Los estudiantes solo han dejado de acudir a la academia cuando la guerra se dejaba sentir en el centro de Damasco. 

Por Fátima Subeh Marzo

El Cairo, 5 de abril (EFE).- Siete años tras abrir sus puertas en plena guerra siria, el Centro Hispánico de Damasco puede presumir de haber sobrevivido a muchas dificultades a lo largo del conflicto y de ser un refugio para que los estudiantes se evadan de los horrores de la guerra.

“Nuestro centro les ayuda a divertirse y a salir del caos en el que vivían”, asegura a Efe por teléfono Rocío Rojas, una peruana que reside en Siria desde hace casi dos décadas y que en 2012 se propuso abrir una escuela de español en Damasco, pese al conflicto que estalló en el país árabe un año antes.

En la escuela trabajan varios profesores latinoamericanos y españoles, que imparten clases a unos 100 estudiantes sirios de entre 18 y 45 años.

Los estudiantes solo han dejado de acudir a la academia cuando la guerra se dejaba sentir en el centro de la capital, una zona que no se ha visto tan afectada por la violencia como los barrios periféricos de Damasco u otras regiones del país.

“Cuando veíamos que la situación era grave suspendíamos las clases (…) tengo siempre comunicación por WhatsApp con mis alumnos”, explica la docente.

La peruana recuerda que una vez cayó un proyectil de mortero en la zona donde se situaba la academia, que ha ido cambiando de lugar en los pasados años. Por suerte, nadie resultó herido.

Rojas señala que en la capital ha habido “numerosos ataques” en los pasados años, pero el Centro Hispánico siempre trató de tener su sede “en zonas en las que no se corrían demasiados riesgos”.

La escuela se ha enfrentado también a problemas logísticos debido a las “sanciones económicas” impuestas al Gobierno del Presidente sirio, Bachar al Asad.

“Tenemos dificultades para traer los libros de texto que utilizamos en las clases y para comprarlos por internet”, detalla.

Pero a pesar de todo, la docente se siente orgullosa y asegura que su centro contribuye a que se difunda el castellano, además de la “la cultura y la gastronomía” de los países hispanohablantes.

Asimismo, es un espacio de convivencia, en el que los alumnos de distintas religiones comparten sus tradiciones.

“Celebramos la Navidad, donde los estudiantes musulmanes y los cristianos cantaban villancicos, y también celebramos el Ramadán y el Aid (fiesta del cordero), y eso es muy bonito”, destaca Rojas en referencia a las festividades más destacadas del islam.

El próximo 12 de abril, los alumnos y los profesores celebrarán los siete años de vida de la academia y para ello los estudiantes tienen preparado un baile folclórico, una representación teatral y, por supuesto, una fiesta, porque a los sirios “les encantan los bailes latinos como la salsa o la bachata”.

La escuela nunca ha podido celebrar su aniversario el mismo día de su apertura porque la fecha coincide con el inicio de la revuelta popular en Siria, el 15 de marzo, lo que hace que sea más arriesgado llevar a cabo cualquier actividad.

“Durante el mes de marzo Damasco suele vivir ataques, por lo que celebramos nuestro aniversario en el mes de abril”, explica la docente.

Sin embargo, este 2019, cuando se cumplen ocho años desde el comienzo de la revolución que degeneró en una sangrienta guerra, en Damasco “no ha habido ataques y todo está mucho más tranquilo” que en aniversarios anteriores, cuando la violencia estaba a las puertas de la capital.

El conflicto no ha hecho que Rojas desista de su misión de enseñar español en Siria ni que quiera abandonar el país: asegura que se siente como en casa y que la gente es “muy amable, honesta y sincera”.

Y relativiza el riesgo de vivir en una país en guerra. “Si te toca, te toca, aquí o donde sea”, apostilla.