Alguna vez si ya no somos,
si ya no vamos ni venimos
bajo siete capas de polvo
y los pies secos de la muerte,
estaremos juntos, amor ,
extrañamente confundidos.
Pablo Neruda

Twitter taciturna feliz

La sequedad se respira y embrutece las pieles agrietadas con su llegada casi a finales de septiembre –aunque sea en teoría. Es el preámbulo de la nostalgia inaugurada en diciembre. El viento se rebela y se hace llamar Santa Ana al menos en el sur de California y el norte de Baja California que esconde entre el polvo, un letargo con los ojos abiertos al contemplar el contoneo de las hojas coqueteando con los aires a diferentes ritmos, según la melodía de la naturaleza: suave, lento o muy acelerado.

A veces se tranquiliza y provoca un ataque de quietud, un suspiro que incita detenerse a observar la posible existencia de Dios a través de la alfombra azul en las alturas que intenta consolar a quienes por asignaciones citadinas o simplemente dejarse enloquecer por la calle, estamos obligados a recibir la caricia de la mano invisible que quiebra los segundos de suavidad epidérmica y los destruye con la soledad que barre los desiertos urbanos y regala a las calles el desfile de hojas que entre la polvareda y el suelo, encontraron un nuevo hogar tras ser expulsadas por los árboles agitados por la presión del aire.

Todo parece desierto. Los semáforos parpadean del vacío vehicular aunque esté sobrepoblado por la pereza del calor o el frio otoñal que nos invita a refugiarnos en el santuario del parque o en el ataúd improvisado de la cama con el screenplay de los días arrancándose a fuerza de un atraso en el cambio de horario porque el tapete azul dura menos y el oscuro domina por algunos meses.

Los cabellos se vuelven cómplices sin remedio que ni el más resistente pasador puede acomodar. Un adormecimiento estacional se apodera de la ciudad y confirma ese pronto despertar de los ojos urbanos a través del performance del chamizo volador que llega en el momento en que no se sabe qué decir o incluso qué pensar.

Una bolsa de mercado serpentea en los cielos y nos ata una risa para recordarnos lo corta que es la vida y que de un momento a otro cambiamos de circunstancias: hoy somos, mañana quien sabe. Las hojas de los árboles caducos ceden ante la gravedad, cambian su coloración de verde a amarillo o amarronado. Lo mismo sucede con la especie humana. Cumplimos más de cierto número de décadas y dejamos atrás esa esencia que nos marcó cuando menos viejos éramos, cuando no había carrera con el paso del tiempo.

Otoño huele a madurez en ciernes, repasa lo vivido y cosecha nuevas experiencias como si fuéramos a sembrar maíz y girasoles en nuestra existencia. Su solo transcurso contagia una fluidez de meditación entre el ajetreo de adaptarnos a un nuevo ciclo donde reduce el paso de luz y aumenta el desgaste físico y mental hacia lo que sigue o debe de seguir.

El amarilleo naranja del tiempo también nos lleva a la cascada de abrazos que a veces llegan. El romance que transita entre las partículas de polvo y la furia del viento que une a las parejas y alza algunas faldas deja entrever los secretos femeninos de la seducción y la entrega que tarda en llegar.

No hay más, sólo ese instante que nos reseca la piel o nos contagia de estornudos y resequedad en la garganta al vernos envueltos en los caprichos meteorológicos o emocionales. El letargo de otoño nos espera para sucumbir en él y convertirnos en esa hoja que decide qué dirección tomar tras haber caído.