“Todo eso y mucho más es José Guadalupe Posada; sin embargo, los mexicanos lo recordamos por ser el más grande calaverero”. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro

Al pintor Alberto Carlos,

calaverero como su paisano.

Borges dijo que lo más parecido al paraíso es una biblioteca. Yo agregaría la imprenta donde se estampan los libros. Cuando miro la calavera del editor popular Antonio Vanegas Arroyo, propietario de una imprenta que vendía a centavo hojas de papel de china, recuerdo que en mi natal Camargo, que ya cumple más de doscientos años, mi padre, Carlos García, con la abierta complicidad de su compañera de vida, Hortensia Chávez, continuó, hasta los años setenta, la misma tradición desafiante de la muerte cada vez que ésta celebraba su día.

Vi la prensa de pliegos sueltos, de plomosos tipos movibles, clichés machucados, con sus piezas desvencijadas (Chandler & Price Co. 14×18 de Cleveland Ohio) y, esencialmente, a los artesanos tipógrafos y prensistas realizar su trabajo con amor y devoción, quizá con la misma paciencia que tuviera Gutenberg al parar e imprimir la Biblia. El avance tecnológico y la percepción de las cosas experimentada en nuestros días dejaron atrás al México premoderno difundido a través de noticias sueltas por Vanegas Arroyo e ilustrado por los grabadores Manilla, Cortés e, insuperablemente, por el hidrocálido José Guadalupe Posada. Lejos, muy lejos en el tiempo, nos observa la Madre Matiana del Espíritu Santo, iniciadora de la tradición de los epitafios en verso para caracterizar a los hombres y mujeres, sus virtudes y defectos.

A Posada se le reinventa. Es cierto que Jean Charlot lo descubrió y lo salvó del olvido y de la crítica roedora de los ratones, ligándolo a la Escuela Mexicana de Pintura encabezada por Orozco, Rivera y Siqueiros. Otros lo encarcelaron en la celda del folklore, sin faltar quien lo considere Durero, Daumier o nuestro Goya, invocando similitudes con Los Caprichos de la Razón. Alfonso Reyes, cuando se refiere a las calaveras de alfeñique y estampería, vislumbra en el grabador de Aguascalientes al mismísimo Jerónimo Bosco, célebre por su pintura El Jardín de las Delicias, aunque de nuestra media calle. Pienso que el más certero de todos fue Fernando Benítez: bien dijo que todo eso no pasa de ser un buen deseo, para asegurar que el autor de La Calavera Catrina dibujaba “genialmente mal”.

Sea lo que sea, esos juicios hablan de su grandeza y del orgullo que sentimos los mexicanos al tener entre los nuestros al artista y artesano de talla universal. El surrealista Andre Bretón lo consideró, ni más ni menos –¡échense ese trompo al’ uña– como el fundador del humor negro en el terreno de la plástica en su estado puro; recordando el generoso francés a dos figuras muy regionales, presas en las placas del ilustrador: los generales Francisco Villa y Rodolfo Fierro. De Bretón es la frase de vigencia insólita: México es la tierra elegida del humor negro, a un tiempo subversivo, disolvente y liberador. En la boca del mexicano están, con perniciosa simultaneidad, la risa, la carcajada y también lo terrible. No otra cosa explica que hayamos aguantado un régimen político con hedor sempiterno a cadaverina y un modelo económico neoliberal apestoso a formol desde el momento que lo parieron.

Si Posada no hubiese transitado a otra vida, seguro estoy, ilustraría alguna edición mexicana del Ensayo sobre la ceguera del escritor –y crítico del neoliberalismo–, José Saramago. Entonces, nuestro entrañable grabador, sin olvidar su humor prieto, tan nacional y tan amnésico como el pulque, nos diría, en medio del dolor por Ayotzinapa: ¡Alégrate izquierda!, y ándate con tiento: si flirteas con lobos, mañana aullarás en tu propio funeral.

Con sus grabados, José Guadalupe Posada ilustró todo género de eventos y objetos. Lo mismo loterías, juegos como El nuevo coyote, Los charros contrabandistas y La Oca, corridas de toros, anuncios de la llegada del cometa descubierto por Halley en 1682, reaparecido en 1835 y en 1910. Este corneta, llamado aquí “del centenario”, desbancó al sesudo libro de Francisco I. Madero, La Sucesión Presidencial en 1910, como inteligente instrumento de interpretación política e histórica. Para millones de mexicanos, la Revolución vino y Porfirio se fue porque el cuerpo celeste, de enorme cola, asomó en nuestro cielo sereno. Posada estampó la escena. También los santos estuvieron presentes, como el milagroso Verdadero Señor del Santuario de Otatitlán, materia del trazo del artista que muriera en la pobreza.

Catástrofes, escándalos, milagros, historias de amoríos, crímenes truculentos, bandoleros sociales, periodistas en bicicleta, la vida de los catrines, violencia contra la mujer, borrachos, mariguanos, rameras, divas, garbanceras (las asediadas víctimas indígenas del servicio doméstico), mercaderes, albañiles, toreros, brindadores, prestidigitadores, adivinadorcitos, doradores, talabarteros, fusteros, fandangueros, carpinteros, encuadernadores, barberos, tortilleras, pulqueros, dulceros, herreros, valedores, curas, panaderos, los lagartijos, los catrines, los fifís o petimetres, los rotos, los rotitos; todos brotan de la mano que empuña el buril, la ruedecilla dentada o la aplicación del ácido para lograr el retrato que hizo Posada de la época. Para él, no importaba si esos personajes se movían o no, su instrumento no fue la cámara fotográfica que el deshuesado Fidel Velázquez convirtiera en instrumento de poder político. Hay cuadros dramáticos: la servidumbre y esclavitud que sombríamente se encarnaron en las Casas de Enganches, donde se “pactaban” las “contratas voluntarias” que llevaron a muchos mexicanos a morir en las haciendas y fincas insalubres y esclavizantes de la modernidad porfirista. En ese cuadro ya se observa enfadado el sol brillante y arrugado del perredismo.

La ilustración de El Mosquito Americano es testimonio plástico de cómo los terratenientes trajeron, de Harvard, a los precursores, a justo título, de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo: una plaga de zancudo chiquito y también muy inhumano. La visión plástica tradicional tuvo un choque frontal con una de las grandes oleadas de la globalización, similar al grabado con el que Posada ilustra una carga de caballería, con militares pretorianos golpeando arteramente al pueblo que, como siempre, sólo atina a defenderse con proyectiles de piedra: aún no se inventaban en México la resistencia y desobediencia civiles ni los broncos nacionales las habrían aceptado. El talante que imperaba era el que nos dibuja la Calavera Tapatía del grabado de Manilla:

Y a todo el mundo le digo

Que yo ni muerto me dejo,

Y que el que sea mi enemigo

Pa’ mole su gallo viejo.

 

El país tengo recorrido

Con mi cuchillo filoso,

Y nadie, pues, me ha tosido

Tan bien como yo le toso.

 

No resiste ni un pellejo

Mi cuchillo nuevecito;

He muerto de puro viejo

Pues fui en mi vida maldito.

Todo eso y mucho más es José Guadalupe Posada; sin embargo, los mexicanos lo recordamos por ser el más grande calaverero. Hizo su propia calavera y ejerció la mejor sátira contra ricos y pobres, oprimidos y poderosos, campesinos indígenas y hacendados, cultos y analfabetas, bellas y feas, duelistas con chispas, monjas y clérigos sátiros y sibaritas, políticos prominentes y no tanto. Los oradores de plaza en contra del porfiriato también brotan de sus placas de metal y por ella nos llega el motín de los estudiantes contra la tentativa consumada de reelección de Díaz en 1892, que se cataloga en una hoja de a centavo como algo que causó una curiosidad palpitante sobre una cuestión que tiene que ser de mucha trascendencia, sea cual sea el resultado a tan discutido asunto, lo que nos recuerda las dificultades que tuvo el partido de Estado para asistir a sus exequias, a pesar de las alternancias foxista y peñista.

Y por encima de todo, la muerte –la muertecita, la flaca, la calaca, la huesuda, la descarnada– en su vehículo estilístico el revumbio de calaveras. Se dice, en una cosmovisión que va quedando atrás, que el mexicano vive y convive con la muerte, la desafía y burla cada momento y también duerme con ella. Las calaveras dan cuenta de esta ironía y de este humor, que justipreciamos como nacional, pero que es, a fin de cuentas, expresión de todas las culturas y todas las religiones, universales o no. Hay algo que es moneda corriente entre los hombres y las mujeres: pensar que si no se cree, se carece de vida. Así, es muy común encontrar una lucha tenaz con la muerte que, como sabemos, es invencible hasta ahora –la tecnología puede llegar a ganar la batalla, pero (¡oh desilusión!) no será a favor de todos– lo que la coloca a merced del rodeo, el escarnio, la burla, del recurso de pretender engañarla. Algunos hasta han pensado pedirle permiso para no asistir al propio funeral. Esto se encuentra en Posada. Aunque en la hora inevitable, todos, comiendo nuestra calavera amarga y dulce de blanca azúcar, nos preguntamos con Rosario Castellanos sobre el contenido del final/amanecer:

¿Cuál es el rito de esta ceremonia?

¿Quién vela la agonía? ¿Quién estira la sábana?

¿Quién aparta el espejo sin empañar?

Porque a esta hora ya no hay madre y deudos.

Ya no hay sollozo. Nada más que un silencio atroz.

Todos son una faz atenta, incrédula

del hombre de la otra orilla.

Porque lo que sucede no es verdad.

Vivimos un momento alto de nuestra tradición: levantar altares. Posada no hubiera hecho ninguno, si ese fuera el sitio para inmolar víctimas y ofrecer sacrificios. Hubiera, por el contrario, dado noticia imperecedera del suceso. Tampoco serían los lugares para celebrar santos sacrificios, sino para dar muestra de que le podemos decir a la muerte: me pelas los dientes, amén de otras partes. Así de católico es México, así de sincrético, así de practicante del humor negro. Yo ahora no visitaré altares de muertos. Pues ahora hasta se dice que la muerte “es un mal absurdo, inactual, y si se soporta es sólo como un elemento en la lista negra de los atrasos todavía por superar”. Alfonso Reyes lo dijo más sencillo, “la muerte es gula de nada”. Y no esto para esas cosas.