Este libro multifacético compuesto por reseñas, crónicas, relatos y ensayos, es ante todo una declaración de amor por la vida, el periodismo, la literatura y el lenguaje en el que están presentes la mirada y la identidad de la autora.

Al mismo tiempo es testimonio fiel de una realidad con frecuencia absurda; una denuncia, un grito, un manifiesto y un cuestionamiento de la cotidianidad del mundo circundante; pero también es una invitación a la solidaridad y la empatía entre unos y otros.

Por Ernestina Yépiz

Ciudad de México, 3 de octubre (SinEmbargo).- Cien alas es un libro escrito con la pasión y la curiosidad —la mirada adolescente— que la autora despliega sobre todo lo que ve y la seduce. El contenido de las poco más de doscientas treinta páginas que conforman este volumen da cuenta de la sensibilidad e intuición de una escritora periodista que apuesta por volver invisible —abatir— la a veces delgada línea que suele separar literatura y periodismo. Ella transita y tiende puentes —vasos comunicantes— entre un territorio y otro.

Cien alas (editorial Intidrinero, 2020) es también un libro en que los diferentes textos que lo integran se abrazan los unos a los otros y pasan de una página a la siguiente como si danzaran sobre el papel. Después de todo, María Julia Hidalgo López —la autora— es una maestra en el arte del bailar y tal vez se deba a eso la armónica y magistral puntuación que nos ofrece en cada uno de los retratos —hablados, por supuesto—, las reseñas, las crónicas, los relatos y los ensayos aquí reunidos.

Cien alas es asimismo un libro variado y multifacético en el que están presentes las obsesiones, los sueños, la mirada, la memoria y la identidad de la autora; quien bajo ningún argumento está dispuesta a mantenerse al margen o indiferente a las exigencias de un mundo vulnerable en exceso y en constante transformación: tanto que parece escapársenos de las manos y toda escritura no es más que una forma de aprehenderlo, de no dejar que se escape. Al menos no por completo.

Cien alas es ante todo un libro que merece ser leído como una declaración de amor por la vida —la propia y la de los otros—; la amistad, el periodismo, la literatura, el lenguaje, las palabras; y al mismo tiempo como testimonio fiel de una realidad que con frecuencia —más de la que nos gustaría— nos resulta absurda y asfixiante en extremo.

Es decir, Cien alas es un testimonio, una denuncia, un grito, un manifiesto, un cuestionamiento y un poner en entredicho la cotidianidad del mundo circundante; pero al mismo tiempo es —claro está— una invitación a la solidaridad, la amistad y la empatía entre unos y otros. El libro, aunque es uno solo, está dividido en varios apartados: personajes, reseñas, crónicas, relatos y ensayos.

En las primeras cuarenta páginas, encontramos los retratos —trazados casi a lápiz: hechos de palabras— de diferentes personajes que forman parte del álbum familiar y emocional de quien los escribe. En lo personal disfruté mucho el que alude a la figura materna y a esos días en que todo parecía tan simple y la felicidad podía amasarse entre las manos o al menos rozarse con la punta de los dedos. Un acto de confesión, en donde la madre es ese dios que contra viento y marea nos protege y reconforta tan amorosamente que todo peso se evapora y el acto de vivir se vuelve más ligero y por lo tanto, absoluto.

Además de la figura materna, describe también a seres humanos que le resultan empáticos y entrañables; entre ellos están dos hombres que por largo tiempo la han acompañado en su quehacer periodístico y literario: Óscar Manuel Quezada y Felipe Garrido. Ambos, trazo a trazo, son delineados en estas páginas.

Pero no quiero dejar de mencionar que aquí encontramos también a Nelson Mandela, Carlos Monsiváis, Gabriel García Márquez, entre algunos otros. El bloque cierra con un retrato de nuestro siempre querido y entrañable Javier Valdez (periodista asesinado en una calle de Culiacán, Sinaloa, el 15 de mayo de 2017).

En las páginas siguientes, la autora nos ofrece una serie de reseñas, en las que nos damos cuenta que una pregunta es casi siempre un pretexto para iniciar una conversación con obras y autores por los que supongo ella siente especial predilección. La lista es larga por lo que citaré solo algunos títulos y nombres: Kafka y la muñeca viajera, de Jordi Sierra; Ciudades desiertas, de José Agustín; Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace, en donde nos invita a embarcarnos en el mismo crucero en que el autor se embarcó para escribir su crónica.

Destaca también Rayuela, de Julio Cortázar; La historia interminable, de Michael Ende; Los enamoramientos, de Javier Marías; El desorden de tu nombre, de Juan José Millás; Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; y claro no podían faltar Los diarios, de Anaïs Nin. Entre tantas otras obras y autores a los que nos llevan las Cien alas de María Julia Hidalgo.

Si continuamos avanzando en la lectura vamos a encontrar la sección de relatos, en los que casi todos tienen como escenario la seductora y generosa, pero también a veces cruel e insensible Ciudad de México, en la que pueden suscitarse las situaciones más absurdas y contradictoriamente cotidianas; son estas las que atraen precisamente la mirada de nuestra cronista: una boda sin novios, hijos que no quieren a la madre, madres que renuncian a los hijos, esposas que abandonan a sus maridos y viceversa; entre otras muchas temáticas que tienen que ver con los deseos y las pasiones de hombres y mujeres en constante búsqueda de sí mismos y jamás satisfechos.

Nos toparemos con un breve apartado conformado por cuatro crónicas de acontecimientos que han marcado la vida de la autora y de la ciudad en la que habita, que nos hacen recordar nuestra vulnerabilidad y condición de efímeras criaturas.

Ya en la parte de textos ensayísticos, que se distinguen por un tono no exento de cierto desasosiego e ironía, en los que lo cotidiano se nos muestra como absurdo y no tenemos más opción que estar de acuerdo con la autora, quien lo único que hace es quitar los velos —a veces invisibles— con los que se maquilla esa realidad que no siempre queremos o podemos ver; y que casi sin darnos cuenta, habitamos.