nos” quiere decir “le”, refiriéndose a mí.

O hay un tercero justo al llegar a Kilburn…

Lo vimos también. Había una tubería de desagüe junto a una de las ventanas.

El agente parece perplejo.

Alguien podría subirse por ella, explica Simon.

En fin… La temporada de alquileres acaba de empezar. Tal vez si esperan unos días…

Es evidente que el agente considera que con nosotros pierde el tiempo. Él también se dirige a la puerta. Yo salgo y me planto afuera, en el descansillo, de forma que se detiene a unos pasos de mí.

Ya hemos dado el aviso en nuestro departamento, oigo decir a Simon. Estamos quedándonos sin opciones. Baja la voz. Mire, amigo, nos robaron. Hace cinco semanas. Entraron dos hombres en casa y amenazaron a Emma con un cuchillo. Entenderá que esté un poco nerviosa.

Oh, dice el agente. Mierda. Si alguien le hiciera eso a mi chica no sé cómo reaccionaría. Escuche, puede que las posibilidades sean escasas, pero…Su voz se apaga lentamente.

¿Sí?, lo anima Simon.

¿Alguien de la oficina les mencionó la casa del número uno de Folgate Street?

Creo que no.

¿Es nueva?

No, no para ser exacto.

El agente parece no tener claro si debe seguir hablando.

Pero ¿está disponible?, insiste Simon.

Técnicamente, sí, responde el hombre. Y es una propiedad fantástica. De verdad, es fantástica. Mucho mejor que ésta. El propietario, sin embargo… Decir que es puntilloso es quedarse corto.

¿En qué zona está?, pregunta Simon.

En Hampstead, contesta el agente. Bueno, más bien en Hendon. Pero en realidad es un sitio muy tranquilo.

¿Emma?, me llama Simon.

Vuelvo a entrar.

Podríamos ir a verlo, digo. Nos queda a medio camino.

El agente asiente.

Me acercaré a la oficina antes y veré si puedo encontrar los datos, dice. Es que ha pasado un tiempo desde que la enseñé por última vez… No es un lugar que se adecue a todo el mundo. Pero creo que podría irles como anillo al dedo. Lo siento, no me malinterpreten.

Ahora: Jane

—Éste era el último —la agente, que se llama Camilla, tamborilea con los dedos sobre el volante de su Smart—. Así que, ahora en serio, tiene que decidirse ya.

Suspiro. El departamento que acabamos de ver, en una manzana de edificios ruinosos en West End Lane, es el único que se adapta a mi presupuesto. Y casi me había autoconvencido de que estaba bien —pasando por alto que el papel de las paredes se estaba levantando, que del piso de abajo llegaba tufo a comida, que el dormitorio era enano y había manchas de moho en el baño porque no tenía ventilación— hasta que oí sonar cerca una campana, mejor dicho, una campanilla de las de antes, y de repente estalló un griterío de críos. Me acerqué a la ventana y me encontré mirando un colegio. Se veía el interior de un aula de niños pequeños, de esas con recortes de papel con forma de animalitos en los cristales. Se me retorcieron las entrañas de dolor.

—Creo que voy a pasar de éste —conseguí murmurar.

—¿En serio? —Camilla puso cara de sorprendida—. ¿Es por el colegio? A los anteriores inquilinos les gustaba oír jugar a los niños.

—Pero no tanto como para decidir quedarse, ¿verdad? —me aparté de la ventana—. ¿Nos vamos?

En estos momentos Camilla guarda un prolongado y estratégico silencio mientras conduce de vuelta a su oficina.

—Si nada de lo que hemos visto hoy le interesa es posible que deba plantearse ampliar su presupuesto.

—Por desgracia, mi presupuesto es el que es —digo con sequedad mirando por la ventanilla.

—Entonces tal vez tenga que ser un poco menos exigente —repone con aspereza.

—En cuanto a este último apartamento, tengo… motivos personales para no vivir tan cerca de un colegio. Ahora mismo al menos no.

Veo que su mirada desciende hasta mi vientre, todavía un poco flácido tras mi embarazo, y sus ojos se abren de golpe cuando ata cabos.

—Oh —dice. Camilla no es tan tontita como parece, algo por lo que doy gracias. No necesita que le explique nada. Bien al contrario, creo que ha decidido hacerme una propuesta.

—Oiga, hay otra casa. Lo cierto es que no debemos ense­ñarla sin el expreso consentimiento del propietario, pero de vez en cuando la mostramos. A algunos les espanta, pero para mí es fantástica.

—¿Es fantástica y encaja en mi presupuesto? Vaya… No estamos hablando de una casa flotante, ¿verdad?

—Dios mío, no. ¡Qué va! Es un edificio moderno en Hendon. Una casa independiente; sólo tiene un dormitorio, pero es muy espaciosa. El propietario es el arquitecto que la diseñó. Es muy famoso. ¿Alguna vez compra ropa en Wanderer?

—Wanderer… —en mi vida anterior, cuando tenía dinero y un trabajo como es debido y bien pagado, a veces entraba en la tienda de Wanderer que está en Bond Street, un espacio absolutamente minimalista con un puñado de carísimos vestidos expuestos sobre gruesas losas de piedra, como vírgenes dispuestas para el sacrificio, y en el que las dependientas llevaban todas quimonos negros—. Alguna vez. ¿Por qué?

—El estudio Monkford diseña todas sus tiendas. Él es lo que llaman un minimalista tecnológico… o algo parecido. Artilugios ocultos en abundancia, pero, por lo demás, todo completamente desnudo —me lanza una mirada—. Debería advertirle que a algunas personas les resulta un tanto su estilo… austero.

—Podré soportarlo.

—Y…

—¿Sí? —la animo al ver que no se decide a seguir.

—No es un contrato propietario-inquilino al uso —dice con vacilación.

—¿Qué significa eso?

—Creo que primero deberíamos echar un vistazo a la casa y ver si se enamora de ella —pone la intermitente y se pasa al carril de la izquierda—. Después hablaremos de los inconvenientes.

Antes: Emma

¡Sorpresa!, la casa es extraordinaria. Alucinante, increíble, deslumbrante. No hay palabras que le hagan justicia.

La calle no nos había dado ninguna pista. Dos hileras de casas grandes y anodinas, con esa familiar combinación victoriana de ladrillo rojo y ventanas de guillotina que puede verse por todo el norte de Londres, ascendían colina arriba hacia Cricklewood como una cadena de figuritas recortadas en papel de periódico, cada una de las cuales era una copia exacta de la siguiente, salvo por la puerta principal y la aplicación de cristal de colores que la remataba.

Al final, en la esquina, había una valla. Tras ella se veía una construcción baja y pequeña; un sólido cubo de piedra clara. Unas pocas hendiduras horizontales de cristal, dispersas de forma aparentemente aleatoria, eran los únicos indicios de que en realidad se trataba de una casa y no de un gigantesco pisapapeles.

Wow, dice Simon sin demasiada convicción. ¿De verdad es ésta?

Desde luego, responde el agente con entusiasmo. Folgate Street, uno.

Nos hace rodear la casa hasta uno de los lados, donde hay una puerta perfectamente integrada en la pared. No veo el timbre por ninguna parte; tampoco un picaporte ni un buzón, ni placa de identificación; de hecho, no veo nada que indique que está habitada. El agente empuja la puerta, que se abre sin problemas.

¿Quién vive aquí ahora?, pregunto.

Nadie en la actualidad.

Se hace a un lado para dejarnos pasar.

Entonces ¿por qué no estaba cerrada con llave?, inquiero con voz nerviosa mientras me detengo.

El agente sonríe con aire de superioridad.

Sí que lo estaba, replica. Tengo una llave digital en mi smartphone. Se controla todo mediante una aplicación. Sólo tengo que cambiar de “deshabitada” a “habitada”. Después de eso, todo es automático; los sensores de la casa captan el código y me dejan entrar. Ni siquiera necesitaría el teléfono si me pusiera una pulsera digital.

Me está tomando el pelo, replica Simon, alucinado mientras contempla la puerta. Casi me echo a reír al ver su reacción. A Simon le encantan los dispositivos tecnológicos y para él poder controlar una casa entera con el teléfono móvil es su máximo sueño.

Entro en un recibidor apenas más amplio que una despensa. Es demasiado pequeño para estar en él con comodidad en cuanto el agente me sigue adentro, así que continúo andando sin esperar a que me lo indique.

Esta vez soy yo la que exclama: “¡Wow!” Es realmente espectacular. La luz entra a raudales a través de unas ventanas enormes que dan a un jardín pequeño y a un muro de piedra bastante alto. No es grande, pero provoca una sensación de amplitud. Las paredes y los suelos son todos de la misma piedra clara, y hay unas hendiduras que recorren las paredes por la parte inferior que producen la impresión de estar flotando en el aire. Y está… vacía. No me refiero a que esté sin amueblar, ya que veo una mesa de piedra en una habitación lateral, algunas sillas de comedor muy chulas, que parecen de diseño, y un sillón bajo con un recio tapizado de color crema, pero es que no hay nada más, nada que llame la atención. Ni puertas, ni armarios, ni fotografías, ni marcos de ventanas, ni enchufes eléctricos a la vista, ni lámparas, ni… Miro a mi alrededor, perpleja. Ni siquiera interruptores de la luz. Ni un ápice de desorden, aunque tampoco de sensación de abandonada o deshabitada.

¡Wow!, exclamo de nuevo. Mi voz suena curiosamente amortiguada. Me doy cuenta de que no se cuela ni un sonido de la calle. El sempiterno ruido del tráfico londinense, de los operarios en sus andamios y de las alarmas de los coches se ha desvanecido.

La mayoría de la gente comenta eso mismo, conviene el agente. Siento ser un fastidio, pero el propietario insiste en que nos descalcemos. ¿Les importaría…? Se agacha para desatarse sus ostentosos zapatos. Simon y yo seguimos su ejemplo. Y entonces, como si la austera desnudez de la casa hubiera absorbido toda su labia, se limita a deslizarse en calcetines, al parecer tan asombrado como lo estamos nosotros, mientras echamos un vistazo a nuestro alrededor.

Ahora: Jane

—Es preciosa —digo. Por dentro la casa es tan elegante y perfecta como una galería de arte—. Simplemente preciosa.

—¿Verdad que sí? —conviene Camilla. Estira el cuello y mira las paredes desnudas, hechas de una piedra de color crema con pinta de carísima, que ascienden hasta el vacío del techo. Al piso superior se accede por la escalera más descabelladamente minimalista que jamás haya visto. Parece tallada en una pared rocosa, con peldaños flotantes de piedra sin pulir, sin barandilla ni otros apoyos visibles—. Aunque venga a menudo, siempre me deja sin aliento. La última vez estuve con un grupo de estudiantes de arquitectura… Ah, por cierto, una de las condiciones es que cada seis meses la abra para permitir las visitas. Pero quienes vienen son siempre muy respetuosos. No es como ser dueño de una mansión señorial y que los turistas tiren el chicle en las alfombras.

—¿Quién vive aquí ahora?

—Nadie. Lleva desocupada casi un año. Dirijo la mirada hacia la siguiente habitación, si «habitación» es la palabra adecuada para describir este espacio corrido que carece de entrada propiamente dicha, menos aún de puerta. Sobre una mesa de piedra larga hay un cuenco con tulipanes de un rojo sangre tan intenso que contrasta fuertemente con toda esta piedra clara.

—Entonces ¿de dónde salieron estas flores? —me acerco y toco la mesa. Ni una marca de polvo—. Y ¿quién mantiene esto tan impoluto?

—Viene alguien de una empresa especializada a limpiar todas las semanas. Ésa es otra condición; tiene que conservar sus servicios. También se ocupan del jardín.

Me aproximo a la ventana, que va del suelo al techo. “Jardín” tampoco es un término apropiado. En realidad, es más bien un patio; un espacio cercado de unos seis metros por cuatro y medio, pavimentado con la misma piedra que el suelo que piso. Un pequeño rectángulo de césped, delimitado de forma precisa y cortado al ras como en un campo de bolos, linda con la pared del fondo. No hay flores. De hecho, aparte de ese retazo de césped, no hay nada vivo ni colorido. La otra única cosa que llama la atención son unos pequeños círculos de grava gris.

Volteo de nuevo hacia el interior mientras me digo que la casa en su conjunto necesita un poco de color, algo que la suavice. Unas alfombras, unos toques personales que le aporten humanidad, y sería divina, como salida de una revista de dise­ ño. Por primera vez en años siento una leve punzada de excitación. ¿Habrá cambiado al fin mi suerte?

—Bueno, supongo que es razonable —respondo—. ¿Es todo?

Camilla me brinda una sonrisa titubeante.

—Al decir “una” de las condiciones, me refiero a una de las más claras. ¿Sabe lo que es una cláusula restrictiva? —me pregunta, y niego con la cabeza—. Es una condición legal que se le impone a una propiedad a perpetuidad, algo que no puede eliminarse aunque se venda. Por lo general, tienen que ver con los derechos de desarrollo; es decir, si el edificio puede usarse como sede comercial y ese tipo de cosas. En el caso de esta casa, las condiciones son parte del contrato de alquiler pero, dado que además son cláusulas restrictivas, no hay posibilidad de negociarlas o modificarlas. Es un contrato muy, muy estricto.

—¿De qué estamos hablando?

—Básicamente se trata de una lista de cosas que están permitidas y cosas que no lo están… Bueno, sobre todo de las que no. No puede modificarse nada, salvo mediante acuerdo previo. No se permiten alfombras ni tapetes. No se permiten cuadros. No se permiten macetas. No se permiten adornos. No se permiten libros…

—¡No se permiten libros! ¡Es ridículo!

—No se permite plantar nada en el jardín; no se permiten cortinas…

—¿Cómo impides que entre la luz si no tienes cortinas?

—Las ventanas son fotosensibles. Se oscurecen a medida que avanza el día.

—Así que no se permiten cortinas… ¿Alguna otra cosa?

—Oh, sí —dice Camilla, haciendo caso omiso de mi tono sarcástico—. Hay unas doscientas condiciones en total. Pero la última es la que más problemas causa.

¿Quién es J.P.Delaney? La chica de antes es el primer thriller psicológico de J.P. Delaney, seudónimo tras el cual se oculta alguien que ha publicado varias novelas con notable éxito. Saldrá en cuarenta países y Ron Howard, el conocido director de cine galardonado con un Oscar®, es el encargado de su adaptación cinematográfica.