porque mover las piernas era conmoverse por el flujo natural de las cosas. Foto: Especial.

te miras al espejo y otra vez no sabes decir qué tanto te hace llorar. si es que estás haciéndote vieja o si es que te has dado cuenta de que no estás muerta de amor. si es lo primero, bueno, notarse pliegues de más en las comisuras de los párpados no tiene remedio –aunque parezca; y si es lo segundo, vaya, tampoco hay remedio.

pero bueno, vayamos al principio porque esta historia acaba contigo hablándole, frente al espejo, a la nada. te agarraste un par de trabajos que solucionaban lo esencial: comida, una cama en un cuarto compartido y vino en tetrapak. la hacías de camarera en un hostal por las mañanas y por las tardes te ibas a mover las piernas: manejabas una bicicleta que era un taxi y te andabas en un radio de 4 kilómetros transportando todo tipo de pasajeros: borrachos que te urgían llevarlos al casino de estríperes, niños revoltosos, amantes que se decían palabras tristes, adolescentes casquivanos, turistas que fotografiaban edificios sin alma, solitarios salvajes.

pero de pronto pasaba que te comprabas un papalote y un boleto de autobús con destino a la costa y allá pasabas el día con los pies sumergidos en el mar, volando en el cielo –lo más alto que pudieras– ese esqueleto de caña, plástico y colores chillantes (con que esto se siente ser cometa, te decías); la cosa es que de pronto hacías eso y también leías a Palahniuk. nunca supe, de verdad, qué te gustaba tanto de su escritura, si su superioridad moral o el morbo que te despertaba el hecho de que no supiera amar. yo no te encontraba nada como él, pero tú, lombriz amante de la prosa descuidada, siempre dijiste que uno lee los mundos donde cree pertenecer.

pero sí, pasara lo que pasara, volvías a la ciudad a mover las piernas. sudabas a chorros. te ardían los muslos. te nacían nudos en los dorsales de la espalda y se te contraían los músculos de las pantorrillas. a veces, incluso, te dolía la piel. pero eras feliz.

porque aprendiste a sentir la vida.

porque mover las piernas era conmoverse por el flujo natural de las cosas. del destino y las estrellas muertas. de la nada suspendida allá, años luz, sin nadie que la escuche.