Esta no es sólo la historia de Wilco, una de las bandas estadounidenses más influyentes y admiradas de los últimos años: es la historia de amor entre Tweedy y la música a lo largo del tiempo y de cómo ésta lo ha transformado, como guía perpetua, contra viento y marea.

El artista revela su vida tras bambalinas, llena de obstáculos y desencuentros. Además aborda con naturalidad sus problemas de adicción, que lo llevaron a internarse en una clínica de rehabilitación, y las discordias con otros miembros de la banda.

Ciudad de México, 4 de abril (SinEmbargo).- El camino hacia la consagración de Jeff Tweedy, fundador de la banda Wilco, está lleno de obstáculos, desencuentros, depresiones y problemas con las drogas, pero también de un inmenso amor a la música como guía perpetua, contra viento y marea, desde los tempranos días adolescentes en el Medio Oeste hasta la asentada madurez de estrella de la música independiente en paz consigo misma y con su obra, un satisfecho padre de familia que mira atrás sin ira.

Con franqueza, cercanía y un humor que a veces se tiñe de nostalgia y melancolía, Tweedy nos narra todos los hitos importantes de su peculiar vida: su infancia en Belleville, sus visitas devotas a las tiendas de discos, el descubrimiento del punk, las primeras amistades con el rock como catalizador, y el nacimiento y traumático fin de su primer proyecto, la banda de culto Uncle Tupelo, que desembocó en la posterior fundación de Wilco.

El artista revela lo que ha ocurrido tras bambalinas, abordando con naturalidad los problemas de adicción, que lo llevaron a internarse en una clínica de rehabilitación, o las discordias con otros miembros de la banda que en su momento fueron esenciales, como el ya fallecido Jay Bennett.

A continuación, SinEmbargo comparte, en exclusiva para sus lectores, un fragmento de Vámonos [para poder volver]. Acordes y discordias con Wilco, libro realizado por el propio compositor, músico y poeta norteamericano Jeff Tweedy. Cortesía otorgada bajo el permiso de Sexto Piso.

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INTRODUCCIÓN

Nadie quiere comerse los ojos del gato. No soy una persona especialmente supersticiosa, pero lo entiendo. Si aparece misteriosamente un pastel red velvet con el retrato glaseado de un gato en el backstage en medio de la gira, y después inexplicablemente reaparece la noche siguiente, y cinco días y dos ciudades más tarde el pastel sigue ahí, con uno o dos trozos cortados, pero la cara del gato y los ojos están casi intactos, no creo que sea irracional ser cauteloso. ¿Y si es un pastel maldito? Seguramente no lo sea, pero nadie en la banda se hace responsable de él, ni se explica cómo nos ha seguido hasta aquí, así que ya no puedo descartar la posibilidad de que sea una especie de postre sobrenatural.

Estoy en el vestuario del Kings Theatre de Brooklyn, sentado en un sofá, rasgueando la guitarra sin pensar y evitando establecer contacto visual con el pastel del gato. Nels Cline, el guitarrista de mi banda, Wilco, se ha ofrecido con valentía a ser el primero de nosotros en probar un bocado.

–No sabe para nada como el disco –anuncia.
Eso me tranquiliza.

El gato del pastel es el mismo gato persa blanco que aparece en la portada de nuestro álbum de 2015, Star Wars. O tal vez sea un británico de pelo largo. No sé mucho de gatos. Es también el mismo gato de un cuadro que hay en la cocina del Loft, el estudio de Chicago que ha sido nuestra segunda casa desde el año 2000. Es un cuadro fascinante. El gato está sentado sobre un cojín de terciopelo negro, delante de un jarrón lleno de rosas pálidas ¿Quién pone a posar a un gato así? Es ridículo. La expresión del gato no es la típica mirada felina mezcla de desprecio y de aburrida indiferencia. Este gato tiene una expresión que parece querer decir: «Soy Coco. Soy tu nuevo dios». Todos los gatos son arrogantes, pero creo que éste lo es en grado superlativo.

Desde que lanzamos el álbum, hemos ido descubriendo que hay reproducciones de este mismo cuadro colgadas en las paredes de las casas de algunos padres y abuelos de nuestros seguidores. Así que fue algo inesperado, aunque agradable y asombroso, que pudimos ofrecerles como bonus a algunos fans con suerte. Hemos intentado dar con la artista (y con ese «hemos» me refiero a Mark, mi amigo y gerente de estudio, que también hizo la primera maqueta de la portada). Está firmado por una persona llamada Tamara Barett, pero nadie con ese nombre reclama la autoría del retrato del gato. Contactamos con media docena de Tamaras Baretts, con la esperanza de que alguna de ellas se atribuyera el mérito, ninguna de ellas sabía nada. Incluso intercambiamos correos electrónicos con Tamara Burnett, una retratista de mascotas cuyo estilo es casi idéntico al de Tamara Barett. Burnett nos dijo que teníamos a la Tamara equivocada, pero admitió que «se parece a algo que hubiera hecho yo».

Supongo que esperábamos que poner su cuadro en la portada de un álbum podría atraer su atención (la de la verdadera Tamara), al menos lo suficiente para que llamara a un abogado y nos amenazara con denunciarnos por usar su obra sin su permiso. Así podríamos pagarle. Pero no funcionó. No oímos ni pío. (Ni siquiera recibimos noticias de George Lucas, y eso que estaba convencido de que al menos recibiríamos una carta de cese y desistimiento por llamar a nuestro álbum Star Wars. Incluso habíamos pedido un artwork alternativo para poder cambiar el nombre del disco a Cease and Desist en el caso de que se nos echaran encima. Nop. No tuvimos esa suerte).

A estas alturas probablemente te estés preguntando: «¿Va a ser todo este libro así? ¿Se va a pasar casi 282 páginas hablando de cuadros kitsch de gatos?». Tal vez. Es muy pronto para saberlo, la verdad. Siento que no sea lo que esperabas. (Y si sí era lo que esperabas, pues… felicidades, me dejas impresionado).

También puede que estés pensando: «Hablando de gatos, apuesto a que hay una explicación muy profunda e interesante a por qué Wilco puso un gato persa –o puede que británico de pelo largo– en la portada de un álbum». Antes que nada, gracias por suponer eso. Déjame responder a tu pregunta sin responderla en realidad. Como mencioné, tenemos el cuadro del gato en el Loft, adonde los miembros de Wilco y yo vamos a tocar y a veces grabar, por lo que es algo que vemos, si no todos, casi todos los días.

Pero el Loft es un gran espacio con mucho arte. El cuadro del gato está en la cocina, por lo que sólo lo vemos cuando hacemos un pausa para comer o picotear algo, entre las jam sessions. (Sí, así es como hablamos los músicos profesionales. «¿Alguien quiere hacer una jam?». «Por supuesto, hagamos una jam». «¡Pues hagamos una jam!»). En el estudio de grabación, expuestas en una consola, hay fotografías en blanco y negro, enmarcadas y firmadas, de Bob Newhart y Don Rickles. Son el centro de atención de la habitación. Ambas están firmadas A Wilco, pero ya sólo es visible la firma de Don. La firma de Newhart ha desaparecido. No estoy diciendo que se haya borrado. Se ha ido. Esfumado. Su letra ha sido destruida por la fuerza del triste tempo medio del rock. Sé que no es una explicación muy satisfactoria, pero no tengo otra.

Entre los retratos de Newhart y Rickles, hay una foto también increíble (igualmente firmada) de Rich Kelly & Friendship. Si no conoces este conjunto de Nueva Jersey, quiero que hagas algo por mí. Deja este libro, ve al dispositivo más cercano con conexión a internet, entra en YouTube y busca «Rich Kelly & Friendship» y «I’d Like to Teach the World to Sing». Ahora, míralo. Entero. Pero si tienes prisa, salta al minuto 1:35, cuando el bajista se marca un feliz solo de pie. Todo en este video, pero en especial el baile, me hace feliz. Me encanta cómo el guitarrista aparta el pie del micrófono, dando a entender que el gran desmadre de pies felices del bajista está al caer.

Me encanta cómo gritan su nombre cuando acaba, «¡Tom Sullivan!», confirmando una vez más que sí, que eso fue un «solo», y no sólo el momento en el que las pastillas para adelgazar se le subían a la cabeza a Tom Sullivan. Esto no es sólo un video granuloso del mejor baile de salón cuya existencia desconocías hasta ahora. Es puro realismo mágico. Nunca estudié teoría del arte, así que no sé si esto que digo es técnicamente preciso. Pero lo cierto es que me parece realismo mágico: es algo que efectivamente sucedió, y es puta magia.

Esa foto enmarcada de Rich Kelly & Friendship trajeados a juego, apretujada entre los retratos de Don Rickles y Bob Newhart, contribuye al retablo característico del Loft. Incluso se podría considerar la Santísima Trinidad del estudio. No puedes ignorarlo ni pretender que no está ahí, no con todos esos pares de ojos siguiéndote. Sería como entrar en la Iglesia Basílica de Santa Clara de Italia y no reparar en la Cruz de San Damiano. Por supuesto que la ves. ¡Es un crucifijo enorme e históricamente significativo en la pared! Ésa es la misma sensación que queremos que la gente tenga cuando entra en el Loft. Contemplas a Bob, Don y Rich como si lo hicieras con la Cruz de San Damiano, con silenciosa reverencia y boquiabierto, sobrecogido por la increíble e inescrutable infinitud del universo.

Eso fue lo que tuvimos ante nuestros ojos cuando hicimos el álbum de Star Wars. Cada canción, cada nota fueron creadas bajo sus benévolas miradas. Recuerdo haber cantado la letra «Orchestrate the shallow pink refrigerator drone»* y, al levantar la vista, pensar que Don Rickles me estaba mirando como si me estuviera diciendo: «¿Un zumbido de un refrigerador rosado? Hombre… ¡estás loco!».

A lo que iba: no hay una razón fascinante o estéticamente enrevesada que explique por qué pusimos un gato en la portada del álbum y lo llamamos Star Wars. El álbum necesitaba un nombre y una cubierta. La pintura del gato podría haber sido fácilmente Don Rickles. Y en lugar de Star Wars, podríamos haberlo llamado Jerry Maguire o E.T. y hubiera tenido el mismo sentido. Sólo estoy intentando contextualizártelo. Es completamente plausible que Wilco hubiera hecho un disco llamado Wrath of Khan con una portada que fuera sólo una foto vieja en blanco y negro de Don Rickles con esmoquin.

Todavía podría suceder.

Para mí es difícil no estar cohibido por muchas razones que espero revelarte más adelante, pero es aún peor escribir un libro sobre uno mismo. Básicamente, eres el personaje principal de tu propia narración. Cómo hacer para no preocuparse, «¿quién me creo que soy?», y «mírate, escribiendo un libro, ni que fueras especial». No es ficción, así que supongo que mi única obligación es decir la verdad. Pero también soy sumamente consciente de que no puedo ser completamente objetivo. No es que pueda darle al personaje principal un defecto fatal que todos sabemos que será la causa de su ruina en el capítulo final. Bueno, a ver, con suerte. Tal vez haya un defecto fatal y soy el único que no lo está viendo. Tal vez esté describiendo un colapso emocional y sea el último en saberlo. De hecho, ése sí que sería un gran libro.

Pero siendo como soy, me resulta muy difícil no suponer que algunos de ustedes simplemente están hojeando las primeras páginas del libro, intentando decidir si vale la pena gastar el dinero que cuesta. ¿Estás seguro de que quieres gastarte veintiocho dólares en un sinfín de capítulos tipo «Esto es lo que me pasó por la cabeza durante el solo de guitarra de tres minutos y medio en “At Least That’s What You Said”»? Como Tuli Kupferberg de The Fugs me dijo cuando lo conocí y le confesé que era mi héroe, «Oy,* son tiempos difíciles para todos». A nadie le sobra el dinero como para derrocharlo en las memorias de un «incondicional» del indie rock que alcanzó un éxito moderado si éste no va a ofrecerle algo lo bastante entretenido.

Voy a revelar algunos spoilers antes de hacerle perder el tiempo a alguien.

1. En este libro aparecen dos tipos diferentes que se llaman Jay.
Necesitarás estar atento para no confundirte. He escrito bastante extensamente sobre ellos y algunas veces incluso aparecen en la misma sección. He hecho todo lo posible para dejar claro a quién me refiero cuando escribo Jay, pero, como he dicho, cuidado. No bajes la guardia.

2. No se mencionarán los calmantes recetados.
Si elegiste este libro buscando historias de drogadictos y sobre mi adicción a los opiáceos, mala suerte. Quiero dejar esos años atrás. Y francamente, tampoco hay mucho que contar. Cuando tomas mucho Vicodin, tu vida no es una incesante mesa redonda de Algonquin. Hay una gran cantidad de insensibilidad y mucha tristeza por no poder sentir. Eso es todo.

Dejémoslo así: tuve algunos problemas de adicción que luego superé. Todos estamos bien ahora. ¡Gracias por preguntar! Ah, y las canciones que escribí durante ese período son sólo exploraciones musicales de lo feliz que era en ese momento. Pido disculpas si ha podido haber algún malentendido.

3. Esta última parte es broma.
Por Dios, por supuesto que voy a escribir sobre las drogas. Te estaba tomando el pelo. ¿Habrías creído a Keith Richards si hubiera arrancado sus memorias diciendo: «Escuchen, chicos, cuanto menos cuente sobre mis experiencias con la heroína, mejor. Preferiría centrarme únicamente en describir lo que supone ser abuelo»?

4. Ojalá este libro se centrara en The Raccoonists.
Si no conoces a The Raccoonists, no sé cómo te atreves a llamarte fan. ¿Cómo puede ser que no hayas oído hablar de la banda que formé con mis hijos, Spencer y Sammy? Oficialmente, sólo publicamos una canción, «Own It». La incluimos como cara B en un vinilo de siete pulgadas, un split con Deerhoof. También grabamos el material de un álbum completo, incluyendo algunas de las mejores versiones de George Harrison, Teenage Fanclub y Skip Spence que jamás haya cantado un chico de quince años.

(Personalmente creo que una letra como «Un ojo cortado satisfaría mi alma, debo confesar» suena más convincente cuando la canta un chico que no ha hecho la tarea). Todavía no hemos publicado nada de eso, porque la misión musical de The Raccoonists consiste en ser lo más enigmáticos posible. Es como esas estrofas de la canción de Wilco, «The Late Greats»: «Tan bueno que nunca lo sabrás / Nunca lo oirás en la radio». Éste podría ser un libro sobre The Raccoonists. No lo es. Ni un poco siquiera. Pero podría serlo…

La única razón por la que he escrito este libro es porque quería contar la historia del mejor trío de rock –yo a la guitarra, acompañado de un baterista adolescente y un vocalista apenas adolescente–, que nunca lanzó un álbum oficialmente, ni fue de gira, y al que nadie oyó tocar nunca fuera de los cuatros muros del sótano donde ensayamos: casi nadie ahí fuera sabía de nuestra existencia.

Tenía la intención de que fuera como el libro de Michael Azerrad, Nuestra banda podría ser tu vida, pero sin hablar tanto de bandas como Black Flag y Minutemen, y sí mucho más de The Raccoonists. Hubiera compartido todos los detalles escandalosos, como que el nombre original de la banda era The Rockingest, pero no entendí a Spencer y pensé que decía The Raccoonists, y dije: «Ése es el mejor nombre de banda que he escuchado nunca», y él no me lo discutió, así que tiramos para delante con The Raccoonists, aunque se podría decir que The Rockingest es mejor nombre.

Me hubiera gustado contar la historia del momento en que casi nos separamos porque era muy tarde y al día siguiente había que ir a clase, y Susie dijo: «Tienes que parar ahora. No me hagas ser la bruja aquí. Jeff, diles que se pongan el pijama». Y tenía la intención de explicarles, hasta el último detalle, cómo fue el final de The Raccoonists, cuando Spencer nos dijo: «Voy a ir a la universidad», y Sammy y yo dijimos: «¿En serio? ¿Así es cómo termina? ¿Et tu, Spencer?».

Pero luego la banda Tweedy surgió de sus cenizas cual ave fénix, y más tarde hicimos una gira por Japón, y llegó Sammy y lo convencimos para cantar «Thirteen» en los conciertos de Tokio y Osaka, y parecía como una mini reunión de The Raccoonists, con la salvedad de que a nadie parecía importarle, porque aparte de esa cara B en ese siete pulgadas antes mencionado, nadie sabía que The Raccoonists había sido una banda de verdad. Lo cual hizo que fuera más rollo «Late Great», aunque esa canción (no puedo enfatizar esto lo suficiente) no habla en absoluto de The Raccoonists. Bueno, eso es de lo que yo quería escribir. Pero mi editorial siguió editándolo y yo seguí colándolo discretamente, y entonces comenzaron a usar palabras como «denunciable» si me obcecaba en escribir sobre la banda con mis hijos, obviando el resto de bandas en las que estoy o he estado.

Quince minutos antes del concierto en The Kings, el estado de ánimo en el backstage es como el de un pícnic de verano. Han acompañado afuera a todas las personas ajenas a la banda e invitados y quedamos sólo los chicos y yo, charlando, picando algo de comer y trasteando con los instrumentos. Todavía tengo en mente a David Bowie, así que veo si puedo sacar «Space Oddity».

Poco a poco, los demás comienzan a unirse, sosteniendo las guitarras y pidiéndose los unos a los otros cambios de acordes, cantando armonías, o simplemente tocando la batería en cualquier superficie plana que esté a mano. Cualquier cosa para contribuir. Es así de orgánico y natural. Nadie dice: «Toquemos algo de Bowie». Comienza con una nota, que a ciegas se topa con una melodía reconocible, y luego, poco a poco, se transforma en una canción. Es como la escena de la cafetería en «Fame». El almuerzo caliente «David Bowie» está servido.

Ésos son los mejores momentos de las giras con Wilco. Lo que hacemos en el escenario significa mucho para todos nosotros, pero cuando somos sólo la banda en una sala, sin público, nosotros seis, y redescubrimos una canción juntos, sin otro afán que ver si podemos hacerlo, ahí es cuando estamos más agradecidos de poder hacer lo que hacemos. Esos momentos nos recuerdan, más que ningún otro, qué fue lo que nos llevó a querer hacer música por primera vez. La música es magia.