Y aunque parezca cosa imposible, una se acostumbra. A ver un cepillo de dientes. A dormir sobre una almohada al centro de la cama. A que no suene el teléfono. Al amontonadero de sentimientos. Foto: Tom Cowey.

Dicen que es un fenómeno entre árboles porque sucede que no se tocan entre sí. Con minúsculo éxito, la timidez del dosel arbóreo intenta explicarse con teorías sobre ventaja evolutiva, sensibilidad al contacto con otras ramas y demás invenciones o estudios —o como le llamen— desmembrados en textos científicos.

Se me ocurre que en los humanos pasa algo similar cuando decidimos desenredamos de otro cuerpo. Nos gusta pensar que, de pronto al estar solos, alcanzamos más rápido el cielo. Pasa que, al no tocarnos, el mundo antes compartido se vuelve distante: un invento bíblico: un bobo malabar de amantes lejanos.

Y aunque parezca cosa imposible, una se acostumbra. A ver un cepillo de dientes. A dormir sobre una almohada al centro de la cama. A que no suene el teléfono. Al amontonadero de sentimientos. A la ausencia. Al frío.

Pasa que una se acostumbra a muchas cosas. Incluso a decir que si alguno se va, es para volver con más fuerza. Pero ni se vuelve ni se anda con fuerza. Una se acostumbra a mentir y hablar de coraje. Luego llega el olvido. La nada.

De mí se dijo que, con el corazón hecho trizas, huí a una isla polinesia. Que apenas se asomaba el sol, corría a lo más alto de la montaña a estallar en llanto; que desde allá arriba, hipnotizada por tanta belleza y dolor, se me disolvía el quebranto en los pliegues de la arena del Pacífico.

Se me ocurre que en los humanos pasa tal como en los árboles: no solo las ranuras de la timidez (esas separaciones que, desde abajo y a contraluz, simulan ríos azules) son parte de la realidad. También está la abundancia de los vínculos que solo existe por debajo. En las raíces que se besuquean en silencio y fuera de nuestra vista. Esa forma de amor que anda todo el camino a través de la tierra.