“La humanidad sigue emitiendo gases contaminantes desde sus hogares”. Foto: Crisanta Espinosa, Cuartoscuro

La pandemia ocasionada por el COVID-19 está teniendo implicaciones importantes alrededor del mundo. Son de diversa índole, y las que reciben mayor atención son la salud de la población y la economía. La primera por la tendencia de contagio, el creciente número de muertes, y el impacto en – y posible colapso de – los sistemas sanitarios. La segunda porque las actividades económicas se contraen y ya se visualizan crisis y recesión derivado de las medidas de confinamiento que se están implementando a lo largo y ancho del orbe. De hecho, ya se escucha a la OCDE invitando a poner en marcha un “plan Marshall global” para asistir en la recuperación económica de los países.

Sin tanto reflector, otro ámbito en el que tiene impacto el COVID-19 es el medio ambiente, respecto al cual se observan diferentes vertientes que deben ser consideradas para reflexionar sobre el comportamiento del humano como especie.

Derivado de la paralización de actividades, prohibición de viajes, y la disminución de actividades industriales y del tráfico en ciudades; científicos han señalado que existe una reducción de la contaminación del aire y de los niveles de dióxido de carbono, monóxido de carbono, y dióxido de nitrógeno alrededor del mundo. Sin embargo, la humanidad sigue emitiendo gases contaminantes desde sus hogares. Entonces, lo que cambia son las fuentes emisoras, aunque de todas formas no es lo mismo. Además, esto es temporal, pues se contempla que la economía se reactive en el futuro y, en consecuencia, aumenten nuevamente las emisiones, especialmente por transporte e industria. De hecho, las condiciones a futuro pueden ser peores, pues quizá se pierda el interés y el recurso económico para fomentar la transición energética y combatir el cambio climático (al ser prioridad de largo plazo). Además, habrá que observar el comportamiento del precio del petróleo, que al momento va a la baja; lo que invita a un mayor consumo de este recurso fósil y sus derivados, como la gasolina.

Los países buscarán recuperarse tan pronto sea posible, y usarán estrategias que pueden ser contraproducentes al cuidado del medio ambiente. Como ejemplo está la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, que ya ha suspendido la aplicación de leyes ambientales durante el brote del virus, a fin de apoyar a la industria, incluida la fósil, de ese país.

Del lado amable también hay casos por comentar. Debido al encierro de la gente, hay reportes en distintas ciudades del mundo sobre la presencia de animales silvestre en ciudades. También puede suceder que animales que se apoyan de la gente para subsistir en entornos urbanos migren en búsqueda de alimento. Ambas situaciones pueden ocasionar cambios en los patrones de comportamiento de diferentes especies de fauna.

Asimismo, se habla de beneficios ambientales del COVID-19, como la recuperación de ecosistemas. El ejemplo referido en medios por su inmediatez son los canales de Venecia y la subsecuente aparición de cardúmenes, pero pueden haber otros ecosistemas beneficiados en el mediano plazo. Otro beneficio colateral es la disminución del tráfico ilegal de fauna salvaje derivada de la ralentización del modelo de vida y transporte.

Así, hay implicaciones variadas sobre el impacto que el COVID-19 tiene y tendrá en el medio ambiente y el combate al cambio climático. La diferencia radica en dos variables que se relacionan entre sí: el tiempo y la economía. El medio ambiente puede ser beneficiado o perjudicado por el coronavirus, y depende de la postura económica que adopte la humanidad conforme transcurra el tiempo. Esto permite apreciar una relación simbiótica entre el COVID-19 y la contaminación: el virus modifica los patrones de polución, y la polución exacerba el impacto del virus.

¿Qué postura debemos adoptar conforme se disipe este problema? ¿Regresamos al status quo previo al COVID-19 o aprovechamos la coyuntura para replantearnos como especie que cuida su entorno?