Quien ha cambiado, he sido yo. El silencio ya no me da miedo, tu boca no me parece más un refugio. Esta soledad ya no me sabe a fracaso. Ya no eres la protagonista de mis mejores sueños. Ya no hago piruetas para jugar con nuestros apellidos.

Ya no te busco en los conciertos, ni en las estaciones de metro por las que sé que transitas. No encuentro tu figura en el humo del porro que me estoy fumando, ni en el vapor que genera mi café. Ya no vives en las habitaciones de mi mente, ni yo me hospedo en los hoteles de tu espalda.

Por Sismaí Guerrero Osorno

Ciudad de México, 4 de enero (SinEmbargo).- De pronto apareces en forma de notificación en mi celular y me recuerdas que el año que comienza, será un año sin ti. La verdad es que me siento más viejo, pero eso es porque me ha resultado más pesada tu ausencia que mis propios años.

No sé dónde habrás dejado todas esas promesas que no cumpliste o si aún te duele escuchar mi nombre en la boca de cualquiera. No sé si aún te tiemblan los labios por la culpa de todos los lunes o si ya no hay nadie a quien pagarle esas deudas con un beso. No tengo la certeza siquiera de que sigues existiendo o si es tan sólo mi memoria la que te hace.

De este lado, todo está tal como cuando te marchaste: las calles transitadas por personas que no me interesan, canciones que insisten en nombrarte, textos con tres hielos en un vaso, nostalgias enroladas en un porro, que se consumen por el simple paso del aire. Caricias sin dirección que mendigan un espacio de piel, besos que fueron abandonados a su suerte; esa mala suerte de no encontrarnos nunca por casualidad, la mala suerte de no estar haciendo cosas indecentes bajo los cielos despejados de invierno.

Quien ha cambiado, he sido yo. El silencio ya no me da miedo, tu boca no me parece más un refugio al que decido correr asustado. No me embriago para olvidarte sino para festejar que casi lo he logrado. Y tampoco busco mi autoestima, ésa que tus ojos se llevaron, en la mirada de aquellas mujeres que insisten en mirarme.

Esta soledad ya no me sabe a fracaso. Ya no eres la protagonista de mis mejores sueños. Ya no hago piruetas para jugar con nuestros apellidos. No me duele pensar que, de nuestras raíces, nacerá un nuevo árbol genealógico.

Ya no te busco en los conciertos a los que voy, ni en las estaciones de metro por las que sé que transitas. No encuentro tu figura en el humo del porro que me estoy fumando, ni en el vapor que genera mi café. Ya no vives en las habitaciones de mi mente, ni yo me hospedo en los hoteles de tu espalda.

Ya no platico con la almohada sobre tu desnudez, ésa que puedo ver cuando usas ese vestido negro. Ya no predico tu religión y ya no creo en los milagros de tu boca. Ya no escribo tu nombre en las ventanas húmedas del transporte y ya no suena nuestra canción mientras desperdicio el agua de la ducha.

Ya no me despojo del disfraz de caballero para ver cuánto amor te cabe entre las piernas. Ya no sueño contigo y tampoco te maldigo. No hago más alpinismo en tus montañas, ni exploraciones míticas debajo de tu ombligo. No existen rastros de mi piel atorados en tus uñas, ni pintura roja sobre mis labios.

Ya no somos, ni estamos, ni queremos, ni sentimos. No somos, no nos esperamos y tampoco nos ansiamos.

Lo siento, amor, pero ya no.