La celebración del orgullo gay es el reconocimiento a la protesta de tantos seres humanos valiosos que hoy ya no están. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro.

Siglos de misoginia no han podido en contra de la comunidad gay; tampoco ha conseguido reprimirlos una pandemia. En estos días va mi cariño y admiración a una comunidad de lucha, llena de historias de injusticia, dolor, incomprensión que me ha enriquecido con su amistad y me ha compartido el gozo por el arte, la fiesta, el humor y la alegría. En cada uno de mis amigos gays, encuentro un tesoro único, son los compañeros que convierten las cosas comunes en algo extraordinario. Sé que muchas mujeres estarán de acuerdo conmigo, nuestro crecimiento personal y forma de entender la vida se deben, en gran medida, a la convivencia con homosexuales. Son ellos los que nos han ayudado a superar prejuicios, a ampliar el criterio y a aceptar las diferencias más allá de los clichés y las convenciones sociales de güeva.

Desde luego no todos son Drama Queens, pero por alguna razón estos locos adorables son mis favoritos. Y cómo no, si nadie como ellos tiene la capacidad de subir en sus tacones y bailar; al mismo tiempo, son unos genios para ponerse en los zapatos de otros. Suelen concebir la existencia como una pieza de teatro musical, en la que el argumento es un capricho escrito y dirigido por ellos con música y baile. En ese infinito performance, puede pasar de todo. Es cierto que sin piedad apuntan con el dedo a los malos y a los buenos, a los cómplices y a los detractores, a los gay-frendly y a los homofóbicos. Han aprendido a excluir a quienes los han excluido.

Así construyen su trinchera, un carnaval sin fin, como defensa contra la incomprensión. La vida a su lado es un tobogán de emociones. Histriónicos por naturaleza, viven en un homenaje permanente a la Callas y a sus personajes fatales: Medea, Carmen, Tosca, Lucía, Traviata o Norma. Pero de un momento a otro, sus tragedias se transforman en comedias. Una especie de “así es la vida”, que se pronuncia levantando los hombros, con la mirada en alto y la dignidad entera. La diva que llevan dentro es volcánica, está colmada de insultos y de las más espantosas humillaciones. De eso han tejido sus carcajadas, sus ironías y su ternura. Saben que en el mejor de los casos son tolerados, pero jamás aceptados. En cualquier momento, un gesto, una expresión, un coqueteo inocente, una mirada pueden desatar el odio que inspiran solo por existir, y entonces, acaban salvajemente lastimados, “para que se les quite lo putos”.

Sin embargo, después de las lágrimas y el sufrimiento, de nuevo vendrá la alegría y la risa burlona. Siempre habrá una razón para ser feliz. Más de una vez he visto a mis amigos llorar emocionados por la belleza, ¿no es ese el verdadero poder que los envuelve?, ¿un misil en contra de los despiadados insensibles que los acosan y torturan? Así han vivido por generaciones, ganando terreno poco a poco. Hoy encabezan la población de rebeldes en el limbo de las minorías. Cargan a cuestas su propio closet en el que deben ocultarse, protegerse y soportar la crueldad que se ceba en su contra.

La celebración del orgullo gay es el reconocimiento a la protesta de tantos seres humanos valiosos que hoy ya no están, que sacrificaron su vida por los derechos de las nuevas generaciones, que murieron víctimas del SIDA por no recibir apoyo de las autoridades, o fueron golpeados en callejones oscuros y en redadas represivas. Aún así, forjaron una libertad llena de historias de amor imposibles, de miradas esquivas, de traiciones, de hipocresía y de doble moral, de vestidos de novia en la cajuela que se fueron a la basura como sus ilusiones.

Además de buenos amigos, los gays son admirables porque han sido y seguirán siendo grandes luchadores sociales. La emancipación que les ha costado todo tipo de agresiones ha permitido que otras minorías sigan su camino. Han iluminado ese sendero mostrando que la diversidad sexual, racial o de género, más allá de una opción, es una naturaleza. Los gays jamás se han resignado y luchan todos los días por una causa que ha ganado un sitio dentro de la sociedad, pero, como las otras minorías, no termina por encontrar su paraíso. Por esta razón, la marcha del orgullo gay debe seguir cada año. Es una jornada que representa a los homosexuales, pero incluye a todos los oprimidos.

Después de muchos años de llevarse a cabo, el Gay Pride se ha convertido en una institución. Es la gran procesión en la que se expresa la alegría de ser, pero también se conmemora el proceso doloroso para llegar a ser. Un mito cimentado en la justicia e inclusión que revive el origen de una protesta en la que las minorías exigieron ser reconocidas y aceptadas. Es un festejo para exhibirse y encarar a quien los considera un circo. Por eso, vestidas de reinas, brincan fuera del clóset para alertar al mundo en contra de la cerrazón en la que éste se empeña en permanecer. Con dignidad miran el rostro de todos sus verdugos. Con vestidos de lentejuela y grandes tocados de plumas, se transforman en un ejemplo de cómo hay que superar la adversidad. Con coraje y alegría, cantan, bailan y dejan salir a la estrella que guardan en su alma. Es el día en que son libres y ganan todos los derechos, un recordatorio de que jamás se conformarán con la comodidad del silencio y la reclusión.

Este 28 de junio, en medio de la pandemia, se llevó a cabo el día del orgullo LGTBI+. La sana distancia obligó a limitar a las redes sociales y a los espacios online los ímpetus, la solidaridad, las muestras de afecto, la complicidad y las fiestas. De inmediato, el mundo virtual, los perfiles y las ligas se pintaron de arcoíris para conectarse a distintos eventos en los que el espíritu de libertad permeó a todos. Lo que no puede perderse de vista antes, durante y después del confinamiento es que la lucha por las minorías es de todos. No debe haber distinción por un origen étnico, una orientación sexual o una identidad de género cuando el mundo ha bregado tanto en contra de los atavismos sociales.

El aislamiento debe servir, no para exacerbar las diferencias sino para reconocerlas y aceptarlas. Pero es en el núcleo familiar en el que la crueldad y la incomprensión aumentan. Cada ataque, abuso, crimen es un paso atrás, lo sufre la comunidad y lo sufrimos todos.

El día del orgullo gay es una buena oportunidad para pensar en los logros de mis amigos homosexuales y reiterarles mi cariño y admiración. Pero también para extender el agradecimiento por permitirnos a las otras minorías utilizar su bandera. Las mujeres, las personas con discapacidad, los ancianos, los homosexuales, los transexuales, la comunidad LGBTI+ siguen sufriendo acoso y violencia, y son marginados por ser lo que son.

En su discurso a favor del respeto a la diversidad, Elton John dice “Nadie escoge cómo y dónde nace; nadie tiene derecho a prejuzgar y discriminar. La diversidad es una fortaleza; celebrémosla”.

Va esta columna como un homenaje a Adriano y Antinoo, Michelangello da Merisi Caravaggio, Yukio Mishima, Andy Warhol, Felix González Torres, Keith Haring, Robert Rauschemberg, Derek Jarman, Reiner Werner Fassbinder, Pier Paolo Passolini, Rudolph Nureyev, Freddie Mercury, Elton John, Jean-Michel Basquiat, Francis Bacon, Robert Mapplethorp, Oscar Wilde, Walt Withman, Marcel Proust, entre muchos otros a quienes admiro y siento muy cerca por su oficio y vocación de libertad. Genios que han explorado el arte desde ese “otro” lado, el del dolor convertido en belleza, de la frustración en gozo, del rechazo, en canto de vida.

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@suscrowley