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Sandra Lorenzano

04/12/2022 - 12:03 am

Luces en el invierno

“Cómo se parece la poesía a la vejez. ¿No lo creen?”

“Hoy en México la expectativa de vida es de 75.1 años, dice Gonzalo, por lo tanto ¿quién quiere asumirse como anciano a los 72?”. Foto: Especial.

Ésta ha sido una semana en que la fuerza transformadora de la palabra poética ha estado especialmente presente. El discurso que Mircea Cărtărescu pronunció al recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2022, puso en el centro de la escena esta fuerza.

“El artista, en especial el poeta, se ha opuesto siempre al orden, a la disciplina, a las reglas, a los sistemas, en todas las épocas y en cualquier tipo de sociedad” (…) “La poesía es, de hecho, otro nombre para la libertad”, dijo entre otras cosas el creador rumano. Y agregó más adelante, sin embargo “pocas veces el desinterés por la poesía, el olvido de su esencia revolucionaria y profética han sido más evidentes que hoy en día. )…) Solo la encontramos en las librerías si tenemos la paciencia de llegar hasta las últimas filas de las estanterías”.[1]

Cómo se parece la poesía a la vejez. ¿No lo creen? Arrinconados en las últimas filas porque ¿a quién le sirven las y los viejos en un mundo como el actual “consumista, hedonista y mediático” (tres adjetivos que usa Cărtărescu)? Difícilmente son mirados, escuchados, considerados, más que como rémoras de una época -cualquiera que ésta sea- que a nadie le importa ya.

Por ello, permítanme hoy empezar con poesía, con uno de los últimos poemas de Tomás Segovia. Tenía ochenta y cuatro años cuando lo escribió y se estaba despidiendo de todo lo que amaba. “Poetita”, lo llamaba María Luisa Capella, su compañera. Me gusta pensar que debe ser menos doloroso hacerse viejos y morir si te rodean la poesía y una mujer que te habla al corazón llamándote “Poetita”.

Al mar

Y qué va a hacer sin mí mañana

El mar dormido

A quién va a susurrar sin que nadie se entere

Sus vanos devaneos soñolientos

Para esperar a quién

Se querrá levantar temprano ahora

Ah por nada del mundo yo quisiera

Dejarle allí esperándome

No merece quedarse así tan solo

Sin meta sin razón sin cumplimiento /

No puede ser que se quede frustrado

Algo que es tan visible

Que tiene que existir en este mundo /

No puede ser que yo no vuelva /

Como si al mar le hiciera tanta falta

Y yo le hubiera dado mi palabra.

Libro Luces en el invierno. Foto: Especial.

Y con estos versos de una belleza dolida, pero a la vez profundamenta calma, me sumerjo no en ese mar al que no puede ser -claro que no puede ser- que el poeta no vuelva, sino a las hermosas páginas un libro cuyo título –Luces en el invierno- es ya una declaración de amor, de fe, de fe poética.[2]

Título creado a partir de las líneas de Albert Camus en su obra El verano que dicen: “Me di cuenta a pesar de todo que… en medio del invierno había dentro de mi un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque no importa lo duro que el mundo empuje en mi contra, dentro de mí hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta”.[3]

Y eso que está dentro de cada uno de nosotros, ese verano invencible, esa fuerza de la vida es lo que nos hace humanos. Es esa luz que no se pierde nunca, ni siquiera en el invierno de la vida, la que ilumina estas páginas.

Nacida de la generosidad de Aída Díaz-Tendero y Alberto Vital, la obra es una suma de voces que proponen un itinerario poético, literario, sobre la vejez y el envejecimiento. ¿Qué ha dicho la literatura sobre esa etapa “tan temida -como escribe Aída- aunque sea compartido el deseo de alcanzarla” (p. 16)? ¿Qué elegimos decir?, me pregunto yo, ¿a quiénes elegimos escuchar y analizar, los que amamos estos menesteres de la palabra? ¿Cómo y por qué caminos encontramos la luz del verano en el invierno?

Comienza diciendo Alberto Vital: “Este libro es una antología secreta. Pasajes literarios de primer orden permiten una lectura incitante en torno a un tema siempre joven: la vejez. Le vejez, sí, rejuvenece” (p. 17)

Estamos ante páginas que nos llevan a pensar, a sentir, a tener emociones que a veces preferiríamos no reconocer. El miedo, la angustia, el temor al ridículo, la sensación de incredulidad ante el vertiginoso paso del tiempo, el saludo en el espejo de un rostro con el que nos cuesta identificarnos, la inseguridad. Con piedad y empatía, o con ironía dolorosa, con soberbia juvenil o con ternura, la literatura se ha acercado a esa última etapa de la vida, ayudándonos a pensarla, a imaginarla o incluso, seguramente, a sobrellevarla.

De Cicerón a María Zambrano, de Juan Carlos Onetti a Italo Svevo, de Tolstoi a Rubem Fonseca, de Ricardo Garibay a Hermann Hesse, los textos del libro van armando un mural en el que cada mirada, cada perspectiva, cada lugar, cada modo de transformar la vejez en palabras, parece hablarnos exactamente a nosotros, los lectores. O, perdónenme por decirlo así, por lo menos -y eso sí puedo asegurarlo- cada uno de estos textos me habla a mí.

Una semana antes de que se decretara el confinamiento por la pandemia, en marzo de 2020, cumplí 60 años. La edad de mi abuela. Increíblemente mi abuela y yo ¡ya tenemos las misma edad! Desde ese momento empecé a trabajar en un libro sobre el envejecimiento de las mujeres, algo así como una respuesta múltiple a cómo envejecemos las mujeres hoy. Así que la invitación que me hicieron llegar Aída y Alberto para participar en el libro ha sido oro molido para mí. Las y los colegas autores de los ensayos aquí reunidos me han recordado o presentado caminos sumamente enriquecedores para hablar sobre el tema.

He recorrido con Alejandra Amatto, con Alberto Vital, con Leonardo Curzio, con Verónica Volkow, con Eduardo Casar, con Carlos Tello Díaz, con Claudia Cárdenas, con Fabio Morábito, con José Martínez Torres, con Klaus Meyer Minnemann, con Mauricio Beuchot, con Nayeli Reyes Romero, con Fernando Solana Olivares, muy diversas perspectivas sobre la vejez.

Y si bien todos los trabajos me resultaron estimulantes, con todos he aprendido, todos me han llevado a tomar páginas y páginas de notas que a su vez me invitan a leer y a releer autores y autoras fundamentales (pienso que quienes escribimos somos un poco subrepticios contrabandistas: de historias, de cuentos, de nombres, de ideas), decía que entre todos los artículos, quizás ninguno me haya conmovido tanto como el de Gonzalo Celorio. Sé que a un libro académico no se le pide que nos conmueva, y quizás esta amplitud generosa que le dieron los coordinadores a la publicación sea uno de sus elementos más valiosos. De lo académico a lo íntimo, el camino que propone el libro va aumentando el tono emotivo sin por ello dejar de ser riguroso y profundo.

Ya había comenzado a escribir estas pocas páginas cuando coincidí con Gonzalo en la FIL de Guadalajara apenas el lunes pasado. Era ya de noche y mientras conversaba con un grupo de queridos amigos escritores en la puerta del hotel, se detuvo un taxi en el que él viajaba acompañado de su hijo mayor. Siempre que veo al Mtro. Celorio, como lo llaman todos, recuerdo al profesor jovencísimo y jovial, que con abundante pelo chino y pasión por el realismo mágico, lo real maravilloso y el neobarroco, recorría siempre sonriendo los pasillos de la facultad. Estoy hablando de 1979-1980. Yo tenía veinte años y vivía fascinada y deslumbrada el mundo que me ofrecía la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Allí tomábamos clase con los maravillosos y tan extrañados Luis Rius y Federico Álvarez, con María del Carmen Millán y Angelina Muñiz, con Dolores Bravo y Margo Glantz. Podíamos escuchar, por ejemplo, a Ramón Xirau, a Luis Villoro, a Adolfo Sánchez Vásquez y a Graciela Hierro. Allí supimos del terrible secuestro de Alaíde Foppa por el ejército guatemalteco, y nos entusiasmamos con la revolución sandinista (hoy miramos con horror lo que sucede en Nicaragua). Y allí estaban también los más jóvenes, claro: entre otros Anamari Gomís, Eduardo Casar, María Luisa Capella y, por supuesto, Gonzalo Celorio.

Mientras leía su texto recordaba esa época, yo también con el corazón encogido porque nada ni nadie nos prepara para el implacable paso del tiempo. Nada ni nadie nos prepara para la decadencia física, para la dependencia, para el miedo a la pérdida de memoria, a la confusión mental. Nada ni nadie nos prepara para el ocaso de la vida. Para ese invierno que ojalá encierre un verano invencible, como escribe Camus, pero ¿y si no fuera así?

Con la pluma brillante que le conocemos -que lo mismo nos ha permitido disfrutar de sus aventuras juveniles en una casa-tren vecina al mercado de Mixcoac, que nos ha horrorizado con historias brutales en uno de sus libros más recientes, Los apóstatas, o nos ha regalado la elegancia de sus trabajos académicos sobre Carpentier o sobre Cortázar-, Gonzalo escribe un artículo que es a la vez un riguroso ensayo a lo Montaigne y una dolorosa confesión, haciendo honor a aquella frase de quien bautizara al género como tal que dice “Yo soy el contenido de mi libro”.

Hoy en México la expectativa de vida es de 75.1 años, dice Gonzalo, por lo tanto ¿quién quiere asumirse como anciano a los 72? Vivimos ante la demanda social de seguir siendo “primaverales o por lo menos estivales: lúcidos, memoriosos y, sobre todo, saludables: ágiles, enhiestos, potentes” (p. 260), pero, pero… “el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”, como cantaba Pablo Milanés y ya no podrá hacerlo. Y con él se va otro pedazo de nuestra vida.

El texto deambula entre poetas -de los siglos de oro a los Contemporáneos-, libros amados y reflexiones que van del carpe diem porque “¿quién nos quita lo bailado?” a la eutanasia, o al dolor por aquello que ya nunca viviremos.

Celorio mira como un entomólogo dolido -y en eso me reconozco- los signos de su propia transformación física. Otra veces he citado a Paul Nizan: “Yo tenía veinte años. Y no permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida”. Aun aislada, esa frase conserva su sentido: “liquida el juvenilismo, en especial en este tiempo donde ser joven es un mandato capitalista, un slogan que propicia un mundo de feliz alienación new age gimnástica”, escribe el argentino Guillermo Saccomanno.[4]

Veinte años… “que veinte años no es nada”, dice un tango. Y Mafalda lee la frase “Siempre se tienen veinte años en un rincón del corazón” y se pregunta desde sus seis, siete años, y de la mano del genial Quino: “¿Y para qué queremos todo ese stock ahí acumulado?”

Yo sonrío, y sin embargo, qué ganas de gritarle al mundo que sí, que también tuve veinte años, que no siempre tuve la edad de mi abuela, que en general me siento lejos aún del invierno (aunque hay días en que soy Matusalén y no logro disimularlo).

La Coda que cierra los seis fragmentos del texto de Gonzalo Celorio pone en escena la ruptura que significó el COVID en nuestra vida. ¿Quién no tuvo entonces miedo de la soledad? ¿Miedo de enfermar? ¿Miedo de morir? ¿O, lo que es peor, miedo de ver morir a nuestros seres queridos? Escrita en abril de 2020, cuando la pesadilla apenas empezaba, cierra con la siguiente frase: “Siento que esta pandemia empieza a quitarme lo bailado” (p. 274).

Quizás más que el miedo a la muerte, es el miedo a la decadencia física y mental lo que nos aterra. La perspectiva de la soledad, del dolor. Las miradas de desprecio o de conmiseración que rodean a quienes han pasado cierta edad. Las miradas de “tú no entiendes” o, peor aún: “hazte a un lado porque tu turno ya pasó”.

Amo a las amigas de mi generación cuando nos decimos riendo que no estamos en los “sixties” sino los “sex-ties”, o que los sesenta son los nuevos cuarenta jaja. O a mis amigas mayores que están impresionantemente activas, creativas, productivas, estudiosas y bellísimas.

Pero me llegaron los sesenta en pandemia y cada uno de las decenas de “zooms” semanales me lo han recordado. Verse a una misma en la pantalla es una experiencia dura, hay que decirlo. Y aunque el número me pesa, porque no puedo dejar de asociarlo con mis abuelas, me pesa más el que, de la noche a la mañana, dejé de ser una mujer a la que se consideraba “normal” (whatever that means), y pasé a ser parte de la “población de riesgo”. El día que me dijeron que por mi edad mejor no participara de los turnos que se estaban armando para ir a la oficina una o dos veces a la semana, me dio un vuelco el corazón. Touché!

Y sin embargo, como bien dice Aída Díaz-Tendero en el hermoso texto con que cierra el libro, a pesar de todo “queremos llegar a la vejez”. Hace entonces una enumeración de los motivos por los cuales es así. Elijo como final de estas páginas, el siguiente párrafo: “Queremos llegar porque queremos haber pasado por todas las etapas, queremos haberlo vivido todo. Y sobre todo porque llegar a la vejez es estar lo más cerca posible de la inmortalidad, del no morir. La imagen real de la inmortalidad no es un joven efebo cargado de testosterona, sino una mujer vetusta que sonríe de manera condescendiente” (p. 333). Gracias, querida Aída. Así sea.

Larga y hermosa vida, por lo pronto, a Luces en el invierno.

 

[1] El discurso completo puede leerse en Este país, 28 de noviembre de 2022

https://estepais.com/cultura/literatura/discurso-premio-fil/

[2] Luces en el invierno, Aída Díaz-Tendero, Alberto Vital (coordinadores), Valencia, Tirant Humanidades, 2022.

[3] Estas líneas nos resultan ahora familiares gracias a la novela de Cristina Rivera Garza, El invencible verano de Liliana.

[4] Guillermo Saccomanno, “Veinte años”, en Página 12, 20 de mayo de 2018

https://www.pagina12.com.ar/115687-veinte-anos

 

Sandra Lorenzano
Es "argen-mex" por destino y convicción (nació en Buenos Aires, pero vive en México desde 1976). Narradora, poeta y ensayista, su novela más reciente es "El día que no fue" (Alfaguara). Investigadora de la UNAM, se desempeña allí como Directora de Cultura y Comunicación de la Coordinación para la Igualdad de Género. Presidenta de la Asamblea Consultiva del Conapred (Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación).
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