“Mi muy humilde opinión sobre este trabajo audiovisual tiene que ver con lo que no se dijo en el documental”. Foto: Especial

Brownsville, Texas.- Desde mi antiguo hogar y la que llamo “mi frontera”, tuve el privilegio de observar los cinco episodios de la excelente serie documental de Netflix, titulada 1994: Poder, Rebelión y Crimen en México, dirigida por Diego Enrique Osorno y “co-”producida por VICE Studios Latin America. A decir verdad, me pareció una serie excepcional, de una calidad inigualable, con un elenco espectacular y el mejor material audiovisual recolectado hasta la fecha sobre un año que ciertamente, como sugiere el director, “marcó la historia reciente de México”. “Mil novecientos noventa y cuatro” es una excelente reproducción de nuestra “sociedad del espectáculo”, como quizás la catalogaría el gran escritor francés, filósofo, cineasta y miembro fundador de la Internacional Situacionista, Guy Debord, en su obra magistral de 1967.

No tengo palabras para expresar lo mucho que aprecié la serie, sus escenas, los testimonios y los personajes que aparecen en la misma: desde “La Paca” hasta el maquiavélico “innombrable”, Carlos Salinas de Gortari. Los años no pasan sin dejar huella. En 1994, yo era una estudiante de economía de sólo 19 años y el ahora subcomandante “Galeano” se decía llamar “Marcos” y era mucho más delgado. Agradezco enormemente a Diego Osorno y a aquellos que participaron en la producción de esta serie, las memorias—nada gratas, pero sí muy intensas—que nos trajeron con este interesante trabajo sobre un periodo que cambió fundamentalmente el destino de nuestra nación. No encontré nada nuevo, pero pude recordar claramente los dramas, conspiraciones y las historias que nos contaron en ese momento.

Cabe destacar que esta breve reflexión no pretende ser una reseña o crítica de cine documental. No cuento con las calificaciones para hacer la crítica y ya muchos escribieron reseñas sobre la serie. Mi muy humilde opinión sobre este trabajo audiovisual tiene que ver con lo que no se dijo en el documental. Su estreno no podía ser más oportuno: sólo algunos días después de que iniciara el juicio a Keith Raniere, por el caso NXIVM. Este escalofriante y perturbador caso de trata de personas (en su modalidad de esclavitud sexual) y asociación delictuosa para trabajos forzados podría involucrar al hijo (o los hijos) de uno de los protagonista de la serie: el expresidente Salinas. Distraer la atención en casos como este resulta ser siempre pertinente.

Conocí a Diego Enrique Osorno en la Ciudad de México en el año de 2007, en El Café La Habana, cuando lo entrevisté para mi tesis doctoral sobre su libro titulado: Oaxaca Sitiada: La Primera Insurrección del Siglo XXI. Osorno era más joven que yo y presentaría un libro con un prólogo de Lorenzo Meyer. Diego fue muy generoso y abierto. Me lo llegué a encontrar algunas otras veces; un día en Oaxaca y luego en mi propio camino para entender a Los Zetas, al narcotráfico y a nada más y nada menos que al Cártel del Golfo. Cuando lo conocí, él era un joven periodista y luego se convirtió en un reconocido cronista. Seguí su trabajo, pues siempre me interesó analizar lo que él “no” decía.

La carrera de Diego Osorno despegó espectacularmente desde un inicio. Incluso fue uno de los galardonados con el Premio Nacional de Periodismo por una entrevista que le realizó a Juan Villoro, “el escritor que no se volvió cobarde ni caníbal”. Juntos, el escritor y el cronista, buscaron entonces entender (a) y hablar con Los Zetas. Osorno es un hombre inteligente. Siempre ha estado muy cerca del poder: en el mundo literario, en el periodismo y en la sociedad del espectáculo.

El cronista, no sólo entrevistó a Juan Villoro y se hizo amigo de muchos de “los que importan” en el mundo literario. Diego Osorno entrevistó (a) y escribió sobre Carlos Slim—un día el hombre más rico del mundo—y ahora, como director y guionista, reproduce visualmente la historia de unos de los hombres más poderosos de México. Aprecio la serie mil novecientos noventa y cuatro, pues es la historia documental de un año crucial para México contado por (y desde) la élite del poder: por aquellos que hicieron la historia, por los mismos responsables.

Por ello, no me sorprende que no se haya hecho mención al Capo del Golfo, Don Juan García Ábrego, y que no se haya profundizado en el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. Viví en Brownsville, Texas por ocho años y conozco bien el estado de Tamaulipas y a algunos tamaulipecos de ese entonces. Algunos de mis conocidos en ese estado me contaron mucho de lo que no se contó en la serie, mucho de lo que ahora se considera como “política ficción”. Y hablamos ciertamente de política ficción en nuestra sociedad del espectáculo pues nunca se demostró lo contrario. Mil novecientos noventa y cuatro da carpetazo a un caso clave en una era que termina. Estamos viendo y viviendo el fin quizás de la era del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), la hegemonía de los Estados Unidos y el neoliberalismo a “la gringa”. La doble transición hacia las democracias y los libres mercados se consolida en este año, y ambos procesos parecen ser ahora cosa del pasado.

En Tamaulipas nadie quiere hablar sobre lo que fueron Los Zetas, sobre el Cartel del Golfo y menos sobre 1994. Recordemos que el desaparecido Diputado Manuel Muñoz Rocha (protagonista en ese año) era tamaulipeco. Al otro lado de la frontera, en Brownsville y McAllen, Texas, la gente habla un poco más. Pero ya se están muriendo todos. Por ejemplo, ya se murió (no lo mataron), Roberto Yzagirre, quien fuera el abogado de Guillermo González Calderoni y Osiel Cárdenas Guillén.

En tierras del Cártel del Golfo siempre me advirtieron que todos debíamos quedarnos callados. Mejor ni intentarlo, pues hablando “del mundo del narcotráfico sólo puedes salir muerto”. No quieres que te pase lo que le pasó a Yolanda Figueroa (esposa del hoy difunto Fernando Balderas Sánchez y autora del libro: El Capo del Golfo: Vida y Captura de Juan García Ábrego) o al ex Presidente Miguel de la Madrid Hurtado. O te matan, o hacen que te disculpes públicamente y te declares demente. La verdad de lo que realmente sucedió en 1994 nunca se sabrá y nunca se contará. En la sociedad del espectáculo, y en una era de mecenas y mercenarios culturales, 1994 es un gran documental. Al final los Salinas tuvieron la última palabra.