"Te quedas ahí un rato, quietecita y con los ojos cerrados". Foto: Instagram @casadaikiripuerto

“Te quedas ahí un rato, quietecita y con los ojos cerrados”. Foto: Instagram @casadaikiripuerto

Te chupas los labios y saboreas esa brisita del mar. No son ni las seis de la mañana, pero como llevas unos buenos meses diciendo que presientes tu muerte, te levantas a horas insospechadas a esperar albas que anuncien gracia o consuelo. Así que sales de Casa Daikiri, ese lugar tan mono donde has conseguido pasar unos días, y caminas rumbo al sur: en cosa de tres minutos ya estás frente al Pacífico (y el panorama es una inmensidad bravucona; toda para ti solita).

Te tranquilizan varias cosas. Por ejemplo, sentir cómo la luz va ocupándolo todo, voltear a los lados, observar los relieves de las montañas y saber que nunca, ni en un millón de años, podrías tocar tanta belleza. Y te enternecen otras como soñarte entre gigantes que pasean las yemas de los dedos por la piel de astros refulgentes. De súbito y de la nada, te preguntas cuánto tardarían en llegar a donde tú, por ejemplo, novecientas caricias que zarpen desde el mar Mediterráneo.

Te quedas ahí un rato, quietecita y con los ojos cerrados. Te reconoces ansiosa, pensando en lo que tendrían que pasar esas novecientas caricias: ¿Terremotos marinos? Seguro. ¿Muchos? Quién sabe. ¿Cantos, cuentos de sirenas? Seguro. ¿Muchos? Quizá. ¿Esquivar delfines, tablas de surf, volcanes oceánicos? Seguro. ¿Muchos? Sí. Pero se interrumpe tu laberíntico soliloquio porque sale el sol y es cuando sientes el calor encontrándote las pestañas.

Entonces el resto del día corre atiborrado de dudas pero parsimonioso y guapetón. Casi feliz. Hasta sonríes como si estuvieras loca. Y también, como suele ser normal, luego de un rato piensas en ella y la recuerdas por cualquier cosa (sobre todo por las flores) y le deseas bien –tanto bien– y le mandas besos –tantos–. Qué será del alboroto en su cabello y de esa leona que le sobrevive las entrañas, te preguntas, y vuelves a mandarle besos.

Vas al mercado y te andas entre los pasillos. Qué bonito es, dices, tener todo esto en invierno. Incluso te alegras por ver cositas que nunca, ni en un millón de años, comprarías. Y sucede algo extraño: un vagabundo pasa delante tuyo corriendo a máxima. Nadie lo persigue, mas todo indica que él sí va tras algo urgente. La gente se burla. Dicen cosas como que va tarde a la cita en el espá, o a su clase de buceo, o de cerámica. A ti no te hace gracia y, bueno, te marchas.

De vuelta a Casa Daikiri resuelves algo: que correr como aquel hombre únicamente significa que ha descubierto la vida. Y sientes envidia y un tanto de rabia y comienzas a correr y corres y sigues corriendo y se te sale la lengua y gimes de cansancio y sigues corriendo y tienes sed y sudas como las diosas que sudan (todas) y de pronto te detienes y gritas tonterías a todos los vientos del mundo y decides seguir caminando y llegas a una tienda de abarrotes y compras cervezas. Y por fin llegas a la playa y te avientas a llorarle al atardecer.

Estás rendida, cariño, y te acuestas sobre la arena. Pasa que sientes los latidos del océano. Te preguntas cosas: ¿Los latidos estarán hechos de calor? Seguro. ¿Mucho? Quién sabe. ¿De hierro, calcio, magnesio, aluminio? Seguro. ¿Todos? Quizá. ¿Tendrán pedazos de rocas? Seguro. ¿Muchos? Sí. Pero se interrumpe tu enredadera porque se mete el sol y sientes cómo la vida te atraviesa los intestinos.

Ya a ver qué pasa mañana que lleguen esas novecientas cosas que habrán transitado la mitad del manto de la Tierra.