Tomando como punto de partida el célebre ensayo de George Orwell, Por qué escribo. Cosas que no quiero saber, la autora británica se centra en el propósito político e impulso histórico de la escritura. Además, esta «autobiografía en construcción», como ella misma denomina a su obra, es un relato de la feminidad como libertad y no como castigo.

Por Graciela Manjarrez

Ciudad de México, 3 de octubre (LangostaLiteraria).- En el capítulo XXII del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha que cuenta “De la libertad que dio Don Quijote a muchos desdichados que mal de su agrado los llevaban donde no quisieran ir”, el Caballero y Escudero cervantinos se topan con doce hombres que van “ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro, por los cuellos”.

Fiel a sus principios, Don Quijote detiene la marcha de estos desdichados y pregunta uno a uno por su desgraciada suerte. Entre los “enamorados”, “canarios”, “hechiceros”, “corredores de oreja” va Ginés de Pasamonte o Ginesillo de Parapilla, como los guardas lo llaman despectivamente.

A raíz de esta confusión, de cómo nombrar a este galeote, atrevido y bellaco, tiene lugar en la novela una de las discusiones más agudas (y brevísimas) acerca del género autobiográfico, pues mientras Pasamonte asegura que frente a su autobiografía “es un mal año para Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren”; Don Quijote cuestiona cómo se puede escribir la propia vida cuando ésta aún no ha terminado.

Es decir, ¿tiene alguna finalidad contar una historia inacabada o hay que esperar hasta el final para poder encontrársela?

Deborah Levy (Johannesburgo, 1959) despacha esta cuestión planteada mucho tiempo atrás por Cervantes en Cosas que no quiero saber, el primer volumen de su trilogía Autobiografía en construcción. Tal como Jerónimo de Pasamonte, Levy hace un recuento de las experiencias vividas desde su natal Johannesburgo hasta su posterior exilio en Reino Unido (narra una historia inacabada en concepción de Don Quijote), sin embargo, a diferencia del galeote, lo que a la autora sudafricana le importa no es construir un rosario de cuentas anecdóticas o vivencias jocosas; sino cimentar, a partir de éstas, una poética que explique, en términos de escritura y especialmente de identidad, lo pasado, lo presente y sustente el futuro.

Para tal efecto, Levy toma como punto de partida el célebre ensayo de George Orwell, Por qué escribo. Cosas que no quiero saber, estructurado a partir de los cuatro motivos que su autor plantea como principio de escritura: 1. Egoísmo absoluto, 2. Entusiasmo estético, 3. Impulso histórico, 4. Propósito político.

Si bien Deborah Levy no sigue este orden en su libro, sí reflexiona sobre lo propuesto por Orwell. En particular, Propósito político e Impulso histórico cimientan esta poética de vida y de escritura de la autora, pues quiere “mirar las cosas tal y como son” y alterar “la idea de otra persona sobre la clase de sociedad por la cual hay que luchar”, según lo propuesto por el escritor inglés en su ensayo.

En Impulso histórico, la autora narra en paralelo los horrores de vivir en un país gobernado por el racismo y la discriminación, y la incapacidad de poder hablar alto. ¿Quién quiere hablar fuerte si termina encarcelado o con una marca escarlata estampada en la frente o con marcas violáceas en las piernas o las nalgas? Deborah Levy niña tiene que lidiar con la ausencia del padre, preso político por ocho años.

Pero también con la incomprensión del separatismo de espacios exclusivamente para blancos; con la retórica cotidiana que designa/denigra al que manda y al que obedece; con los letreros en las casas de “Respuesta armada” que permite matar, sin reparos y bajo el alegato de “en defensa propia”, a la gente de color; con el deseo de ser una muñeca plástica porque el plástico no siente; con el yugo de la Madrina Dory y el periquito enjaulado Billy Boy, que le agudizan la mirada irónica y el sentimiento de asfixia y el sin sentido del mundo.

Una de las riquezas de la prosa de Levy son las metáforas, analogías, comparaciones que construye a lo largo de Cosas que no quiero saber y que hacen comprensible lo incomprensible o critican duramente a través de la ironía lo más cercano o crean empatía con la vulnerabilidad de la niña, la adolescente, con la Deborah Levy mujer. La liberación del periquito enjaulado Billy Boy no es más que el deseo (in)consciente de libertad para un padre preso y para Zama y para Víctor y para Melissa y su nave espacial y para Ajay y para Deborah misma. Las figuras de plastilina que moldea con Sor Joan no tienen el fin de hacerla aprender un alfabeto, sino ejercitarla en el hablar claro y fuerte para expresar sus deseos, sus inconformidades… en suma, para habitar este mundo atroz.

Hace unos días la periodista Daniela Rea se preguntaba en alto ¿qué se necesita para que nazca una voz? Las respuestas fueron diversas: tomar clases de canto, un nido o espacio de confianza, la escucha atenta, respiración y soplo. Deborah Levy en su cuaderno Polonia 1988 anota que para que la voz fuerte de una mujer nazca se necesita sentir el derecho de manifestar algo, pero siempre hay una duda cuando se desea. Entonces, la lucha diaria consiste en derrotar a esa vacilación para que ese interés (y derecho) de habitar el mundo no perezca. De ahí la autobiografía en construcción.

Desde esa “pequeña” victoria cotidiana, derrotar la duda, Levy puede hablar duramente sobre una maternidad diseñada por el patriarcado. En franco diálogo con Duras, Beauvoir y Kristeva, Deborah Levy reflexiona sobre la muerte de la mujer y el nacimiento de la madre: “nos habíamos metamorfoseado […] en alguien que no terminábamos de entender”. De la paradoja que es vivir en un mundo masculino que exige a las mujeres ser pasivas, pero ambiciosas; abnegadas, pero realizadas. “Mujeres Modernas Fuertes” que viven sometidas a todo tipo de humillaciones.

¿Se puede derrotar la duda para que el deseo/derecho de una mujer florezca en un mundo tan hostil? Sí. Levy elige la escritura, en este caso autobiográfica, para que este deseo de decir lo que piensa se escuche y no se quede dentro.

De ahí que el libro abra con una poderosa imagen: Deborah Levy llorando a mares en las escaleras eléctricas… que suben. El deseo que quiere emerger, estar a flote, en la superficie. O los frascos sin tapa de su casa cuando recién llegó a Londres, nadie quiere esconder o taponar lo que se vive o se siente en una vida que recién comienza.

Para mirar las cosas tal y como son, y alterar la idea del otro primero se tiene que encontrar una voz, y eso es lo que Deborah Levy pretende Cosas que no quiero saber, “Autobiografía en construcción”. ¿Vale la pena contar la vida aún cuando ésta no ha acabado? Sí, porque puede animar a otros a buscar ese derecho de alzar la voz.

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