Los investigadores, que publicaron los resultados de la investigación en la revista científica Neurobiology of Stress, han comprobado que los ratones sometidos a estrés en la pubertad muestran una tasa de aprendizaje más lenta.

Madrid, 5 de enero (EFE).- El estrés durante la adolescencia no sólo empeora y dificulta el aprendizaje y la memoria durante esa etapa de la vida, sino que aumenta los episodios de ansiedad durante la edad adulta.

A esa conclusión llegó un equipo de investigadores del Instituto de Neurociencias (un centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas español y de la Universidad Miguel Hernández de Alicante -este de España-), un hallazgo que abre la puerta a nuevas pautas de intervención terapéutica cuando se detecta de forma temprana ese problema.

Los investigadores, que publicaron los resultados de la investigación en la revista científica Neurobiology of Stress, han comprobado que los ratones sometidos a estrés en la pubertad muestran una tasa de aprendizaje más lenta.

Han demostrado además los científicos que es la capacidad de recuperación de una hormona (la corticosterona) y no la cantidad de esa hormona lo que predice el grado de alteración del aprendizaje que se experimenta en la edad adulta.

Los nuevos descubrimientos allanan el camino a nuevos estudios que contribuyan a identificar los mecanismos tanto de vulnerabilidad como de resistencia a los traumas tempranos.

“Los efectos de programación del estrés temprano podrían necesitar un período de incubación capaz de revertirse en cerebros jóvenes y más plásticos, pero no durante la edad adulta”, según la investigadora Cristina Márquez, directora del laboratorio de Circuitos Neuronales de la Conducta Social del Instituto de Neurociencias en Alicante.

La in­ves­ti­ga­do­ra pre­ci­só, en una nota di­fun­di­da por el CSIC, que la de­tec­ción tem­pra­na de los in­di­vi­duos vul­ne­ra­bles al es­trés po­dría ha­ber abrir una oportunidad para que la in­ter­ven­ción te­ra­péu­ti­ca en la ado­les­cen­cia evi­te el cur­so na­tu­ral ha­cia la psi­co­pa­to­lo­gía y las de­fi­cien­cias cog­ni­ti­vas.

En la in­ves­ti­ga­ción par­ti­ci­pó el la­bo­ra­to­rio de Ge­né­ti­ca del Com­por­ta­mien­to del Instituto Cerebro y Men­te de la Es­cue­la Politécnica Fe­de­ral de Lau­sa­na (Sui­za), dirigido por la investigadora Car­men San­di.

El tra­ba­jo con­clu­yó que las al­te­ra­cio­nes observadas a lar­go pla­zo no se de­ben a los efec­tos pro­lon­ga­dos del es­trés du­ran­te la ado­les­cen­cia, sino a una maduración diferente de las vías de re­gu­la­ción del es­trés como re­sul­ta­do de experiencias es­tre­san­tes re­pe­ti­das.