“Las investigadoras reportaron que la vida en la cárcel se reproducía cíclicamente, año con año, y los internos planeaban muchas de sus actividades en ese plazo (incluso los ciclos de depresión o de hipersensibilidad se repetían cíclicamente), así que llegamos a la conclusión de lograr que en un año pudieran terminar su secundaria”. Foto: Nacho Ruiz, Cuartoscuro

TERCERA ENTREGA

Durante mi trabajo con los internos del Cereso de Juárez entre 2002 y 2004, pudimos identificar, además de las coincidencias en sus trayectos de vida, algunas conductas comunes que nos acercaron a definir el perfil del joven que está por decidir entre vivir dentro de la legalidad o buscar la vida fuera de ella.

Se observó la carencia de una rutina cotidiana; al estar sin obligaciones escolares suelen levantarse a diferentes horas de la mañana y pueden salir a la calle muy temprano o quedarse hasta mediodía en su casa; cuando salen, al no tener una agenda de actividades, están listos para aceptar cualquier invitación de sus amigos a realizar cualquier tipo de actividad, sobre todo si la actividad a la que se les invita es una actividad placentera.

Esta circunstancia personal se agudiza entre los 15 y 17 años, la edad en la que suelen ser reclutados por los grupos delictivos, que les ofrecen ingresos sin necesidad de ajustar su trabajo a un horario fijo (para los que se unen a los grupos, muchas veces su labor acaba siendo estar disponibles a la hora que los jefes los requieran).

De ahí nació la necesidad de incluir en el modelo de intervención actividades rutinarias y una hora fija para presentarse en un sitio determinado; además, como un primer hallazgo fue la necesidad de ofrecerles certificarse de secundaria, establecimos un sistema escolarizado con horas de entrada y de salida fijas. El siguiente paso fue determinar las causas por las que habían interrumpido sus estudios, y cómo motivarlos a seguir una rutina propia del sistema escolarizado.

En las historias de vida de los internos encontramos que muchos, más del 60 por ciento, habían intentado volver a la secundaria, sobre todo entre septiembre y enero, aunque otro grupo grande comentó que regresar le parecía un desperdicio de vida; esto nos llevó a concluir que ir a motivarlos mediante pláticas o seminarios sólo los emocionaba pero al estar rodeados por otros jóvenes con su mismo ritmo anárquico se convertían en polvo las buenas intenciones.

Las investigadoras reportaron que la vida en la cárcel se reproducía cíclicamente, año con año, y los internos planeaban muchas de sus actividades en ese plazo (incluso los ciclos de depresión o de hipersensibilidad se repetían cíclicamente), así que llegamos a la conclusión de lograr que en un año pudieran terminar su secundaria. Pero necesitábamos además ofrecer una experiencia motivante a lo largo de ese año, que no sólo los emocionara para tratar de cambiar su vida sino que también representara un proceso liberador de su cotidianeidad circular y que les permitiera diseñar un proyecto de vida de largo plazo.

Vimos entonces que era fundamental que los jóvenes diseñarán un proyecto de vida a largo plazo que abarcara al menos de los 17 a los 18 años, pues datos recopilados indicaban que al llegar a los 20 sin haberse integrado orgánicamente a una pandilla o a una organización delictiva, difícilmente lo harían porque a esa edad ya siguen un objetivo personal derivado de un proyecto de vida articulado con anterioridad. De acuerdo con nuestras deducciones teóricas, ya teníamos algunos elementos indispensables para nuestro modelo: secundaria escolarizada en un año, durante el cual también diseñarían un proyecto de vida a desarrollado en la legalidad.

Cuando empezamos a diseñar en detalle el modelo a proponer seguimos reinterpretando la información levantada entre 2002 y2004; algo que se repetía entre los internos interrogados era que batallaban para preparar su desayuno al salir de la cama, porque sus padres se encontraban trabajando entre las 6 de la mañana y las 5:30 de la tarde, de tal suerte que comían lo que podían conseguir en la calle. Sólo en pocos casos se reportó que no había alimento en el domicilio. Esto nos llevó a la necesidad de incluir dentro de la rutina de trabajo que íbamos a proponer un desayuno sencillo y un buen almuerzo.

En el último curso descubrimos que era buena práctica que los jóvenes junto con algunos de sus maestros prepararan la comida para todo el grupo; eso, añadido a la comida colectiva, le dio mayor consistencia al grupo y lo consolidaba como un colectivo similar a las pandillas y a los núcleos familiares, pero con objetivos diferentes y dirigidos a modificar las construcciones sociales sobre la amistad.

Al trabajar con los internos encontramos que sus valores de socialización, construidos en sus grupos, amistades y pandillas, tenían a la lealtad como requisito indispensable; las investigadoras reportaron que el valor más apreciado entre los internos era la capacidad de encubrimiento y de secrecía, pues la confianza en el silencio de sus compañeros significaba certeza en su vida. Los mejores compañeros para los internos eran sus cómplices y encubridores hasta las últimas consecuencias.

Para los internos la peor conducta de otro individuo es que lo delate ante la autoridad superior; en el interior del penal el mayor insulto que se dirigían entre ellos era de peinetas, es decir delator, ¡incluso era más ofensivo que insultar a la familia! Ser peinetas es el mayor desprestigio que hay entre los miembros de una pandilla o los internos del penal.

En cambio, entre las personas que orientamos nuestra vida dentro de la legalidad lo que más valoramos es la superación; nos reunimos con los compañeros que pueden generarnos algún provecho y establecemos con ellos relaciones de ganar-ganar. Así, advertimos la necesidad de complementar la información académica con la dotación de herramientas psicológicas a los jóvenes que se involucrarían en el primer grupo piloto que planeábamos empezar en septiembre de 2011.

Nuestras premisas, las opiniones expertas y los recuerdos que guardamos de nuestra formación en la adolescencia, nos permitieron concluir que los jóvenes que pretendíamos apoyar lo requerían desde los 12 y hasta los 17 años, y nos llevó a plantearnos la necesidad de modificar los tiempos de trabajo y la distribución del aprendizaje que debíamos ofrecer a los jóvenes. Llegamos a la conclusión de que, para impactar la vida de estos jóvenes, debíamos dedicar 50 por ciento del tiempo disponible al aprendizaje de conocimientos y 50 por ciento a la maduración de la personalidad del joven.

Así nació el concepto de Maduración Asistida.