Hace un tiempo, Teresita Goyeneche publicó un artículo en VICE Colombia sobre cómo Facebook la había censurado por denunciar públicamente, en esa plataforma, a un tipo que la estaba acosando a través de mensajes. El texto iniciaba con un evento que le había sucedido cuando tenía 16 años: había salido de fiesta, se había emborrachado, terminó acostada en un sofá y varios tipos, aprovechándose de su momentánea medio inconsciencia, habían acudido al sofá a darle besos en la boca. “Yo no me olvido de eso, claro, pero nunca lo hablé porque me daba vergüenza ‘lo tonta que fui’, ‘lo irresponsable que fui’, ‘lo boba que me vi’ ahí, como una gallina deshuesada en ese sofá”, escribió.

Por Tania Tapia Jáuregui

Ciudad de México, 4 de octubre (VICE/SinEmbargo).– La situación, estoy segura, le suena familiar a más de una. Las que han recibido besos, caricias no solicitadas y hasta abusos más fuertes en medio de una borrachera, no son pocas. Como si circulara esta idea en el aire de que si una mujer está inconsciente, y si hay alcohol de por medio, no es tan grave tocarla, darle un beso, o acariciarla mientras está durmiendo.

“¿Cuál es el mensaje que me está dando a mí la sociedad para que haya permisividad para que estas cosas pasen? ¿Por qué el otro se siente dueño de mi cuerpo si yo estoy inconsciente?”, me decía Teresita por teléfono cuando la llamé a preguntarle cómo, con el tiempo, cambió lo que sentía y cómo pensaba lo que le había pasado cuando era adolescente. Me explicó que, entonces, lo que sentía era vergüenza: de ella misma, con los de la fiesta y hasta con los que se acercaron a darle besos. Vergüenza de haberse emborrachado e incluso culpable de sentir que, de alguna manera, le había puesto el cuerno a su novio.

Según Teresita, la sociedad le ha enseñado a las mujeres, una y otra vez, la importancia de ser recatadas, inculcando una serie de comportamientos que, cuando no se siguen, convierten a las mujeres en “perras” o “cualquieras”. “Entonces, claramente cuando una mujer cae en una cosa como estas, que se pasa de tragos y es abusada de alguna manera, siente que entró en el patrón de la mujer que no es respetable porque se salió de sus casillas y no tuvo el control para poderlo manejar”.

Ahí entra el sentimiento de culpa. De sentir que el abuso sufrido no es responsabilidad del abusador, sino de la abusada por no haber sido lo suficientemente precavida, por haberse pasado de tragos, y por no haber tenido la fuerza ni la capacidad de defenderse. La vieja historia de culpar a la mujer en vez de cuestionar las ideas que han parecido concederle a los hombres una serie de derechos especiales sobre ellas.

Hablamos con seis mujeres que sufrieron diferentes tipos de abusos por parte de personas que se aprovecharon de su borrachera. Los nombres de todas fueron cambiados.

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Sofía – 25 años

Una noche salí a tomar con mis amigas. Después de precopear, entramos a una discoteca para encontrarnos con unos amigos de la escuela. Ellos estaban con sus novias. Sólo un rato después de entrar, me sentí absolutamente borracha. Fui al baño a vomitar y me acuerdo que la señora del bar encargada de los baños les dijo a mis amigas que yo estaba muy mal y que lo mejor era que me llevaran a la casa. Supongo que estaban muy enfiestadas, porque cuando salimos del baño decidieron acostarme en un sofá que estaba cerca del lugar en el que estaba nuestro grupo y seguir bailando. Yo cerré los ojos. De vez en cuando, alguno del grupo se acercaba a ver cómo estaba. Sentía y oía todo, pero no podía hablar.

En esas se acercó uno de mis amigos más cercanos con su novia. Empezaron a burlarse de mí con otros amigos que también me estaban viendo. Él dijo duro: “deberíamos cogerle las tetas” (o algo por el estilo). Ninguno de mis amigos dijo que no. Su novia solo repetía: “ay no sean así, no la molestes”. Igual estaba muerta de la risa. El man me las cogió, yo quería decirle que no, que eso estaba mal, que me incomodaba y que no tenía por qué hacerlo, pero no me salían las palabras. Así que tuve que quedarme ahí aguantando hasta que se aburrieron de joder.

Se quedó en esa noche. Nunca he hablado del tema con él. Creo que pensar en eso años después hizo que me pareciera más grave que en esa época.

 

Andrea – 23 años

Tenía como 16 o 17 años. Estábamos en una fiesta en una finca con un grupo de amigos y yo tomé muchísimo: me tomé una botella de tequila con una amiga y luego fumamos mariguana. Me pegué una cruzada terrible, mi amiga me cuidó, vomité… Estaba súper mal. Al final estaba casi inconsciente, entonces me acostaron en una cama.

Luego sentí que alguien se me acostó al lado. Era un tipo, pero en ese momento no supe quién. Empezó a acariciarme y a tocarme. Yo no podía ni moverme de la borrachera en la que estaba. Yo creo que él estaba borracho pero no tanto. No como yo. Lo único que hice fue quedarme muy quieta, pegarme a la pared y no reaccionar. Eventualmente se aburrió y se fue.

Luego supe quién había sido: era un conocido del grupo de amigos de esa época. Pero yo nunca hablé con él, ni con nadie; sólo se lo conté a una amiga. Sentía, y siento en general, que la gente tiende a juzgar mucho. De hecho recibí reclamos de amigos que me dijeron que tenían una imagen distinta de mí, y que me reclamaron por haberme emborrachado. A ellos sí los mandé a la mierda porque me parecía muy contradictorio: yo a ellos los había visto millones de veces así, o peor, y los había cuidado. Esa era la primera vez que yo terminaba así, y siento que todas sus críticas fueron porque yo era una mujer.

Natalia – 24 años

Cuando estaba en la universidad salí una tarde a tomar con unos amigos. Eso fue hace como dos años. Éramos cuatro: dos amigos, una amiga y yo. Ellos dos no estaban tomando tanto. Nosotras sí. Después de un rato ya estábamos muy borrachas. Mi amiga le estaba cayendo a uno de ellos, entonces empezó a medio jugar con el cuento de darnos besos. Mi amiga terminó dándose un beso con el que le gustaba y yo terminé dándome un beso con el otro amigo.

Al rato decidimos salir del bar y cogimos un taxi. Ahí ya no recuerdo bien cómo fueron las cosas. El caso es que terminé bajándome en la casa del amigo con el que me había dado besos. Lo siguiente que recuerdo es que estábamos en su cuarto y él se bajó los pantalones y me dijo: “Mira, tú nunca has visto uno. Puedes tocarlo”. Todo es súper borroso pero sé que en algún punto me preguntó si estaba segura y yo sólo asentí con la cabeza. Lo siguiente que recuerdo es que me estaba doliendo mucho y lo quité de encima mío, como si ya hubiéramos tirado. Pero no sé exactamente qué pasó.

Al otro día me levanté a las 7:00 de la mañana en su casa, sin ropa. Él estaba en otro cuarto. Lo desperté, me abrió la puerta de su casa y me fui. Después de eso yo me sentí muy mal. Era raro porque yo sentía que en parte había sido mi decisión, porque asentí, pero yo estaba demasiado borracha, y él estaba sobrio. Realmente yo no sé si lo que pasó fue mi decisión. Creo que estaba en un estado de ebriedad en el que no era consciente de las cosas. Estuve seis meses muy enojada conmigo; me sentía desilusionada de mí.

Luego me fui a estudiar fuera del país y él me llamó un día. Empezamos a hablar; yo le dije algo que le disgustó y me empezó a decir como: “chúpamelo”. Luego me dijo que tenía fotos de mí desnuda de ese día y que las iba a publicar. Lo último que hizo fue mandar a un chat grupal, con gente que no viene al caso, un meme súper agresivo hacia mí. Después de eso dejé de hablar con él.

Desde que pasó eso no volví a tomar de la misma forma, y jamás me volví a permitir llegar a ese punto de inconsciencia. Ahora tomo otras precauciones y prefiero estar con alguien cuando no estoy tomando.

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Camila – 37 años

A los 20 años tenía un amigo que era muy cercano y al que había conocido tres años atrás. Los dos consumíamos alcohol, drogas, y nos teníamos mucha confianza, no sólo de contarnos cosas sino de cuidarnos cuando tomábamos mucho.

Un día, un jueves (no se me olvida), salí de la universidad y me fui a tomar con él. Lo último que recuerdo es que nos subimos a un bus y empezamos a tomar. No sé si la bebida tenía algo, pero ahí ya no sé qué pasó. Lo siguiente que recuerdo es que me desperté y lo vi a él apartándose de mí. Estaba encima mío. Le pregunté qué estaba pasando y recuerdo pensar: “bueno, al menos tenía condón”. Esa fue la imagen. O sea, algo había pasado. Yo creo que yo me desperté cuando él se salió de mí.

Me quedé dormida de nuevo y cuando volví a despertar me di cuenta de que tenía la camisa arriba y el jean desabotonado. Estaba en la casa de él, me levanté y fui y lo confronté. Él siempre estuvo en silencio. Yo le preguntaba que si a él no le parecía que eso era una violación, porque yo no estaba consciente. Una cosa es cuando uno tiene sexo voluntario con tragos, porque uno sabe lo que está haciendo, pero otra es que uno esté dormido, sedado o en un viaje raro, y que uno ni se acuerde de lo que pasó.

Él nunca lo aceptó ni lo negó. Yo seguí hablando con él pero la relación cambió mucho; ya no salíamos con tanta frecuencia. Yo en ese momento tenía novio y le conté. Él me dijo que eso era una violación y que yo era muy boba por seguir hablándole. Y pues tenía toda la razón. Dos meses después terminé con mi novio, a raíz de eso. La confianza se perdió.

Unos años después él empezó a ir a rehabilitación porque ya su problema era terrible, y antes de irse lo dejaron despedirse de dos personas. Me llamó, nos vimos, se despidió de mí y me dio como el reporte del psicólogo o del psiquiatra. En el reporte decía que había violado a una amiga. Esa fue la manera en que me dijo que sí había pasado algo.

Yo no sé por qué seguí siendo su amiga después de que eso pasó. Tal vez no quería creer que había pasado, o quería perdonarlo. Yo creo que era tal vez la inmadurez de la edad. No sé.

Después de eso me volví un poco asocial y dejé de confiar en las personas. Y aún hoy sigo siendo desconfiada. Actualmente con el trago soy súper precavida. Si quiero tomar lo hago en mi casa.

Aunque yo siento que, de alguna forma, he superado lo que pasó, esas cosas son dolorosas y tristes. Pero de pronto eso también me hizo lo que soy hoy. Yo creo que a veces uno es noble y cree que la gente actúa como uno actúa, y que tiene buenas intenciones. Y no es así. Yo creo que uno sí tiene que ser muy prevenido y cuidarse mucho a sí mismo. Y aunque a veces esas cositas como que rasguñan por dentro, yo creo que uno debe intentar pensar en lo que uno es en este momento y decir como: bah, ya pasó, es parte de mi vida, qué podemos hacer.

Juliana – 25 años

Cuando cumplí 23 años, para celebrar, me fui con unos amigos de la universidad a tomar shots en un bar. Todos éramos conocidos y después de tomar un rato salimos y nos fuimos para mi casa. Cuando estábamos ahí llegaron unos compañeros de mi hermano que había visto pero que, en realidad, no conocía bien. Igual estaba en mi casa, en teoría todo estaba seguro, y empecé a aceptar los tragos que ellos me ofrecieron. Al final ya estaba muy borracha, al punto de vomitar. Mi hermano me llevó a su cuarto y luego volvió a la fiesta.

Al otro día desperté sin pantalones y sin ropa interior. Luego recordé que había tenido un “sueño” en el que me quitaban los pantalones; yo lloraba e intentaba pelear pero no podía hacer nada por la borrachera. Cuando me vi así, sin ropa, me di cuenta que no había sido un sueño. Me sentí desesperada. Intenté acordarme de la cara de la persona pero no pude.

Les conté a mi mamá y a mi hermano, pero me dijeron que tal vez había sido sólo un sueño y que de pronto, en medio de la borrachera, yo me había bajado el pantalón. Yo sabía que no era así. Todo el cuerpo me dolía. En ese momento intenté no pensar en eso y me fui a bañar.

Dos días después fui al médico para saber si tenía algún signo de abuso. Me dijeron que después de dos días, y después de haberme bañado, no se podía saber exactamente qué era lo que había pasado. Lo que sí pudieron ver era que tenía maltratada la zona genital.

Después de eso no fui a estudiar por muchos días. Lloré muchísimo, y me daba rabia no poder acordarme de quién había sido, o de qué me habían hecho exactamente. Mi vida sexual se volvió difícil: dejé de sentir deseo, sentía fastidio de sólo pensar que me iban a tocar, y cuando iba a estar con alguien pensaba en eso y sólo podía llorar. En ese momento tenía un novio, pero a él nunca le conté nada porque sabía que me iba a juzgar. La relación con él cambió y decidí terminarle.

Por ahora intento no pensar en eso, y pensar que sólo fue un sueño. Desde ese día no volví a excederme con el trago y en realidad tomo muy ocasionalmente. Ahora, cuando hay personas en mi casa, en alguna reunión, siempre cierro la puerta con seguro. Es algo que trato de dejar en el pasado pero creo que en realidad nunca se puede olvidar la impotencia de saber que te hicieron algo y de que, por no estar en tus cinco sentidos, no pudiste hacer mucho para evitar que te hicieran daño.

María – 47 años

Hablar de esto es difícil para mí, no me siento cómoda. Me pasó cuando tenía más o menos 38 años.

Había un tipo que era muy cercano a mi familia; había sido el esposo de una prima, y aunque ya no estaba con ella desde que mi hermana y yo éramos pequeñas, él siguió siendo muy cercana a nosotras. Cuando yo tenía 15 años nos quedamos huérfanas, y él siempre estuvo muy pendiente de nosotras. Él me lleva por ahí 20 años. Luego crecimos, tuvimos familias e hijos y él siguió ahí, pendiente de los niños. Siempre hubo con él una especie de amistad.

Cuando yo tenía por ahí 28 años el tipo empezó a insinuarse, y a decirme que tuviera algo con él. Me decía que saliéramos, que su nueva esposa tenía cáncer y que él quería algo conmigo. Yo siempre le dije que no. Luego hubo una época en que empezó a frecuentarnos más, me decía que nos fuéramos a tomar algo y a bailar, pero de cotorreo. Por esa época él estuvo muy pendiente, me acompañaba, me llevaba y me traía, y después de insistirme varias veces acepté, y le dije que fuéramos a tomarnos algo.

Nos fuimos a un bar, empezamos a tomar y luego el tipo trató de manosearme. Yo lo paré, le dije que no lo siguiera haciendo, que él era como familia y yo no tenía ningún interés en estar con él. Él aceptó, me dijo que tenía razón y que ya podía quedarme tranquila. Ahí yo me calmé. Ya como a la medianoche le dije que me iba a ir porque tenía que madrugar al otro día. Él me dijo que bueno, pero que cogiéramos un taxi y él me dejaba en la casa. Yo acepté, le dije que iba a ir al baño y que nos fuéramos.

Cuando volví del baño había otra cerveza en la mesa. Me dijo que nos tomáramos la otra y ahí sí nos íbamos. Yo estaba bien, yo nunca tomo mucho y jamás me emborracho. Me acuerdo que me tomé la cerveza y empecé a sentirme muy mareada. Cuando todavía estaba medio consciente le pregunté si le había echado algo a la cerveza. Me respondió que no, que cómo se me ocurría. Lo negó todo. Luego empecé a ver todo nublado, y lo último que recuerdo es que estaba parada en la calle, con él, y que me estaba riendo mucho. Estaba más alegre de lo normal. Luego él paró un taxi pero no recuerdo qué le dijo él al taxista. Lo último que recuerdo es sentirme muy mal y estar sentada en el taxi.

Me desperté al otro día a las 8:00 de la mañana. Estaba desnuda y al lado estaba él, desnudo también, durmiendo. Lo desperté y lo insulté. Le pregunté, gritando, que qué me había hecho. Me respondió que no había hecho nada y me dijo que todo lo que habíamos hecho había sido consensuado. Yo le dije que él me había echado algo en la cerveza, pero negó todo. El tipo es tan despreciable y cínico que me preguntó que si acaso no me acordaba de todo lo que yo le había hecho esa noche, que yo estaba muy excitada y que se lo había mamado como nadie lo había hecho.

Luego salí de ahí, y el tipo salió conmigo, campante, como si nada hubiera pasado. Después de eso no volví a hablar con él, aunque por un tiempo siguió yendo a la casa, como a estar pendiente de mis hijos, pero yo lo evitaba, no quería tener nada que ver con él. Luego empecé a salir con alguien y se volvió una relación seria. En ese momento el tipo se desapareció.

En ese momento a mí me dio duro. Me sentía asquerosa. Sentía todo el cuerpo adolorido. Me angustiaba y me daba rabia no saber qué había pasado, y de pronto pensar en qué cosas me había puesto a hacer él. Por un año no le conté a nadie. Luego le conté a una amiga, que es la única persona que sabe lo que me pasó. Ella me dijo que por qué no había dicho nada antes, pero a mí me daba vergüenza que eso me hubiera pasado ya a esa edad. Me sentía mal de que me hubiera pasado eso por estúpida, por aceptar su invitación. Yo solo quería tomarme una cerveza y bailar.