Maurice Maeterlinck entrega líneas sutiles y bellas que ayudan a tener una perspectiva diferente de las plantas y las flores. Se podría decir, en voz de los editores, que supo escribir no como un experto sino como un aficionado, “como alguien que está enamorada del objeto que trata, de modo que, tras leerlo, también terminas enamorándote”.

La inteligencia de las flores es un gran elogio, una exaltación literaria de estas plantas, no en vano Jorge Luis Borges decía que es uno de los cien libros que hay que leer antes de morir. Necesitamos libros que nos hagan volver la mirada a lo elemental: a las minucias”, dijo el editor Guillermo Santos a Puntos y Comas.

Ciudad de México, 3 de agosto (SinEmbargo).- “Si se encuentran plantas y flores torpes o desgraciadas, no las hay que se hallen enteramente desprovistas de sabiduría y de ingeniosidad”, se lee en las primeras líneas del libro La inteligencia de las flores, un texto escrito por el ensayista, dramaturgo y botánico aficionado Maurice Maeterlinck, que Zopilote Rey retoma a casi cien años de su publicación por considerarlo un clásico necesario.

Zopilote Rey es una iniciativa editorial originaria en Oaxaca que busca propiciar e incentivar la creación literaria, la reflexión y la crítica al arte, además de ser un espacio para escritores. De entre diversos temas, los editores eligieron voltear a ver aquello a lo que cotidianamente somos indiferentes pero que es muy importante: las flores. Así, La inteligencia de las flores se convierte en el primer libro editado y publicado por Zopilote Rey.

“Los seres humanos necesitamos de la naturaleza para vivir, y a menudo lo olvidamos. Libros como La inteligencia de las flores nos recuerdan lo mucho que debemos a las plantas, en particular a las flores. Sin flores, sin la polinización, no viviríamos por mucho tiempo. Hay una gran extinción de abejas y esto es algo nos debería alarmar y, sin embargo, todo parece ocurrir en un gran letargo, pues parece que somos ya indiferentes a la pérdida que nosotros mismos ocasionamos. Son otras cosas las que toman nuestra mirada en estos momentos. La inteligencia de las flores es un gran elogio, una exaltación literaria de estas plantas, no en vano Jorge Luis Borges decía que es uno de los cien libros que hay que leer antes de morir. Necesitamos libros que nos hagan volver la mirada a lo elemental: a las minucias”, dijo el editor Guillermo Santos a Puntos y Comas.

Parthenium hysterophorus L. Foto: Silvia Andrade, cortesía Zopilote Rey

Maeterlinck entrega líneas sutiles y bellas que ayudan a tener una perspectiva diferente de las plantas y las flores. Se podría decir, en voz de los editores, que supo escribir no como un experto sino como un aficionado, “como alguien que está enamorada del objeto que trata, de modo que, tras leerlo, también terminas enamorándote”. “Después de leer este libro piensas que las flores realmente tienen conciencia, que sufren, como diría Maeterlinck, los mismos avatares que los seres humanos, las mismas desgracias”, agregó Karina Sosa, editora de Zopilote Rey.

Además del extraordinario texto, esta edición está acompañada de imágenes espectaculares tomadas por la mexicana Silvia Andrade con un microscopio electrónico. “Las fotografías de Andrade son luminosas, exaltan la belleza de lo minúsculo y nos hacen redimensionar nuestras concepciones de belleza: parecen escenas de otro planeta y aún así, en su extrañeza, guardan cierto placer a la mirada”, contó Santos.

Las fotografías de Andrade exaltan la belleza de lo minúsculo. Foto: Silvia Andrade, cortesía Zopilote Rey

“Como son imágenes de flores muy pequeñas, de flores que a menudo pasan desapercibidas para la cultura porque no son ornamentales, cazaban mucho con el nombre y concepto de nuestra primer colección de libros, que se llama Micra, dedicada precisamente a las cosas minúsculas, o a las cuestiones que a pesar de no esta de moda, son sumamente importantes para el ser humano”.

Tras editar y sumergirse en este texto sus editores intentan nutrirse de la perseverancia, astucia, belleza de las flores, sumado a su capacidad para resistir al ser humano. “Ellas siguen dándonos lecciones, a pesar de que todos los días las pisemos y las erradiquemos, las envenenemos o acabemos con su entorno”, expresó Sosa.

Las imágenes fueron tomadas con un microscopio electrónico. Foto: Silvia Andrade, cortesía Zopilote Rey

“Las flores se parecen mucho a nosotros, pues a pesar de su fragilidad, tienen una gran fuerza de voluntad. Han sido muy importantes para las culturas prehispánicas o para las comunidades que se dedican al cultivo artesanal de flores en diversos pueblos de Oaxaca, por ejemplo. No sólo nos dan de belleza, sino que nos ayudan a sobrevivir de diversos modos”, agregó la editora.

La inteligencia de las flores forma parte de Micra, la primera colección de de libros de Zopilote Rey que ya prepara el segundo volumen, el cual estará dedicado a los insectos en la cultura mexicana. La idea de este equipo formado por los editores Karina Sosa y Guillermo Santos; una directora de relaciones públicas, Frida Castañeda; y el diseñador editorial, Axel Alarzón, es crear una colección dedicada a ensayistas jóvenes y una colección para niños.

La inteligencia de las flores nos recuerdan lo mucho que debemos a las plantas. Foto: Silvia Andrade, cortesía Zopilote Rey

El libro se puede adquirir en la librería “La Murciélaga” (Av. Cuauhtémoc 838, Narvarte Poniente, Ciudad de México), en Casa Tomada (Pachuca 146-a, Colonia Condesa), además su tienda en la plataforma Kichink.

Zopilote Rey compartió con los lectores de Puntos y Comas un fragmento del texto de Maurice Maeterlinck que a continuación puedes leer:

LA INTELIGENCIA DE LAS FLORES
Maurice Maeterlinck

[ I]

QUIERO simplemente recordar aquí algunos hechos conocidos por todos los botánicos. No he realizado ningún descubrimiento, y mi modesta aportación se reduce a algunas observaciones elementales. No tengo, es inútil decirlo, la intención de pasar revista a todas las pruebas de inteligencia que nos dan las plantas. Estas pruebas son innumerables, continuas, sobre todo entre las flores, en las que se concentra el esfuerzo de la vida vegetal hacia la luz y hacia el espíritu. Si se encuentran plantas y flores torpes o desgraciadas, no las hay que se hallen enteramente desprovistas de sabiduría y de ingeniosidad. Todas se aplican al cumplimiento de su obra, todas tienen la magnífica ambición de invadir y conquistar la superficie del globo, multiplicando en él hasta el infinito la forma de existencia que representan. Para llegar a ese fin tienen que vencer, a causa de la ley que las encadena al suelo, dificultades mucho mayores que las que se oponen a la multiplicación de los animales. Así es que la mayor parte de ellas recurren a astucias y combinaciones, a asechanzas que, en cuanto a balística, aviación y observación de los insectos, por ejemplo, precedieron con frecuencia a las invenciones y a los conocimientos del ser humano.

[II]

SERÍA superfluo trazar el cuadro de los grandes sistemas de la fecundación floral: el juego de los estambres y del pistilo, la seducción de los perfumes, la atracción de los colores armoniosos y brillantes, la elaboración del néctar, absolutamente inútil para la flor y que esta no fabrica sino para atraer y retener al libertador extraño, al mensajero de amor: mosca, abejorro, abeja, mariposa o falena, que debe traerle el beso del amante lejano, invisible… Ese mundo vegetal que vemos tan tranquilo, tan resignado, en que todo parece aceptación, silencio, obediencia o recogimiento es, por el contrario, aquel en el que la rebelión contra el destino es la más vehemente y la más obstinada. El órgano esencial, el órgano nutricio de la planta, su raíz, la sujeta indisoluble- mente al suelo. Si es difícil descubrir, entre las grandes leyes que nos agobian, la que más pesa sobre nuestros hombros, respecto a la planta no hay duda: es la que la condena a la inmovilidad desde que nace hasta que muere. Sabe mejor que nosotros, que dispersamos nuestros esfuerzos, contra qué rebelarse ante todo. Y la energía de su idea fija, que sube de las tinieblas de sus raíces para organizarse y manifestarse en la luz de su flor, es un espectáculo incomparable. Tiende toda entera a un mismo fin: escapar hacia arriba a la fatalidad de abajo, eludir, quebrantar la pesada y sombría ley, libertarse, romper la estrecha esfera, inventar o invocar alas, evadirse lo más lejos posible, vencer el espacio en que el destino la encierra, acercarse a otro reino, penetrar en un mundo moviente y animado. ¿No es tan sorprendente que lo consiga, como si nosotros lográsemos vivir fuera del tiempo que otro destino nos señala, o introducirnos en un universo eximido de las leyes más pesadas de la materia? Veremos que la flor da al hombre un prodigioso ejemplo de insumisión, de valor, de perseverancia y de ingeniosidad. Si desplegásemos nuestras energías en levantar las diversas necesidades que nos abruman, por ejemplo, las del dolor, de la vejez y de la muerte, sin duda, ese esfuerzo sería equivalente al que lleva a cabo la más pequeña flor de nuestros jardines.

[III]

ESA necesidad de movimiento, ese apetito de espacio, en la mayor parte de las plantas se manifiesta a la vez en la flor y en el fruto. Se explica fácilmente en el fruto o, en todo caso, no revela en él más que una experiencia, una previsión menos compleja. Al revés de lo que sucede en el reino animal, y a causa de la terrible ley de inmovilidad absoluta, el primero y el peor enemigo de la semilla es el tronco paterno. Nos encontramos en un mundo extraño, en el que los padres, incapaces de cambiar de sitio, saben que están condenados a matar de hambre o sencillamente de ahogar a sus vástagos. Toda semilla que cae al pie de un árbol o de una planta estará perdida o germinará en la miseria. De ahí ese inmenso esfuerzo para sacudirse el yugo y conquistar el espacio. De ahí los maravillosos sistemas de diseminación, de propulsión, de aviación, que en todas partes encontramos en el bosque y en el llano; entre ellos, por no citar más que algunos de los más curiosos: la hélice aérea del arce, la bráctea del tilo, la máquina de cernirse del cardo, del diente de león y del salsifí; los resortes explosivos del euforbio, la extraordinaria surtidora de la momórdiga; y mil otros mecanismos inesperados y asombrosos, pues puede decirse que no hay semilla que no haya inventado algún procedimiento particular para evadirse de la sombra materna. El que no haya practicado un poco la botánica no puede creer el gasto de imaginación, de ingenio, que se hace en esa verdura que regocija nuestros ojos. Observemos, por ejemplo, la bonita olla de semilla de la anagálide roja, las cinco válvulas de la balsamina, las cinco cápsulas con disparador del geranio. No dejemos de examinar, si tenemos la ocasión de hacerlo, la vulgar cabeza de adormidera que se encuentra en todas las herboristerías. Hay en esa buena cabeza una prudencia y una previsión digna de los mayores elogios. Se sabe que encierra millares de semillas negras sumamente pequeñas. Se trata de diseminar esa semilla lo más hábilmente y lo más lejos posible. Si la cápsula que la contiene se agrieta, se cayese o se abriese por debajo, el precioso polvo negro no formaría más que un montón inútil al pie del tallo. Pero no puede salir sino por aberturas practicadas encima de la cáscara. Esta, una vez madura, se inclina sobre su pedúnculo y, al menor soplo de aire siembra, literalmente, con el gesto mismo del agricultor, la semilla en el espacio. ¿Hablaré de las semillas que prevén su diseminación por los pájaros y que, para tentarlos, se acurrucan, como el muérdago, el enebro, el serbal, en el fondo de un envoltorio azucarado? Hay ahí tal razonamiento, tal inteligencia de las causas finales, que no se atreve uno a insistir por temor de renovar los cándidos errores de Bernardino de Saint-Pierre. Sin embargo, los hechos no se explican de otra manera. El envoltorio azucarado es tan inútil para la semilla como el néctar —que atrae a las abejas— lo es para la flor. El pájaro se come el fruto porque es dulce y se traga al mismo tiempo la semilla, que es indigestible. El pájaro vuela y devuelve poco después, tal como la recibió, la semilla desembarazada de su vaina y dispuesta a germinar lejos de los peligros del lugar natal.