Miro por la venta a “mi” jacaranda. Ya han empezado a salirle las hojas; ese hecho marca siempre un cambio en mi relación con ella, porque sé que está más cerca el fin del morado que me sonríe cada mañana. Foto: Lourdes Christlieb.

Para Claudia Borri y Susanna Nanni, por las jacarandas que abrazaremos juntas.

La primera apareció el 1 de enero. ¡Increíble! Durante un par de días se mantuvo digna y solitaria anunciando, antes que sus compañeras, el fogonazo de color que cada vez me sorprende -como si la memoria de la belleza fuera frágil- frente a mi ventana. A los pocos días empezaron a asomar las otras flores de mi jacaranda. Antes que en años anteriores, como si supieran que nos iban a hacer falta esas pinceladas de felicidad antes de lo que el calendario las tiene programadas.

Ver cómo van floreciendo en esta ciudad chilanga -que es la mía por destino y elección desde hace casi cuarenta y cuatro años-, primero tímidamente y después como avalancha que no cesa hasta hacernos sentir que caminamos sobre un espejo que refleja en las calles lo que las alturas nos regalan, me provoca una sensación similar a la de los atardeceres, o las caminatas en el campo, o las horas mirando el mar, o las montañas desérticas. Y que no es sólo el placer de la belleza, sino algo mucho más visceral. Aunque, ¿quién dice que el placer de la belleza no es visceral? Me atraviesa un asombro renovado cada vez, que me hace pensar que me quedaría en ese paisaje para siempre, abrazando esa naturaleza generosa, como el abuelo de José Saramago abrazó uno a uno a sus árboles antes de morir. Sé que cuando llegue mi hora querré abrazar, con profundo agradecimiento, a la jacaranda que me acompaña desde la ventana.

Escribo “la jacaranda”, pero interiormente digo “el jacarandá”, como cuando éramos chicos y cantábamos a María Elena Walsh: “Al este y al oeste, llueve y lloverá, una flor y otra flor celeste del  jacarandá”.

Porque las jacarandas de México, como mis jacarandás de infancia, vienen del Amazonas, y el nombre en guaraní -con acento agudo- quiere decir “fragante”.

Porque las jacarandas de México, como mis jacarandás de infancia, vienen del Amazonas. Foto: Lourdes Christlieb.

Se dice que a aquí las trajo un jardinero japonés, Sanshiro Matsumoto, a comienzos del siglo XX. De algún modo quería reproducir la veneración que en China tienen por la flor del ciruelo, y en Japón por la del cerezo. Eligió entonces un árbol que se adaptara a tierras mexicas.

Todo esto lo aprendí (o lo recordé) en el hermosísimo poemario de Alberto Ruy Sánchez, Dicen las jacarandas (Ediciones Era, México, 2019). Pero sobre todo recordé que no hay mejor modo de hablar de la belleza y de la vida que la poesía. Tal vez por eso muchas y muchos nos hemos refugiado en ella durante esta cuarentena. Tal vez por eso se están vendiendo o compartiendo tantas lecturas por internet y por redes sociales. Tal vez por eso nadie ha querido abandonar su talleres literarios, o tantos escritores han liberado sus obras y las ofrecen a quienes deseen leerlas. Con las emociones a flor de piel como estamos en este momento, un libro nos ayuda a entender y a entendernos, a protegernos del horror y a curar las soledades. En fin, ustedes me han escuchado muchas veces hablando de mi amor por la lectura y sus caminos de placer, resistencia, resiliencia, comunidad, así que no me repetiré. Lo que quiero contarles hoy es cómo se tejen en filigrana de lilas, morados y celestes, los versos de Alberto.

El libro comienza con dos epígrafes. El primero es del Canto LXXXI de Ezra Pound y dice: La hormiga es un centauro en / su mundo… / Somete esa vanidad, humano / aprende de la naturaleza / cuál debería ser tu lugar. El segundo es de Pier Paolo Pasolini: La poesía es, / en el mundo de todos los días, / lo excepcional cotidiano: la aparición del centauro. La sabiduría está en poder aprender de aquello desdeñado por la soberbia humana: la naturaleza y el lenguaje poético, ambos con sus pequeños y a la vez excepcionales esplendores nos revelan la esencia de lo fundamental. Para Alberto Ruy Sánchez la jacaranda es como un centauro “pues para convertirla en palabras tienes que pensarla como un ser distinto, casi de leyenda (…) yo trato de comprenderla como un relato de alguien que nos va a dar la historia del origen de lo que somos” (1).

¿Hay alguien entre ustedes que no haya pensado, en estos días de coronavirus, siquiera por un instante, que lo fundamental está “en otra parte” y no en esta enloquecida vida en la que estábamos sumergidos hasta antes de la pandemia, sin tiempo para la reflexión interior, ni para diálogos que trasciendan lo coyuntural o laboral, y mucho menos para contemplar aquello que nos rodea?

Así, este libro hoy resulta a la vez una llamada de atención, un mantra y un plan de vida. Dividido en seis partes, cada una formada por un conjunto de poemas, Dicen las jacarandas nos invita a detener la mirada en los árboles, en el cielo, en el viento, en el ritmo de las palabras, en lo más cercano a la tierra y las raíces, en los abrazos, en el deseo, en la limpidez de la poesía.

Hay una engañosa sencillez en cada poema que es la sencillez de lo esencial. Como en las tradiciones en las que abreva desde siempre el trabajo de Alberto: la árabe, la de la India y, especialmente en el libro que comentamos: la de Japón. Pero así como los cerezos de Matsumoto se “transformaron” en jacarandas en nuestra tierra, la sutileza nipona se vuelve aquí dulzura deseante: …la extrañeza de querernos / a la distancia o muy cerca, / de sentir que en un espejo / de flores multiplicadas / nos encontramos sin falta, / nos damos cita y florece / una vez más el deseo. (p.36)

El poema que abre la primera sección, llamada “Apariciones”, lleva por título justamente “Estas palabras” y en cierto modo marca el tono del libro, por eso lo transcribo completo:

Cada ramo en la rama amoratada

es el ritmo alterado de su savia.

Delirio de sus venas que florece, 

hervor de tierra dócil, embriagada.

No parecen pétalos, son palabras,

racimos de sílabas que palpitan.

Cuentan mil historias que el aire entiende:

Amores y desamores, lamentos.

Cantan los goces que se multiplican,

los placeres fugaces y secretos.

Son animales, sabores, anhelos,

humo, premoniciones, amenazas.

Su raíz aérea se hunde en mis sueños,

Y el viento que las despeina es mi aliento.

No sólo flores, también son palabras

De la lengua sutil que nos inventa. (p. 13)

Con versos que juegan, nunca de manera rígida o estricta, con la métrica más tradicional del verso castellano –octosílabos y endecasílabos, sobre todo-, el poeta mira y escucha a las jacarandas, y al mismo tiempo, mira y escucha a quienes tienen también la capacidad de mirarlas y escucharlas. En este sentido lo individual y lo colectivo se entrecruzan y retroalimentan tal como debería pasar en nuestro mundo.

“Apariciones”, “Calle adentro” y “Calle afuera” nos llevan a escuchar la intimidad de la voz del poeta. Las siguientes dos secciones, “Hablantinas” y “Collage de hojas sueltas” convocan otras voces a sumarse a la propia. En “Hablantinas” están Robert Frost, Eve Ensler, Marianne Moore, Hermann Hesse y Juan Ramón Jiménez, cinco escritores enamorados de los árboles. Cada uno podría suscribir lo que escribió Hesse: Los árboles son santuarios, / quien sepa hablarles / y sobre todo escucharlos, / aprenderá una verdad. / Porque no predican / preceptos / sino las más antiguas / leyes de la vida. (p. 70)

En “Collage de hojas sueltas” el poeta se vuelve lo que yo llamo “pepenador de belleza”: A veces recojo jacarandas del suelo y del cielo de la poesía. Tantas como flores ha tirado el árbol al viento. La jacaranda hace levantar la vista y descubrirla, escribe en “Revelaciones”. Y cierra diciendo: Y cada humano recupera tal vez, al oírla, al verla, al sentirla, dimensiones perdidas (p. 75).

Sé que cuando llegue mi hora querré abrazar, con profundo agradecimiento, a la jacaranda que me acompaña desde la ventana. Foto: Lourdes Christlieb.

Alberto sabe escuchar y ser paciente. Así lo ha mostrado en su maravilloso Quinteto de Mogador alimentado por largas charlas sobre el deseo. En Dicen las jacarandas ha sumado las voces de poetas, de amigas y amigos, pero también de la gente que a través de twitter y de su blog ha comentado sus textos sobre las jacarandas.

La sexta parte se llama “Coda sonora” y contiene un solo poema, “Su silencio es palabra”, que revela el último secreto de un árbol que es llama, que es flor, que es cielo, y cierra el libro con una invitación a abrirlo nuevamente: Nada banal hay en ella, / todo trasciende su fuga. / Dice cosas cuando calla, / y dice más si la escuchas (p. 92). Como sucede, qué duda cabe, con la propia poesía de Alberto Ruy Sánchez.

Cierro con su invitación: Ojalá cultiváramos las jacarandas y aprendiéramos a venerarlas “con atención sostenida”, propone Aurelio Asiain, “como los japoneses hacen con los cerezos”. Seríamos ciudadanos diferentes. Mejores, tal vez, por un instante. O por una estación. (p. 87)

Miro por la venta a “mi” jacaranda. Ya han empezado a salirle las hojas; ese hecho marca siempre un cambio en mi relación con ella, porque sé que está más cerca el fin del morado que me sonríe cada mañana. A una melancólica como yo le cuesta aceptar el fin de un ciclo, aunque reinicie el año próximo. ¿Estaré?, me pregunto cada vez. ¿Estaremos? ¿Estará mi gente amada? Mientras tanto seamos ciudadanos diferentes. Mejores, tal vez, por un instante. O por una estación.

Abrazos para ustedes en estos momentos difíciles. Y abrazos para mi amado jacarandá. “Al este y al oeste, llueve y lloverá…”.

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1) “Alberto Ruy Sánchez evoca la naturaleza migrante de las jacarandas”, entrevista de Raúl Campos en La Razón, 27 de febrero de 2020.