La reacción del General Salvador Cienfuegos, titular de la Secretaria de la Defensa Nacional resulta comprensible. Foto: Cuartoscuro

La reacción del General Salvador Cienfuegos, titular de la Secretaria de la Defensa Nacional resulta comprensible. Foto: Cuartoscuro

Los soldados abatidos en la emboscada a manos del crimen organizado en Culiacán merecen nuestro reconocimiento. Manifestarnos indignados por sus asesinatos se siente insuficiente. Insuficiente porque no hay certeza de que en fechas próximas no habrá más emboscadas similares. Insuficiente porque nada les devolverá la vida. Insuficiente porque la lucha contra el crimen que les dio muerte ha mostrado serlo.

La reacción del General Salvador Cienfuegos, titular de la Secretaria de la Defensa Nacional resulta comprensible. Sus palabras resuenan con la furia y el enojo causados al conocer la forma en la que sus soldados fueron acribillados cuando un supuesto grupo del Cartel de Sinaloa rescató a uno de sus integrantes. “Vamos con todo contra bestias que emboscaron a militares” advirtió.

A pesar de que especifica que será conforme a la ley y al estado de derecho, referirse a las “bestias” tiene implicaciones que pueden resultar contraproducentes. Requerimos reacciones que no oculten las emociones, somos humanos, los asesinatos lastiman y una emboscada como la del viernes las desatan. Pero quien se comunica a nombre de la defensa nacional no sólo habla por sí mismo, sino por una institución.

¿Cómo referirse a los delincuentes que entre burlas aniquilaron a los soldados? ¿Es posible adjetivarlos sin que la reacción encienda aún más los ánimos de violencia? ¿Qué papel juega el lenguaje en un contexto de guerra e impunidad generalizadas? ¿Representar a la defensa nacional requiere cuidar el lenguaje en los mensajes de reacción contra el crimen organizado?

La Real Academia Española ofrece varias definiciones de la palabra “bestia”: 1) Animal cuadrúpedo. 2) Animal doméstico de la carga; p. ej., el caballo, la mula etc. 3) Monstruo (ser fantástico) 4) Persona ruda e ignorante. La cuarta opción podría hacer adecuada la declaración, sin embargo, pocas veces pensamos en ella antes de recurrir a las tres primeras.

Es complicado dividir al individuo de sus actos, pero igualmente es difícil apartarlo de sus dichos. Separar al individuo de su cargo político en un mensaje público, tampoco es sencillo. Por eso las palabras importan, el lenguaje nos modela. Los mensajes construyen puentes o los destruyen. El uso del discurso puede encaminarse a buscar el equilibrio, a promover la calma, a edificar la reflexión y la ingeniería de un nuevo acuerdo social. Por el contrario, el lenguaje puede, incluso sutilmente, ser un vehículo de violencia.

No se trata de apelar a que en la Secretaría de la Defensa los discursos se elaboren con tal asepsia emocional que resulten inocuos, sino que desde la legitimidad y la fuerza que puede tener una institución como la SEDENA, el discurso constituye una herramienta (por no decir un arma) efectiva. En consecuencia, la efectividad del lenguaje no puede reducirse al amedrentamiento que sugiere amenazar a un grupo criminal, sino que puede plantear caminos de reconstrucción social en una estrategia más amplia que además de apagar fuegos delictivos, reduzca a su mínima expresión las complicidades entre autoridades de diferentes niveles y poderes con el crimen organizado.

Los delincuentes son seres humanos, aunque el dolor que causan sus crímenes nos empujen a verlos como monstros. La selección de palabras para un mensaje institucional merece planeación y cálculo, sobre todo si lo que se busca es reducir la violencia más que alimentarla.

Con la proporción guardada, los anuncios de Andrés Manuel López Obrador hablando de vacas, cerdos con sus diferentes sinónimos para aludir a cualquier candidato que no sea él, también tiene repercusiones que no se remiten a descalificar a los posibles contendientes, sino que demeritan el proceso democrático, la voluntad de voto y en cierta medida incitan a la caricaturización animalesca de una contienda que debería estar apostando a la propuesta y a la resolución inteligente de conflictos públicos. Por más que cite a George Orwell y su Rebelión en la granja, el mensaje ridiculiza no sólo a los destinatarios, sino al vocero y peor aún, a la audiencia. Afortunadamente López Obrador no habla todavía a nombre de ninguna institución, sólo representa a los militantes de Morena y ninguno de ellos a la fecha ha mostrado descontento con la priorización del mensaje hueco por encima de la exposición de una agenda explícita. Con imágenes de frijol con gorgojo, aviones que no tiene ni Obama y animales de granja como candidatos, utilizan recursos públicos para hacer campaña.

Somos lo que decimos, somos nuestras palabras en el momento que las expresamos, somos nuestros discursos con el tono de voz que las emociones evocan. Ojalá las palabras de quienes construyen con sus decisiones nuestro país, aspiren a dibujar un contexto tan democrático como pacífico y encuentren mensajes en los que la complejidad humana con sus enormes retos no quede atrapada en el esbozo burdo de un bestiario o de una granja.