¿Qué es más urgente, la belleza o el bien moral?

“Una novela no es un lugar de virtud”, dice Phillippe Lançon. Tiene mucha razón. A últimas fechas se han generado críticas y juicios al por mayor, se han creado listas en las que se incluyen nombres de famosos artistas que son acusados de ser misóginos, acosadores y crear obras en las que se rebaja la condición de las mujeres. La crítica y la denuncia son indispensables en toda sociedad sana, pero la libertad y la tolerancia son imprescindibles para la creación artística. La censura es la peor condena para un artista, particularmente cuando esta censura obedece a la opinión de lo que es políticamente correcto.

Si el proceso artístico debe partir de la revisión de la obra en función de los códigos morales de una época, el artista terminaría por quedar paralizado; es una desgracia tener que dar gusto a los jueces y censores del momento. La imposición de la moral vigente ha destrozado muchas vidas. Paradójicamente, artistas condenados por sus vidas reprobables, nos han regalado algunos de los momentos más bellos y sublimes. Seres de luz y oscuridad, deambulan en el ámbito de la creación y entregan los más elevado del ser: la obra de arte.

Oscar Wilde era el autor de moda en Londres, amado y odiado, tenía la capacidad de destrozar a cualquiera que se opusiera a sus dictados sobre el buen gusto y la estética. Hay de todo en su monumental obra literaria, ternura, amor, belleza, pasión, sensualidad, crueldad, horror; especialmente un refinamiento increíble. Sus estudios sobre estética aún son vigentes. Wilde se enamoró de un chico de sociedad. Fue correspondido al principio, pero después fue usado y humillado por él y condenado a prisión. Tuvo que pagar por su homosexualidad en la cárcel más dura de Inglaterra y debió soportar los feroces insultos de la gente, que un poco antes había admirado su obra.

Mientras su amante se quitaba la vida, Francis Bacon celebraba ser el primer artista inglés vivo que exhibía en el Grand Palais. Su talento como artista era tan celebrado como temido su acostumbrado sadismo en sus relaciones de pareja. Al enterarse de que su amante, el depresivo George Dyer, se había quitado la vida, sólo expresó un leve “por fin”. Hoy es considerado como uno de los genios de la pintura. Sus obras cuelgan en los mejores museos. Los precios alcanzados por sus cuadros son exorbitantes. Una de sus obras maestras: George Dyer ahogado en un escusado.

El Éxtasis de Santa Teresa del artista italiano Gian Lorenzo Bernini puede pasar inadvertido. Se ubica discretamente a un costado del altar de la Iglesia de Santa María de la Victoria en Roma. Sin embargo, en su momento fue motivo de un gran escándalo: ¿el orgasmo físico de una santa? Casi le cuesta la ex comunión a su autor, tuvo que pasar por los juicios que denostaban su creación. Lo salvó que uno de sus más fervientes admiradores era el poderoso cardenal Borguese.

Hace poco un grupo de feministas enviaron una carta al Museo Metropolitano de Nueva York, pidiendo que se retirara de la colección el cuadro Thérèse Dreaming, del artista Balthus. Se trata de una escena en la que una niña abre las piernas provocativa, aunque inocente, hacia el espectador. Se acusa al autor de pederastia. Por suerte el poder del arte pudo más en esta ocasión y el museo no accedió a la petición. No deja de ser deplorable que el caso debió pasar por un comité calificador no por su calidad artística, sino por su contenido.

El éxito de Marina Abramovic parece ser perseguido por una enorme sombra. Cada vez que presenta alguno de sus famosos perfomances, debe lidiar con su ex novio Ulay para que no le cobre. Él se queja del abuso de la artista que jamás le ha pagado un centavo de derechos por las obras que crearon juntos. Ante cualquier pregunta incómoda, Marina sólo sonríe irónica y sigue su camino. Hay quien opina que Abramovic cobra venganza a nombre de las muchas artistas que han sido usadas por sus parejas y jamás han logrado ningún reconocimiento.

La Venus Bonaparte, como se conoce a la escultura que el artista Antonio Canova hizo de Paulina, la hermana de Napoleón, descansa en su mullido cheslón en la gran estancia de la Villa Borguese. Está desnuda. Sus delicadas formas permiten apreciar a una de las mujeres más bellas, inteligentes e influyentes de Roma durante la era napoleónica. Mecenas de grandes artistas, fue reconocida como una de las damas más cultas de su época. Suficiente razón para ser envidiada y buscar destrozar su reputación. Lo que más se comenta de ella es la relación incestuosa con su hermano Napoleón, sus múltiples orgías y su desfachatez al haber posado para el artista italiano completamente desnuda. Alguna vez, una mujer de sociedad se atrevió a preguntarle cómo se había atrevido a quitarse la ropa delante del artista. Paulina contestó que no había sido nada incómodo, el salón estaba calientito.

Han pasado años desde que cayó el muro de Berlín y la Unión Soviética desapareció. Artistas de la vanguardia rusa, que trabajaron para el Soviet porque no tenían de otra, quedaron en el olvido ya que sus obras contienen discursos acordes con el estado totalitario. La censura de Stalin fue como una soga en el cuello, si el artista hacía lo que el Soviet dictaba, no sería nadie jamás, sólo una parte del sistema; si se revelaba, moriría sin lograr si quiera ser reconocido.

Los artistas de la antigüedad pintaban con estructurados cánones aprobados, ya fuera por la Iglesia, por los mecenas, por la Academia. Los más sobresalientes, los autores del cambio, fueron los que supieron librar las batallas en contra de lo establecido. Han trascendido por su rebeldía delante de las instituciones y las convenciones del momento. Cuando hicieron sus mejores obras perdieron su cómodo lugar delante de los comités, a la mayoría le costó la renuncia a su bienestar, pero todos ellos contribuyeron a que el arte ampliara sus límites.

¿Qué es más urgente, la belleza o el bien moral? ¿aprehender el poder de la naturaleza y del ser humano o ser políticamente correcto?

Si antes de crear los artistas tienen que tomar en cuenta a todos los “opinadores”, movimientos y grupos surgidos que se nombran custodios de la moral, terminaríamos por anular la creatividad para quedar envueltos en objetos creados por encargo. En vez de creadores, tendríamos que hablar de mediocres obreros que funcionan de manera inmediata, cumplen con su labor, pero a la larga, se traicionan a sí mismos. Al artista hay que analizarlo y generar una crítica a partir de su obra, de la calidad y trascendencia que logra con ella. No podemos detenernos a calificarla moralmente porque acribillaríamos su talento y su libertad, que son su única defensa en contra de los intereses creados. Someter la creación artística al corsé de las múltiples causas y agendas del momento en nombre del combate contra la misoginia, la igualdad de género y raza, el respeto a las minorías y los demás “ismos” (surgidos recientemente), equivale a aniquilar la posibilidad del arte de ser un vehículo para explorar lo sublime incluso dentro de nuestros pliegues.

Como nunca, hoy debemos pensar que la creación es el reino de lo posible pero también de lo imposible, el espacio en el que los demonios y los ángeles se debaten en una lucha de luz y oscuridad. El sitio en el que no hay reglas, todo es libertad absoluta, transgresión, ruptura, transfiguración. El bien, como lo conocemos: una suerte de valores morales y convencionalismos, no siempre triunfa, no se trata de eso, porque simplemente, el arte no es para eso. En materia de virtudes a los creadores sólo debe exigírseles que sean virtuosos con su arte.

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