Nadie se dio cuenta ese día, pero en ese mismo momento estaba naciendo una firme y tenaz activista, que poco después llegaría a reprochar directamente a los principales líderes mundiales su hipocresía en materia de lucha contra el cambio climático.

Ciudad de México, 4 de junio (RT).- El 20 de agosto de 2018, una introvertida quinceañera sueca decidió faltar a clase y sentarse en la plaza de Mynttorget, en Estocolmo, frente a la sede del Parlamento nacional, portando un cartel de cartón manuscrito con un lema tan escueto como explícito: ‘Skolstrejk for Klimatet’ (“huelga escolar por el clima”, en español). Estaba decidida a no volver al colegio y a persistir en esa solitaria huelga hasta que se celebrasen las elecciones generales en su país el 9 de septiembre.

Nadie se dio cuenta ese día, pero en ese mismo momento estaba naciendo una firme y tenaz activista, que poco después llegaría a reprochar directamente a los principales líderes mundiales su hipocresía en materia de lucha contra el cambio climático.

El nombre de la precoz y solitaria manifestante es Greta Thunberg, y nueve meses más tarde ha sido nominada al premio Nobel de la Paz por su contribución a la lucha contra el calentamiento global, a través de un constante trabajo de sensibilización cuya parte más visible han sido los devastadores discursos que ha pronunciado en diferentes foros internacionales al más alto nivel, y en presencia de algunos de los líderes mundiales más relevantes.

DE LA HUELGA SOLITARIA A LA REPERCUSIÓN MUNDIAL

Tras aquel primer periodo de huelga escolar frente al Parlamento nacional en Estocolmo, Greta volvió al colegio, pero desde entonces ha seguido faltando un día a la semana, los viernes, para dejar espacio en su vida a la protesta y al trabajo de concienciación colectiva que la ha convertido ya en todo un fenómeno mediático.

Como ella misma explicó en su cuenta oficial de Twitter, continuaría en huelga hasta que Suecia se alineara con el Acuerdo de París, que pretende limitar las emisiones de gases contaminantes hasta mantener el aumento de la temperatura media del planeta por debajo de los 2 ºC.

Su decisión individual actuó como una semilla que germinaría con vigor y en pocos meses daría lugar a un movimiento estudiantil de proporciones mundiales: el llamado #FridaysForFuture (viernes por el futuro), que se extendió por más de 100 países y el pasado 15 de marzo se manifestó globalmente, en una impresionante demostración de fuerza que permitió calibrar el alcance de la preocupación de los más jóvenes por el cambio climático y sus consecuencias. “No hay planeta B”, advertían los manifestantes, en los más de mil 600 eventos que se programaron para aquel día.

A la luz de la repercusión de su iniciativa personal, no cabe duda de que la perseverancia de la adolescente sueca ha inspirado a enormes cantidades de jóvenes. Su mensaje, siempre cimentado en duros datos científicos y en una mirada cruda y lúcida sobre la debacle ecológica –pero tocado aún por un destello de esperanza–, ha irrumpido con fuerza en el campo de consciencia de las nuevas generaciones.

La influencia de Greta, diagnosticada de síndrome de Asperger –un tipo de trastorno del espectro autista (TEA)–, y aquejada de cierto miedo escénico, no para de crecer, a pesar de las dificultades. La jovencísima activista admite haber padecido “depresiones, desequilibrios emocionales y ansiedad” derivados de su trastorno, pero también reconoce que “nunca” hubiera podido empezar su campaña ecologista de la manera en que lo hizo (en solitario y tan tenazmente) sin esas características personales tan concretas, a las que le gusta referirse como sus “superpoderes”.

A día de hoy, la suya es probablemente la voz que con más atención se escucha en los foros internacionales cuando toca hablar de cambio climático. Y no es una voz adulta, pero es una insistente voz de alarma.

“TIENEN DEMASIADO MIEDO A SER IMPOPULARES”  

Una de sus más impactantes intervenciones tuvo lugar en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2018, celebrada en diciembre en la localidad polaca de Katowice.

“Ustedes sólo hablan de crecimiento económico verde eterno porque tienen demasiado miedo de ser impopulares”, espetó allí mismo a los representantes políticos congregados, a quienes acusó de querer “seguir avanzando con las mismas malas ideas que nos han llevado a este desastre, incluso cuando lo único sensato es tirar del freno de emergencia”.

Poco después, les reprocharía su hipocresía y su incongruencia con otra acusación de gran calado: “Dicen que aman a sus hijos(as) sobre todas las cosas, y sin embargo les roban su futuro ante sus propios ojos”.

“QUIERO QUE ENTREN EN PÁNICO”

Unos meses más tarde, Greta Thunberg habló en el Parlamento Europeo, poco después del incendio de la catedral de Notre Dame, al que alude en su discurso. Sin embargo, el núcleo de su intervención consistía en una durísima advertencia a los líderes mundiales: “Alrededor del año 2030, dentro de 10 años, 259 días y 10 horas, estaremos en una posición en la que se iniciará una reacción en cadena irreversible, que muy probablemente conducirá al final de nuestra civilización tal como la conocemos”.

Las palabras de Greta reflejaban una amenaza tan palpable que la propia adolescente estuvo a punto de romper a llorar durante su discurso. Pero no lo suavizó en ningún momento, porque su intención era muy clara: “Quiero que entren en pánico”, les dijo a los eurodiputados. Y más concretamente, como colofón a su exposición, insistió: “Quiero que actúen como si la casa estuviera en llamas”.

La claridad de su mensaje, su capacidad para exponerlo frente a las más altas instancias del poder internacional, su enorme poder de movilización y convocatoria y la firmeza de su lucha ecologista podrían valerle el próximo premio Nobel de la Paz. De momento, ya la han convertido en todo un fenómeno de masas al servicio de una causa tan noble como urgente: salvar esta “casa en llamas” que habitamos como especie.

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