La relación México-Francia no ha sido sencilla ni mucho menos tranquila o pacífica. En la revista-libro Artes de México Número 43, Fascinaciones mutuas, editada en 1998, se da un recuento y una interpretación acerca de algunos de los contactos artísticos y culturales que han existido entre estas naciones. De una riqueza y atracción mutua impresionante, estas afinidades han cifrado una buena parte de la cultura para estos países.

Por Carlos Augusto Torres

Ciudad de México, 4 de agosto (SinEmbargo).- “Marchemos la mano en la mano” fue la frase que pronunció el entonces presidente de Francia, Charles de Gaulle, en 1964 en el Zócalo capitalino a lado de Adolfo López Mateos, presidente de México en ese año. La relación México-Francia no ha sido sencilla ni mucho menos tranquila o pacífica, baste recordar los conflictos bélicos entre estos países durante el Siglo XIX. En la revista-libro Artes de México Número 43, Fascinaciones mutuas, editada en 1998, se da un recuento y una interpretación acerca de algunos de los contactos artísticos y culturales que han existido entre estas naciones.

De una riqueza y atracción mutua impresionante, estas afinidades han cifrado una buena parte de la cultura para estos países. Un gran ejemplo es Porfirio Díaz, principal responsable de que la modernidad llegase a la capital mexicana y a gran parte del país; fue el principal artífice de lo que Annick Lempérière llama “La belle époque en la Ciudad de México”. Con el advenimiento del Siglo XX, y principalmente con el centenario de la independencia nacional en 1910, el gobierno mexicano desea promover la imagen de una metrópoli internacional abierta y comprometida con el Progreso, con “p” mayúscula, y la modernidad. La Exposición Universal de París de 1900 fue el escenario ideal para que la delegación mexicana presentara a la Ciudad de México como una capital del primer mundo, imitando a París —que en aquel momento resumía en sí misma a Francia y a Europa—, con un servicio de alambrado público inmejorable, cosa de la que muy pocas ciudades en ese entonces podían presumir. A esto hay que sumarle que las redes del telégrafo y el teléfono crecían, y el hecho de que la primera línea de tranvías que unía a la ciudad con Tacubaya se inaugura justo en ese año, para fortuna de Díaz. Pero quizás el punto más importante del pabellón de México en la exposición de 1900, fue que su participación ya no era un retorno a las civilizaciones prehispánicas que habitaban el país antes de la llegada europea. En lugar de promover a México como el país de los mayas y los aztecas, con pirámides enormes y con una exuberancia desconocida para el resto del mundo occidental, el programa mexicano consistía en mostrar a un México a la par de los avances tecnológicos de las demás naciones. La muestra mexicana presentaba un pabellón “internacional” con un estilo ecléctico que pretendía dar el espaldarazo ante el mundo de un país en pleno progreso, con maestría en las nuevas técnicas. En la capital esta imagen iba respaldada con un programa preciso del diseño de la ciudad. Se trataba de dejar atrás a la antigua ciudad española, barroca, colonial, llena de cúpulas de iglesias, acueductos y conventos para abrazar a la metrópoli de un país moderno, de primer mundo. Se traza la Avenida 5 de Mayo, las tarjetas postales mostraban grandes avenidas con automóviles, bicicletas y cables eléctricos; se inicia la construcción del Teatro Nacional —hoy Bellas Artes— con inspiración en el Palacio Garnier —Ópera de París—; el Palacio Postal se construye y es también uno de los símbolos fuertes de esta “Bella Época” en la Ciudad de México; sólo por nombrar algunos de entre otros muchos cambios que aún vemos hoy en la capital.

Avenida Juárez, Fototeca Nacional.

Gustave Doré, “Tortilleras ou servantes mexicaines”, en Victor-Adolphe Malte-Brun, Le Mexique Illustré, Historie et Géographie.

El cambio no fue sólo arquitectónico ni de presentación en los eventos internacionales. Con la preocupación de llevar a la capital al mismo nivel de sus similares europeas, se trató también de traer extranjeros que aportaran sus conocimientos. La colonia francesa llegaba a más de 1500 personas, entre ellos había comerciantes, hombres de negocios, arquitectos y, con una profunda importancia en las maneras aristocráticas del México de esos años, restauranteros. Estos franceses importados se hicieron cargo de los hoteles y banquetes de la élite. La llamada “Incursión gastronómica francesa”, por Salvador Novo, era una muestra más —otra— del afrancesamiento de las costumbres por parte de las clases poderosas. Con las evidentes barreras del lenguaje, descifrar y pronunciar el menú del día en Francés confería un estatus y distinción superior ante aquel que no podía hacer lo mismo: “¿Quién iba a pedir un caldo con verduras y menudencias como el que sorbía y soplaba en su casa, si en la minuta del restaurante podía señalar el renglón que anunciaba lo mismo, pero con el nombre elegante de petite marmite? ¿Quién pediría un guisado, si podía ordenar un gigot?”

Sirouy, “Jeunes Filles de Tula” en Mexique, 1881.

Martirene Alcántara, Estructura metálica al final al final de la Avenue Rapp, París, 1998.

La “Atracción mexicana”, como la nombra de Joani Hocquenghem, es un fenómeno de apasionada interrogación que ha tenido muchos capítulos a lo largo de la historia. El autor nos recuerda algunos: Montaigne y los salvajes, el imperialismo de Maximiliano, la carta a Juárez por parte de Victor Hugo, el mayo francés y el 68 mexicano, Artaud y los tarahumaras, Breton y el México surrealista, etc. Es muy interesante, desde la perspectiva de un mexicano, ver cómo es la mirada francesa a nuestro país. Hocquenghem nos cuenta un poco de lo que ha sido México para él. En el fondo, la idea que sustenta la investigación de una cultura ajena a la propia, es la del descubrimiento, pero pocas veces es el descubrimiento del otro, sino descubrirse a sí mismo y su realidad en la universalidad del otro. Así, cuando Hocquenghem nombra como descubrimiento la palabra “Chiapas”, resuena en el lector mexicano un eco que no había escuchado desde hace mucho. Y es que efectivamente, la palabra “Chiapas” suscita un hallazgo que, para alguien tal vez habituado a escucharla, no aprecia ni siente como tal, pero lo es. Justo es en esa mirada extranjera en la que uno puede verse como antes no lo había hecho, otro ejemplo es Gustave Doré. Durante 1863, tras la derrota francesa del 5 de mayo, el público francés quiso saber más acerca de los mexicanos, por lo tanto, se le encargó a Doré, el “primer lápiz de la época”, ilustraciones para el nuevo opúsculo sobre México, Le Mexique illustré, histoire et géographie. El libro habla en la mayor parte acerca de los Estados Unidos, porque muy poco se sabía entonces de México, y a esto hay que añadir que, si bien los grabados de Doré son de primer orden, él no vio nunca a algún mexicano y también su conocimiento al respecto era muy limitado. Esto, sin embargo, no hace más que avivar la curiosidad sobre sus grabados que aquí en la revista-libro se presentan.

“Amanecimos grises”, así empieza París, poema de Marianne Toussaint incluido, y tras la lectura de Fascinaciones mutuas, el lector se siente gris de, por lo menos en mi personal caso, no estar en Francia para mirarse mejor a sí mismo y a su país en la enorme riqueza cultural de París. Pero la atracción mutua continua y así seguirá: “marchemos la mano en la mano”.

Luciano Castañeda, “Relieve maya” en Antiqués mexicaines, París, 1844.