Domingo siete y #QuédateEnCasa

04/07/2020 - 12:00 am

Y DOMINGO SIETE

Lunes y martes y
miércoles: tres; jueves y
viernes y sábado: seis…

Todos hemos estado de acuerdo que esta pandemia, la del Coronavid-19, ha hecho que los meses, las semanas y los días del calendario sean idénticos.

Sin embargo, el domingo sigue siendo el día más aburrido. No sé a qué se debe: quizá porque todavía hay menos actividades que en el resto de la semana; o los domingos, nadie, nadie, trabaja; o el cerebro de cada persona registra que es domingo, un día sin motivo para quitarse la piyama.

No sé, no tengo la menor idea.

Los miércoles, de once a dos, doy una clase con dos denominaciones y con seis alumnos: “Ensayo y Literatura mexicana”. Los seis alumnos —dos de arquitectura, tres de periodismo cultural y una de artes plásticas— todos obligados a tomar mi materia como optativa, denotan la poca aceptación de mi asignatura.

Pronto daré un curso que se llame: “Literatura latinoamericana”, “Escritura cotidiana”, “Cuento”, “Cuento latinoamericano”, “Cuento europeo”, “Cuento internacional”, “Escritura del cuento”, “Ensayo” —otra vez—, “Autobiografía”, “Escritura productiva”, “Poesía”, “Poesía latinoamericana”, “Poesía europea”, “Poesía internacional”. Y todos los cursos pueden ser consecutivos y estar separados por un “slash”/.

Y un muy, muy largo etcétera.

Esto ocurre los miércoles.

Los jueves vienen a comer mis hijos.

“A sana distancia”, nos sentamos en el pequeñísimo jardín, en dos mesas y traen a mi única nieta.

Tengo tres hijos, uno, “el más chiquito de los tres, un cochinito lindo y cortés” se ha encerrado a raíz del Covid-19 en su propio depa, en Cholula. No me llama, no lo veo, no sé nada de él.

El mediano, “quien iba a remar y al despertar, se cayó de la cama y se puso a llorar”, vive en CDMX. Él viene cada semana, y cuando me descuido ya le di un beso, sin sana distancia. Y me arrepiento y le pido perdón.

“Uno soñaba que era rey, y de repente quiso un pastel”… El macho alfa. A mi primogénito le cocino, y le cocino a mi nuera —la única— y a mi nieta —también la única—. Les cocino lo que les gusta: huevos, pastas, poca carne, más pescados, “fruti di mare”, pulpo, todo con mucho vinagre, y más aceite de oliva.

Y recibirlos se vuelve una fiesta, y un dolor en la mano derecha, por el “mouse”, por el tejido —desde que supe que iba a ser abuela volví a tejer—, por cargar a la niña preciosa, preciosísima, pero pesada, gorda, gorda.

Ya pedí ayuda a mi esposo, quien me dio por respuesta: “deja de tejer”.

Los viernes, la institución en donde trabajo, hace juntas semanales desde el mes de marzo de 2020. Ya que trabajamos menos que medio tiempo, y a la fecha, nos pagan el tiempo completo, recibo las juntas como una oportunidad de demostrar que soy indispensable.

Aunque tengo que reconocer que no soy imprescindible. Soy una inútil. Doy clases de literatura, que nadie quiere tomar. De cuento, ensayo, y todas las variantes permisibles, pero al fin y al cabo, clases que no le interesan a nadie.

Una lástima. Me he preparado en la literatura, en el feminismo literario, en la intertextualidad, en todo lo que he podido.

Primero me incliné hacia la economía, a la espera de que papá me tuviera en cuenta para sus negocios: una tienda de línea blanca, una fábrica, un desarrollo inmobiliario.

Nada de nada.

Le pedí trabajo a papá, pero no tuvo cómo dármelo.

Y yo tampoco supe cómo recibirlo.

Todos los sábados me toca cocinar y se me pasa el día al recordar recetas viejas, platos que, por falta de tiempo, hace mucho que no elaboro.

Pero los domingos, los domingos siete, se vuelven todavía más aburridos. Me asaltan las noticias de la pandemia, me agobio y es todavía más odioso que el resto de los días.

Lo que sí son idénticas, son las noches.

Me despierto, con los ojos fijos en el techo de mi recámara y recuerdo a Sabina: “Y nos dieron las diez y las once. Las doce y la una, y las dos y las tres.” Hasta ahí, porque la luna no nos encontró desnudos, ¡qué más hubiera yo querido!

La luna me encuentra despierta sola, siempre sola. A mi lado, mi esposo ronca plácidamente.

Y desvelada.

Y sí, también vestida, con piyama.

 

#QuédateEnCasa

Llevaba dos cubetas, muy pesadas, llenas de ropa recién lavada: toallas, sábanas, y las camisas de Manuel, que ahora casi no usa, anda de camiseta todos los días; la ropa de Manolito, de Alina y mía. Quería colgarla en la azotea, y subía por la escalera de metal, trataba de conservar el equilibrio.

No sé qué me pasó resbalé, y me rodé las escaleras.

Lo primero que pensé fue en que iba a tener que volver a lavar todo. Todavía no me daba cuenta de que el líquido caliente que me escurría por la cabeza era sangre; incluso me pude poner de pie. Sin querer, noté que el tobillo izquierdo estaba resentido, chueco, como raro.

Cuando Manuel se acercó a ayudarme me vino un escalofrío, y él dijo algo como que era increíble la capacidad que tenía de lastimarme a mí misma.

Enojada conmigo, volví a lavar la ropa, y más tarde, renqueando, subí a tenderla, cuando adiviné que, por lo menos ese lunes, no iba a llover.

A la mañana siguiente, martes, me levanté a las siete de la mañana, para grabar con mi celular las clases de Alina y Manolito, que transmiten por la contingencia, durante una hora por la televisión.

A ellos los dejo dormir más tiempo, total si no hay escuela, para qué levantarse tan temprano. Y más cuando los tengo alrededor, aburridos, quieren jugar con mi celular, comer a todas horas, quieren salir. Y ponen de malas a Manuel.

Después de grabar las lecciones, recogí la ropa del tendedero y me apliqué con la plancha. Nunca ha sido lo mío, me cuestan mucho las camisas, que si primero hay que planchar los puños, que si luego los cuellos, después las mangas, el caso es que las camisas me cuestan. Manuel quiso ayudarme pero no sé ni cómo, mis dedos se quedaron atrapados entre la plancha y el cuello de su camisa favorita. Aullé del dolor. Me quemé tres dedos, el índice, el cordial y el anular; me faltaron el pulgar y el meñique. Por lo menos recordé de qué trataba la clase de Alina ese día: el nombre de los dedos.

He tratado de hacerme una rutina fija para estos días de contingencia: siempre me levanto a las siete para grabar las clases de Alina y Manolito; los lunes, lavo; los martes, plancho; los miércoles voy al mercado y cocino; los jueves limpio y acomodo todo; los viernes hago a profundidad baños y cocina. Y así la llevo.

Pero a diario, después de comer, cuando Manuel se echa su siesta, acompaño a Alina y Manolito a hacer las tareas, que les mandamos a las maestras por WhatsApp. Y luego nos dicen en qué nos equivocamos.

El miércoles fui al mercado y doña Alma se dio cuenta de que cojeaba y de que tenía la mano quemada; no le di importancia: “Ya ve, doña Alma, que no estoy acostumbrada a estar siempre encerrada. Ni yo ni nadie. Y las tareas domésticas no se me dan tan bien. ¿A cómo el jitomate?, ¡está carísimo! un cuarto, por favor. Otro cuarto de tomate”. No me alcanzó para el blanquillo, pero llegué con la canasta casi llena. Y con un kilo de tortillas.

En la cuenta del papel estraza de doña Alma estaba un mensajito a lápiz: “llame al 9-1-1”. No entendí ni maíz, pero se ve que Manuel sí, porque a la hora de calentar las tortillas, se me quemó la palma de la mano izquierda, completita, como una tortillita, chiquita, de las de chalupa.

Algo dijo Manuel, muy enojado, del 9-1-1, pero yo, ocupada como estaba poniéndome agua fría en la mano, no entendí nada, nadita, nada.

Después de comer hicimos la tarea, los niños y yo, pero lo que me preocupó más fue ver que Alina, Alinita, estaba inquieta, desatenta, distraída.

Ella que es tan aplicada.

De pronto Manuel llegó, fajándose el cinturón y dijo que iba a la tienda, de doña Alma, por una caguama. No teníamos dinero para alcohol, a los dos nos pagaban a mitas, pero no sé cómo le hizo para agenciarse una lanita extra. Y Alinita con los ojitos bajos, a medio llorar.

Le pregunté qué le pasaba, y me dijo lo de siempre: “nada, ma´, nada”.

Y entonces recordé el papel estraza de doña Alma, y una cosa es que yo fuera descuidada y me accidentara por todos lados, pero otra cosa, muy distinta, era tener a Alinita así, a medias.

Aproveché que Manuel no estaba y marque al 9-1-1.

Y parece que me dieron cuerda:

“Les conté del empujón en la azotea, del descalabro, del tobillo, de la quemada con la plancha, de la mano en el comal y cuando estaba yo a punto de hablar de Alina, de Alinita”, oí una grabación que decía:

“Esta llamada ha sido reportada en el sistema como falsa. Si usted desea hacer una denuncia verdadera, vuelva a marcar al 9-1-1.”

Para entonces, ya Manuel regresaba con la dichosa caguama y golpeaba la puerta con saña.